septiembre 12, 2010

'No es cuento' por Paco Calderón



Qué horror: AMLO ataca de nuevo

René Avilés Fabila
Escritor y periodista
Excélsior

López Obrador no ha dejado de tener fuerza. Con la ayuda de los medios, cada tanto recupera el terreno perdido.

Los días de Jesús Ortega están contados, dicen sus enemigos. Parte del costo de haber pasado de una izquierda ilusoria a una derecha real: se convirtió en operador político de Felipe Calderón y César Nava, habrá que aceptarlo, con buenos resultados. En su lógica, puso la patria a salvo de los "caciques" con otros "caciques" despojos del propio PRI. El golpe final lo prepara AMLO, un hombre de escasa moral y una audacia sorprendente. Fernando Belauzarán señaló que sus "afanes golpistas" lo hacen buscar la manera de deshacerse de un político que piensa en otro candidato presidencial que no sea el caudillo tabasqueño.

AMLO no ha dejado de tener fuerza. Con la ayuda de los medios, cada tanto recupera el terreno perdido. Más allá está el diario trabajo que sus más cercanos hacen y que consiste en recorrer municipio tras municipio en busca de ingenuos que entreguen sus credenciales para apoyar la candidatura o reelección del presidente legítimo. Jamás podré olvidar la parodia de Jesusa entregándole una banda presidencial mal hecha en un Zócalo atestado de fanáticos que el tiempo ha ido borrando. Si hacemos un poco de memoria, su crecimiento político fue artificial: lo primero fue lograr una candidatura al DF sin sustento legal: AMLO no tenía la residencia en la capital, se la arreglaron. Luego su punto más alto lo consiguió cuando un ingenuo vendedor de refrescos, convertido en presidente, decidió desaforarlo. Estuvo a punto de triunfar.

Desde entonces mostró, más que habilidad política, un visible desequilibrio que sólo sus fieles partidarios entienden o justifican. Ahora anuncia que dará el grito en Tlatelolco, sitio donde ocurrió la tragedia del 68, cuando él era un joven que simpatizaba con el PRI. Según la nota de Arturo Páramo, la noche del 15 de septiembre, AMLO dará el "Grito de los Libres". La ceremonia se llevará a cabo en la Plaza de las Tres Culturas para evitar confrontaciones con el presidente Felipe Calderón, el usurpador, según la lógica pejista. La pregunta es ¿por qué él dará el grito de Independencia? ¿Sigue considerándose presidente legítimo? ¿Tiene algún sentido su nueva aparición pública en el DF, el escenario de sus grandes triunfos? ¿O sólo busca seguir apareciendo en los medios, aunque sea de relleno?

La ceremonia de Andrés Manuel comenzará a las 19 horas: leerá un mensaje a la nación, salpicado de lugares comunes sobre las injusticias sociales, dirá que él, de no haber sido despojado, nos tendría en pleno desarrollo armónico, saturados de justicia social, con un exitoso Estado de bienestar y muy felices. Gritará a las 22 horas y alguien, quizá Jesusa o Rosario Ibarra llevará una campana para que AMLO la haga repicar llamando a la nación a luchar contra la tiranía y la opresión. En Cuba, Fidel lo aplaudirá. ¿Dónde más podría ocurrir esta ridiculez?

Es tiempo de reflexión política seria. Aprovechemos los festejos del Bicentenario y del Centenario para revisar la historia y preparar un futuro promisorio, sin caudillos ni demagogia, sin mentiras y considerando los deseos de la sociedad. Los partidos políticos han pervertido a la nación. Nada nos sorprende. Todos mienten con tal de posicionarse. Lo vemos hasta en la guerra contra el narcotráfico: la hazaña de la captura de la Barbie, no fue tal, no hubo inteligencia ni afanosa búsqueda, el tipo simplemente decidió entregarse al verse detenido por conducir a exceso de velocidad.

Ahora usted tiene varias posibilidades de participar en una ceremonia del grito patrio según sus simpatías: la de Felipe Calderón, la de Marcelo Ebrard que podría darlo en el elevador que está construyendo para arruinar el Monumento a la Revolución o el de López Obrador en Tlatelolco. Seleccione. ¡Qué riqueza nos brinda la capital de México! No sabemos si es para atraer turismo o para desprestigiarnos.

Felicidades, México

Víctor Beltri (@beltri)
Politólogo
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

Es justificado celebrar no a un gobierno, sino a una sociedad capaz de soportar décadas de abusos y frivolidades.

Es difícil, para muchas personas, encontrar una razón para celebrar el Bicentenario. Los muertos, la inseguridad, la falta de empleo. Tantos agravios que no nos permiten darnos cuenta de que, en realidad, México no se hunde. México, que es más que su gobierno y, también cabe anotarlo, mucho más que su miserable oposición, es en estos momentos más fuerte que nunca, con una sociedad dispuesta a cuestionarse a sí misma y a emprender los pasos necesarios para lograr un cambio que vendrá de la ciudadanía misma.

Hemos sido testigos, a lo largo de los años, de las grandes conquistas sociales: desde la apertura a la democracia, hasta la libertad de expresión; desde el reconocimiento a la mujer, jamás suficiente, hasta la inclusión de minorías en el marco jurídico. México es un país cada vez más moderno, pero no sólo por sus instituciones formales, sino porque su ciudadanía se inserta, a través de las tecnologías de la información y los medios de comunicación, en la sociedad global, y, desde ahí, exige cambios a su gobierno.

Así, es totalmente justificado celebrar, ésta semana, no a un gobierno, sino a una sociedad capaz de soportar décadas de abusos y frivolidades, chabacanerías y traiciones. De crisis continuas. Porque a pesar de los ejercicios de mexicanidad forzada a que nos someten nuestras autoridades (¿o alguien, realmente, es el sabor del chile relleno?), millones de personas siguen saliendo, todos los días, a seguir construyendo un país que algunas veces parece sujeto por alfileres, pero que ha sabido crecerse ante la adversidad de forma continua. Porque, más allá de discursos patrioteros, los mexicanos tenemos que seguir haciendo lo que sabemos hacer bien: tomar las decisiones cotidianas para salir adelante. Ahora, el reto es primar el interés colectivo sobre el particular; la legalidad sobre la individualidad. La falta de claridad a este respecto es uno de los errores que la autoridad ha cometido con mayor frecuencia, y el aluvión de publicidad que trata de descubrir un sentido de pertenencia innecesario es la prueba más evidente.

No necesitamos que nos digan lo que es México, o lo que es ser mexicano. Lo sabemos de sobra. No somos un país que tenga problemas separatistas o de falta de identidad. Somos un país en el que la gente ha perdido el sentido de proximidad con sus vecinos, y el sentido de trascendencia sobre los actos cotidianos. Y eso no lo vamos a encontrar apelando a raíces históricas, a huesos ambulantes, a penachos y armaduras. A selecciones nacionales y a "cuando reprobaste".

No. La dimensión perdida por los mercadólogos oficiales es la del pasado y futuro inmediato, a diferencia de la muy manida del pasado lejano y las referencias atemporales. No somos Moctezuma ni Cortés, no somos los nuevos pesos o "ése gol". Tenemos que darnos cuenta de que México está hecho, y está siendo construido, a partir de nuestras pequeñas acciones cotidianas. Que al México del futuro le es más importante nuestro acto de corrupción que la improbable loza del Pípila. Que tendrá más repercusión la intolerancia, y denuncia que hagamos, de la ilegalidad, que los colores de la bandera o las palabras que hayamos aportado al castellano. Porque la historia de México se sigue construyendo a cada momento: somos nosotros, usted y yo, los que estamos creando el futuro de nuestro país. No el viejecito Hidalgo. No el hombre del paliacate, el de los bigotes, o la de perfil en las monedas. No. Usted y yo.

El México que nos está esperando no es el de las sensiblerías y mensajes televisados. Es el del trabajo cotidiano. El que está consciente de las repercusiones de sus actos, y el ejemplo a las nuevas generaciones. El que celebra trabajando, y no con un "megapuente". Y ese, ése es el México que ha perdurado por 200 años. El México al que, en estas fechas, hay que felicitar. Felicidades, México. Feliz aniversario.

Desprestigio, lenidad y festejos

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
El cristalazo
La Crónica de Hoy

Ya falta muy poco para ver cómo la ineptitud y el desinterés nos dejan sus permanentes recuerdos en la memoria nacional.

El desorden y el dispendio presuroso para compensar la abulia inicial en cuanto a la conmemoración de los aniversarios de la Independencia y el movimiento revolucionario de 1910, cuya circunstancia en el tiempo pudo convertirlos en irrepetible e invaluable oportunidad de convivencia mexicana, produjeron sólo un amasijo de teatralidad circense desplegada con notable ineficacia por el gobierno federal.

De todo esto nada más quedarán las evidencias de la incapacidad para organizar en paz y a tiempo una convivencia nacional significativa, cuya raíz fue sustituida por un previsible espectáculo como de inauguración de juegos olímpicos con la pirotecnia de sus fuegos fatuos y una interminable carnavalada de carros alegóricos.

A cambio de una verdadera fiesta popular, los organizadores de tan costosa y excluyente mojiganga, nos ofrecen el sucedáneo de la participación: una pantalla de televisión. En esas condiciones para los mexicanos de hoy lo mismo da sentarse en un sillón en el “upper west side” de Nueva York o mirar el rectángulo de plasma en la colonia Guerrero de la ciudad de México o en Irapuato; Chiapas o Tamaulipas.

Esta fallida conmemoración quedará marcada por dos circunstancias asaz tristes.

La primera, la exclusión, y la segunda, el temor. “Una pedrada sobre la alfombra de una triste fiesta”, decía Carlos Pellicer.

Nunca antes en la historia mexicana ediles, alcaldes, autoridades estatales y aun la voz del Palacio Nacional les habían pedido a los ciudadanos celebrar a distancia. La aportación invariable de este gobierno a la vida nacional de principio a fin: el cerco, la valla, la alambrada, se prolonga a todos los actos de la vida incluyendo aquellos para cuya celebración habría sido necesario un espíritu lúdico y alegre; concurrente y festivo.

No hay forma de ocultar la paradoja: para celebrar la libertad, el gobierno se atrinchera en el Zócalo; le quita con su anillo de seguridad casi un tercio a la Plaza de la Constitución y limita el acceso en la convocatoria de unos pocos. La fiesta se extiende por el Paseo de la Reforma, con lo cual logra, quizá sin darse cuenta, el progresivo distanciamiento entre el pueblo y el gobierno. Como en 1910.

Pero en otros lugares simplemente el poder se retrae y también de manera simbólica cede la plaza a fuerzas violentas y sin rostro. Eso, ni en 1910.

Los doscientos años de vida independiente de este país quedan ensombrecidos por la negra sombra de una palabra: el narco, sinécdoque de delito, delincuencia, crimen organizado; vigencia del terror y el horror de las cabezas cortadas y los cuerpos desmembrados.

Hace dos años, un par de granadas en Morelia marcaron el inicio del desplazamiento del ejercicio de la autoridad al temor. Hoy ya son varios los sitios nacionales donde la posibilidad de ataques obliga a la prudencia y el retiro. Las plazas públicas ya no lo son tanto.

“El secretario general de Gobierno de Guerrero, Israel Soberanis Nogueda, informó que en cinco de los 81 municipios no se llevará a cabo la conmemoración de las fiestas patrias, debido a problemas económicos y por conflictos políticos.

“No darán el grito de la Independencia, ni habrá desfile el 16 de septiembre en los municipios de San Marcos, Coyuca de Benítez, Leonardo Bravo (Chichihulaco), Ixtcapuzalco y Atlamajalcingo del Monte, pertenecientes a las regiones de Tierra Caliente, Centro y Montaña, indicó”.

Triste asunto como si la memoria de don Vicente Guerrero quedara diluida de esa manera.

“Por la inseguridad y falta de recursos, 10 municipios tamaulipecos anunciaron la cancelación de sus festejos patrios.

“Hoy, autoridades de Ciudad Madero y de Matamoros confirmaron la cancelación del desfile cívico-militar, pero revelaron que sí habrá ‘Grito de Independencia’.

“La semana pasada fueron los alcaldes de San Fernando, Villa de Casas, Hidalgo, Abasolo, Díaz Ordaz, Ciudad Mier, Camargo y Miguel Alemán, quienes anunciaron la cancelación de dichas festividades”.

Y lo mismo ha ocurrido en Ciudad Juárez, Chihuahua y hasta en la alguna vez pacífica Colima.

La seguridad no es hoy una condición inherente a la vida cotidiana de los mexicanos ni una garantía cumplida por el gobierno, sino una variable riesgosa en los proyectos de la alta burocracia cuya vigencia se atiende mediante la limitación.

Por aquí no; esta calle se cierra; este rumbo se amuralla, este convoy no se rebasa. Vivimos en un país enrejado y detrás de las rejas.

Es como si la campana de Dolores tañera un ronco toque de queda evidencia de nuestro fracaso colectivo para convivir. Quédese en su casa, guárdese, no se asome; viva la vida por la televisión.

Pero si esta condición de riesgo latente es una consecuencia de la redentora batalla contra el delito, la realidad es altamente frustrante así uno de los jefes de las Fuerzas Armadas (el señor secretario de la Marina-Armada, el almirante Francisco Saynez) les haya pedido a los violentos una prudencia comprensiva a todas luces inexistente para respetar a los ciudadanos durante las fiestas patrias, lo cual cumplirán o no de acuerdo con sus estrategias y sin atención a tan prudente convocatoria,

Por angas o mangas, pero los mexicanos no podemos en estos tiempos de ira ni siquiera festejar aquello por lo cual deberíamos estar unidos y reunidos y eso revela la inexistencia de un espíritu común con el cual pudiéramos superar otra clase de problemas.

El gobierno federal ha tomado esto como el engorroso cumplimiento de una efeméride de la cual se debe salir a como dé lugar; a la trompa talega o como sea después de una vergonzosa serie de ensayos y errores sin lograr al final nada valioso ni notable como no sea calificar de mezquinos a quienes han señalado tan infructuosos procederes.

El mejor ejemplo de esta incapacidad es el fracasado monumento, la llamada “Estela de luz”, cuyo proyecto va a convertir una tajada del Circuito Interior en el nuevo espacio de la conmemoración. Ubicada en un impropio retazo del Paseo de la Reforma, esa obra inconclusa debería quedarse así como está hoy.

Con todo y las grúas, con las cercas de una compañía constructora privada experta en fraudes contra el erario y hasta enlistada por la Contraloría entre los malos proveedores.

Así, con todo a medias o a cuartos, con las cosas sin hacer, con los fierros oxidados y los pilotes a medio hundir, inacabado, mal hecho, para muestra perdurable de la ineptitud colosal de un gobierno alejado de la realidad histórica cuya mayor aportación a la memoria nacional ha sido el macabro desfile de astillas y huesos de quién sabe quién, para quién sabe cuáles propósitos de distracción forense.

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Mucho hemos mirado todos a las tierras bajas de Tabasco, Veracruz, Chiapas y Oaxaca, pero también en la costa del Pacífico hay inundaciones.

En Nayarit se han presentado problemas graves en San Blas, Compostela, Xalisco y Bahía de Banderas. El secretario General de Gobierno, Roberto Mejía Pérez, no informa de pérdida de vidas humanas, pero sí de cuantiosos daños y miles de damnificados a los cuales se atiende de manera directa.

“La situación es grave —dijo— , desde el viernes en la noche y la madrugada del sábado tuvimos intensas lluvias en todo el estado, pero las zonas más afectadas fueron en los municipios de San Blas, Compostela y Bahía de Banderas; los caudales de los arroyos crecieron en forma importante y eso provocó que se cayeran algunos puentes, se inundaran viviendas, hubiera derrumbes por el reblandecimiento de la tierra y se obstruyeron algunas vías de comunicación, como en la carretera 200, de Compostela a Vallarta.

“Las personas aisladas ya fueron auxiliadas; directamente el gobernador, Ney González, tuvo la oportunidad de trasladar a algunos enfermos y heridos a centros hospitalarios a bordo del helicóptero del gobierno del estado, transformado en ambulancia aérea; otras personas más que lo necesitaban fueron ayudados por medio de lanchas, etc.; eso es a lo que se dio prioridad, al rescate de personas, y afortunadamente no ha habido pérdidas humanas”.

En la ciudad de México el gobierno estatal abrió un centro de acopio en Edgar Allan Poe 102, colonia Polanco (de 9 a 19 horas. Teléfono 52-82-36-07) para recaudar ayuda solidaria. Los nayaritas necesitan arroz, atún, azúcar, frijol, lenteja, aceite, leche en polvo, cobijas, agua embotellada, abrelatas, medicamentos vigentes; linternas, pilas, toallas sanitarias, botiquines y en general toda la ayuda con la cual se les quiera favorecer en esta hora difícil.

Festejos

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

El momento del máximo esplendor del régimen de Díaz, fueron las fiestas de celebración del centenario de la Independencia. La parte visible de la ciudad de México fue embellecida y engalanada. Se derrocharon 20 millones de pesos para agasajar y atender a invitados extranjeros y nacionales que asistieron a comidas, recepciones, inauguraciones de obras públicas y monumentos, conciertos y actos culturales, desfiles, cenas y bailes.

Los festejos duraron todo el mes de septiembre: se abrieron el día primero con la inauguración del Manicomio General de La Castañeda a la que asistieron los miembros del gabinete y el cuerpo diplomático en pleno, además de unas tres mil personas. Ese mismo día la colonia italiana obsequió a la ciudad una estatua de Garibaldi, que por cierto enojó a quienes veían al prócer como enemigo de la religión católica. Al día siguiente llegó a la capital la pila bautismal de don Miguel Hidalgo que recibió honores militares antes de quedar colocada en un museo. El día 3 puso Díaz la primera piedra de la nueva cárcel de Lecumberri; el 4 hubo desfile de carros alegóricos; el 5 entrega solemnísima de cartas credenciales de los embajadores especiales que venían a las fiestas; el 8 homenaje a los Niños Héroes y el inicio de un Congreso de Americanistas; el 9 exposición de arte español; el 11 colocación de la primera piedra del monumento a Pasteur que los franceses obsequiaban a México y desfile de trajes típicos; el 12 inauguración de la Escuela Normal para Maestros; el 13 se develó en la Biblioteca Nacional un busto de Humboldt, regalo del káiser alemán; el 14 homenaje en la Catedral a los héroes de la patria y desfile, y por fin el 15 (la fecha original del levantamiento se adelantó un día para hacerla coincidir con el cumpleaños del caudillo) el grito “en la más suntuosa ceremonia que haya registrado nuestra historia”, según escribió Antonio Garza Ruiz.

Multitudes aplaudieron al presidente cuando salió al balcón central y le gritaron vivas cuando tocó la histórica campana de Dolores, traída especialmente para la ocasión.

Posteriormente en Palacio Nacional se efectuó una recepción a la que siguieron cena y baile que se celebraron en el patio central al que se había cubierto con un hermoso emplomado mandado a hacer para esa noche. Cientos de invitados asistieron engalanados con levitas, elegantes vestidos y ricas joyas. En el convivio degustaron platillos de la comida francesa que, como escribió Salvador Novo, vino a sustituir a la comida española. El menú de esa noche de gran gala fue: “Consomé de res y ternera, sopa de tortuga, trucha salmonada, filete de res, pollo y pavo con espárragos y legumbres varias, trufas y hongos y patés, todo regado con excelentes vinos, agua mineral y al final cognac”. También corrió el champagne que, como escribiría Mariano Azuela, “ebulle burbujas donde se descomponen la luz y los candiles”.

Para esa que fue la fiesta más importante de la temporada, la señora Carmelita de Díaz llevaba un vestido de seda bordado con oro, broche y al cuello varios hilos de perlas del mejor oriente. Cual si fuera reina, completaba el atuendo una espléndida diadema de brillantes. Y don Porfirio, con todas sus condecoraciones al pecho (como se ve en un óleo pintado por Cusachs) aparecía como “la majestad de la República”, según escribió Juan A. Mateos.

En el Zócalo y en las calles de la ciudad, profusamente iluminadas, había bailes populares. Cuentan las crónicas de la época que la alegría se prolongó durante toda la noche, con las luces de bengala, las campanas al vuelo en las iglesias, la música.

Y al día siguiente, como cierre magnífico de las festividades, se inauguró la columna de la Independencia, monumento diseñado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, en el cual la victoria alada se elevaba sobre la ciudad desde un altísimo pedestal de casi 40 metros, levantado en el elegante y afrancesado Paseo de la Reforma. El señor diputado Salvador Díaz Mirón, “el primero de los poetas nacionales” declamó las palabras: “Salve a Nuestra Señora/La Virgen Democracia”.

De ese festejo ya han pasado cien años. En unos días podremos hacer el balance y la comparación.

¡Basta de historias!

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

El Bicentenario de la Independencia de varios países latinoamericanos ha desatado una oleada de necrofilia: varias naciones están literalmente desenterrando los restos de sus próceres de la Independencia en medio de una creciente obsesión con el pasado.

¿Se trata de una manera saludable de promover el orgullo y la unidad nacional? ¿O esta obsesión con la historia -que se manifiesta en todos los órdenes, desde los últimos best-sellers hasta los debates en los programas periodísticos de televisión- es algo que esta distrayendo a los países de la urgente tarea de concentrarse en el futuro, para hacerse más competitivos y reducir la pobreza?

En las últimas semanas, varios jefes de Estado han presidido solemnes ceremonias de exhumación de los restos de los héroes de la Independencia de sus países.

En Venezuela, el Presidente Hugo Chávez paralizo el país para desenterrar los restos del libertador Simon Bolívar en una ceremonia televisada a nivel nacional, tras la cual anuncio que había encontrado dentro del ataúd una bota y "la perfecta dentadura" del prócer de la Independencia.

La broma que circuló en círculos opositores venezolanos tras la transmisión de la exhumación de los restos de Bolívar era que "Chávez no le mostró a Venezuela los restos de Bolívar, sino que le mostró a Bolívar los restos de Venezuela".

Chávez ordenó la exhumación para investigar las causas de la muerte de Bolívar, que según él se habría producido "en circunstancias misteriosas" y podría haber sido un asesinato perpetrado por "la oligarquía". Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830 en la ciudad colombiana de Santa Marta, y prácticamente todos los historiadores coinciden en que murió de tuberculosis.

Tras la exhumación de los restos de Bolívar, el Gobierno venezolano anuncio el 29 de agosto que -como parte de la misma investigación- se desenterrarían los restos de dos hermanas de Bolívar. El vicepresidente Elías Jaua dijo que los médicos forenses extraerían un diente de cada una de las hermanas para examinar su ADN y asegurarse que todos los restos de la familia Bolívar eran auténticos.

Chávez le habla al país a diario ante una enorme imagen de Bolívar, utiliza escritos de Bolívar -por lo general sacados de contexto- para justificar su autoritarismo, ha pedido que se reemplacen los juguetes de Supermán y Batman por otros con la imagen de Bolívar, y hasta le ha cambiado el nombre al país por el de "República Bolivariana de Venezuela".

Sin embargo, Chávez está lejos de ser el único que está desenterrando muertos.

· En México, el Presidente Felipe Calderón encabezó recientemente un desfile militar en la Avenida de la Reforma de Ciudad de México para trasladar las urnas de Miguel Hidalgo, José María Morelos y otros 10 héroes de la Independencia desde las tumbas en la que habían descansado desde 1925 hasta un laboratorio científico en el Museo Nacional de Historia.

Un grupo de científicos examinará los restos de los próceres y se asegurará de que estén bien preservados, antes de trasladarlos al Palacio Nacional, "para que los mexicanos, todos, les brindemos homenaje en este año de la patria", dijo Calderón.

· En América Central, varios Presidentes se están disputando los restos del héroe de la Independencia regional Francisco Morazán, que descansan en El Salvador. El año pasado, el ex Presidente hondureño Manuel Zelaya le pidió a su contraparte salvadoreño que entregara los restos a Honduras, para ser sepultados en la capital hondureña de Tegucigalpa.

El Salvador rechazó la idea con indignación, mientras crecían las especulaciones de que también Costa Rica pediría los restos de Morazán. El problema es que el general Morazán nació en Honduras, fue ejecutado en Costa Rica y, según su última voluntad, fue sepultado en El Salvador, explicaron los historiadores.

Según la prensa salvadoreña, los Gobiernos de los tres países centroamericanos consideraron seriamente la posibilidad de prestarse mutuamente los restos de Morazán por periodos de varios meses. La propuesta -que algunos calificaron de turismo funerario- suscitó intensas objeciones de intelectuales salvadoreños.

· En Ecuador, el Presidente Rafael Correa ya había empleado buena parte de su tiempo al comienzo de su presidencia en una campaña nacional para trasladar los restos del héroe de la Independencia Eloy Alfaro desde Guayaquil a un nuevo mausoleo que el Presidente mandó construir en la ciudad de Montecristi. Pero los descendientes de Alfaro objetaron el traslado, generando un debate nacional sobre dónde deberían descansar los restos del prócer. Finalmente, se llegó a una decisión salomónica: parte de las cenizas de Alfaro permanecerían en Guayaquil, y la otra parte en Montecristi. "Esto acabará con los enfrentamientos", anuncio triunfalmente Correa.

· En Argentina, el ex Presidente Néstor Kirchner había ordenado previamente el traslado de los restos del ex Mandatario Juan Domingo Perón, quien murió en 1974, a un nuevo mausoleo situado a 45 kilómetros de Buenos Aires. El ataúd con los restos de Perón fue llevado a su nueva morada en una caravana oficial, pero el traslado se convirtió en un pandemonio cuando varias facciones peronistas se enfrentaron a golpes.

Muchos historiadores argumentan, con razón, que los países latinoamericanos necesitan consolidar su carácter nacional, y que celebrar su historia es una buena forma de hacerlo. Pero quizás muchos Presidentes latinoamericanos están exagerado la nota, porque también es cierto que los escritos de los próceres del siglo 19 no siempre pueden ser usados textualmente como programas de gobierno en el siglo 21.

Estamos viviendo en un mundo diferente. Bolívar murió en 1830. Eso fue 40 años antes de la invención del teléfono, y 150 años antes de la aparición de internet.

Sin olvidar -ni dejar de celebrar- sus grandes hombres, los países latinoamericanos deberían mirar más lo que están haciendo China, India, y otras potencias emergentes que están totalmente concentradas en el futuro.

En vez de invertir tanto tiempo debatiendo sobre dónde deberían descansar sus próceres, los Presidentes latinoamericanos deberían dedicar más tiempo a debatir por qué los jóvenes de sus países están entre los últimos puestos en los exámenes anuales internacionales PISA de matemáticas, ciencias y lenguaje, o por qué no hay ninguna universidad latinoamericana entre las 100 mejores universidades del mundo del ranking del Suplemento de Educación Superior del Times de Londres, o por qué apenas 2 por ciento de toda la inversión mundial en investigación y desarrollo va a Latinoamérica, o por qué, según cifras de las Naciones Unidas, una pequeña nación asiática como Corea del Sur registra 80 mil patentes anualmente en el resto del mundo, mientras que todos los países latinoamericanos juntos registran menos de mil 200.

Es hora de que Latinoamérica mire un poco menos hacia atrás, y un poco más hacia adelante. Y de que sus Presidentes se dediquen un poco menos a contar historias, y un poco más a mejorar la calidad de la educación, la ciencia y la tecnología.

El texto es un extracto del nuevo libro de Andrés Oppenheimer: "¡Basta de Historias! La Obsesión Latinoamericana con el Pasado y las Doce Claves del Futuro", que comienza a circular en México el 14 de septiembre.

Bicentenario: otra narrativa

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Hoy ninguna fuerza política tiene, a no ser para sus simpatizantes más duros o menos cínicos, un aura de respetabilidad.

El problema empieza en las definiciones: por un lado, la discusión sobre si México es o está en vías de convertirse en un Estado fallido, y, por otro, la certeza de que el crimen actúa de manera organizada, que deriva no sólo de la existencia legal del término sino de que las autoridades se encargan de machacarlo todos los días en la sique de los mexicanos.

Luego viene la naturaleza suspicaz de esta sociedad, para la que gobierno y policía son comúnmente sinónimos de transa, corrupción, represión, conflicto de intereses, medias verdades o absolutas mentiras.

Se trata de una suspicacia con la que no pudo el proceso de alternancia. Hoy ninguna fuerza política tiene, a no ser para sus simpatizantes más duros o menos cínicos, un aura de respetabilidad.

En los tiempos del autoritarismo priista, la vieja oposición —de izquierda y derecha— tenía una narrativa que millones de mexicanos encontraban encomiable: su lucha era por la democracia, la libertad contra la opresión y la igualdad ante la ley. A partir de que logró tirar al PRI de la Presidencia de la República, esa antigua oposición tiró a la basura su discurso y se preocupó por incrementar sus posiciones de poder.

Así que los criminales ahora llenan el espectro de la oposición, en cuanto a que se han declarado en rebeldía contra la autoridad. Han invadido ese espacio del inconsciente colectivo que cree que todo aquel que lucha en contra del poder debe ser bueno. Al cabo que, del otro lado, no hay nada digno de crédito, nadie capaz de iluminar la imaginación popular y de convencer a los mexicanos que la redención y el éxito están a la vuelta del camino.

Junto con los partidos políticos, otras instancias intermedias han entrado en una crisis de reconocimiento, como los sindicatos y las iglesias. Lo mismo, muchas de las instituciones que en el pasado contaron con el respeto de los mexicanos, aunque formaran parte del ámbito estatal. Así le pasó al IFE, que entre su ciudadanización, en 1996, y la culminación de la alternancia, en 2000, vivió su momento de mayor gloria, pero desde entonces ha visto dilapidarse su capital de credibilidad.

Los mexicanos de fines del siglo pasado habían puesto su esperanza en la democracia. El día que ésta llegara, pensaban, se desatarían las capacidades creativas y productivas del país, aplacadas por un régimen ya incapaz de cumplir con el pacto de apoyo político a cambio de bienestar.

Sin embargo, llegó la alternancia y el resultado fue tan frustrante como las falsas expectativas de revolución que retrata de manera soberbia la banda de rock The Who en su sencillo de 1971 Won"t get fooled again: "Vengan a conocer al nuevo jefe. Es igualito que el viejo jefe".

No puede uno extrañarse, entonces, que una parte de la sociedad mexicana celebre el estilo de vida de los delincuentes. A éstos se les hacen corridos y se celebran sus acciones "intrépidas". Total, nuestra historia patria está llena de bandoleros y aquellos que pisaron la cárcel por oponerse al régimen y al estado de cosas, muchas veces salieron de ella convertidos en héroes y hasta en gobernantes. ¿Será casual que la playera con que fue detenido La Barbie sea un objeto de colección?

En una década de alternancia, México no ha encontrado la senda del crecimiento económico que le permita reducir su enorme brecha social. Sus programas asistencialistas apenas han podido mantener a flote a los más pobres sin cambiar su condición económica. A cambio, ha gastado enormes cantidades de recursos en subsidios que han terminado en la basura o en los bolsillos de algunos individuos privilegiados.

La ausencia del Estado se nota en la incapacidad de atender muchas de las necesidades más básicas de la población y en la indefinición de prioridades para insertar a México de manera competitiva en la globalización. Peor aún, el Estado mexicano parece no dar siquiera para organizar sin contratiempos su fiesta del Bicentenario, un aspecto ceremonial y de cohesión social que todos los Estados necesitan.

El retiro del Estado coincide con la exacerbación del individualismo. Vivimos una era de crisis de la colectividad. Lo que importan son las proezas personales y se trata de llegar a la meta en el menor tiempo posible. La meta es el dinero y, cuando lo importante es obtenerlo, los valores se vuelven estorbos. La criminalidad enseña que hay atajos para la acumulación de fortuna, y que todo es válido para alcanzarla, incluso descuartizar a quienes se interponen en el camino.

Hoy, en México, hay dos formas en que una persona sin experiencia puede ganar 10 mil pesos al mes (que es más que el salario promedio de quienes cotizan en el IMSS). La primera es reunir una serie de documentos, hacer largas colas en una oficina de contrataciones, esperar caerle bien al responsable de recursos humanos de la empresa y tener la suerte de que un candidato mejor no esté al frente de la fila. La otra, es ingresar como principiante en una organización criminal.

Deficiente en volver atractiva su propia narrativa, el Estado mexicano escribe el guión que conduce a miles de jóvenes a las fauces del crimen. Y no me refiero a su fracaso en la generación de empleos y oportunidades de desarrollo y recreación, sino a cosas más sencillas:

¿A qué vienen esos promocionales de la lucha contra el crimen organizado en las que se ensalzan las fechorías de los criminales, como sucede con la cuenta de todos los hombres que mataron y las imágenes de los fajos de dólares que lograron acumular? ¿No habrá alguien en la esfera oficial que piense que hacer eso es una mala idea?

Preguntémonos si la mejor forma de presentar a La Barbie detenido fue mediante un interrogatorio en video que parece una sesión con una sicoanalista, que se permite que el despiadado sicario aparezca ante la opinión pública como un tímido adolescente desorientado.

¿A quién se le habrá ocurrido que es una buena idea montar un museo sobre el narcotráfico, en el que se exhiben las armas automáticas bañadas de oro y con incrustaciones de diamantes?

Ante la imposibilidad de que los criminales levanten un museo en la sierra de Durango y muestren sus primeras armas —como se exhiben las espadas de José María Morelos y Vicente Guerrero en la muestra del México Bicentenario en Palacio Nacional—, alguien en la esfera oficial decidió que sería buena idea mostrarle a los mexicanos el glamour del mundo narco. ¿Cuál es el objeto de darle a una pistola con cacha de oro el tratamiento del Diamante Hope?

El Estado mexicano necesita urgentemente repensar su narrativa. Hace muchos años que sólo es reactivo ante las calamidades nacionales y mundiales que lo aquejan. Tiene que imaginar qué continuación daría a los murales de Diego Rivera en Palacio Nacional. Tiene que definir su proyecto de desarrollo, que, en el actual mundo globalizado, pasa por saber qué le quiere vender a los demás países. Tiene que sacudirse la impresión de que corre el riesgo de ser un Estado fallido, por más exagerados que sean quienes propalan, con evidente interés propio, esta versión. Tiene que canalizar las esperanzas de los mexicanos de una vida mejor.

El Bicentenario era quizá la ocasión propicia para hacerlo. Por desgracia, la fiesta no dejará a México y al mundo con una sensación de fortaleza del Estado, pues éste no ha sido capaz siquiera de terminar las obras con que se propuso marcar la efeméride.

Aun así, nunca es tarde. Y más nos vale, a todos, emprender cuanto antes el trabajo de imaginar otro futuro para el país, uno distinto al que ofrece la delincuencia, muchas veces con el apoyo de autoridades ingenuas.

Odio el Bicentenario de Calderón

Alvaro Cueva (@AlvaroCueva)
alvarocueva@milenio.com
Ojo por ojo
Milenio

Me pone muy triste esto del Bicentenario. No lo puedo evitar.

Todavía hace algunos años me imaginaba que 2010 iba a ser espectacular, que todos íbamos a estar muy contentos y que nos la íbamos a pasar de fiesta en fiesta.

El cerebro no me daba para imaginar los monumentos que se iban a construir, para los cambios que se iban a anunciar y para lo felices que íbamos a estar todos a lo largo y ancho de esta nación.

Partiendo de lo que Porfirio Díaz hizo para el centenario, de experiencias como los Juegos Olímpicos de México 68 y de la gigantesca herencia artística del siglo XX, le juro que había muchas cosas que me hacían ilusión:

Las ceremonias, la canción, el póster, el platillo, la bebida, la moneda, la camiseta, el libro, la película, el programa especial, la telenovela.

Soy un ridículo, me encanta ser mexicano y esperaba con ansiedad este momento.

El problema es que nada de lo que soñé que íbamos a estar viviendo para este entonces se convirtió en realidad. ¡Nada!

Los mexicanos estamos furiosos, desesperados, hartos, deprimidos, decepcionados.

Si no es por nuestra tradicional lista de conflictos sociales, es por esta guerra tan extraña que jamás nos anunciaron en las campañas electorales, por la ausencia de un proyecto de nación, por el patético estado de nuestra clase política, por la falta de oportunidades.

¿A quién le interesa celebrar 200 años de libertad si nadie tiene la certeza de regresar vivo a su casa después de salir por la mañana?

¿Qué clase de emoción podemos sentir ante el Bicentenario si lo que predomina es el miedo, la decepción, las malas noticias y los intereses particulares?

Ni siquiera hay un monumento que esté listo, una estatua para develar, algo bonito que nos recree la mirada y que sea tan impresionante que haga que el mundo entero se vuelva a verlo como el símbolo de una nación orgullosa y próspera.

Si Porfirio Díaz viviera y viera lo que el gobierno de Felipe Calderón está haciendo para conmemorar el Bicentenario de la Independencia de México, se levantaba en armas y se ponía del lado de los revolucionarios de la desilusión.

La canción del Bicentenario no es mala, es un asco. Cualquier anuncio de pasta de dientes tiene una música más elegante y una letra más digna que ese jingle de mala muerte.

El póster es una burla. ¿A usted no se le quiere caer la cara de la vergüenza ante esa imagen? Ni parece que aquí hubiéramos tenido artistas.

Desde ese logotipo enfermo donde el gobierno quiso combinar Independencia y Revolución como para ahorrarse una fiesta, las cosas están mal.

¿Adónde se nos fue el talento? ¿En dónde dejamos la clase?

No, y ni hablemos de lo demás porque nos vamos a deprimir de aquí a los 500 años de la conquista.

¿En qué cabeza cabe, por ejemplo, lo de la galería nacional? Sí, es muy bonito ver la silla de Benito Juárez, ¿pero ese museo forma parte de un proyecto a largo plazo?

¿Le puede meter un susto al Smithsonian de Washington? ¿Convierte al Palacio Nacional en algo tan importante como el Museo del Prado en Madrid?

Claro que no, es una exhibición temporal. ¡Temporal! Nuestras autoridades ni siquiera pudieron aprovechar el Bicentenario para construir algo para siempre.

Juntaron esas pocas piezas y al rato se las van a quitar. ¡Qué miseria! ¡Qué desgracia!

Dentro de un siglo, cuando se conmemoren los 300 años del grito de Dolores, la gente va a tener más a la mano las aportaciones de Porfirio Díaz que las de este gobierno surgido de la justicia, de la democracia y de la paz. ¡No puede ser!

¡Qué falta de visión! ¡Qué poco sentido de la planeación! ¡Qué ausencia de amor propio!

Estamos de acuerdo, el día 15 una multitud frenética va a ir a echar relajo a Paseo de la Reforma en la capital del país mientras otra, todavía mayor, se va a esconder en sus casas, en otras partes de la República, ante el temor de perder la vida a ritmo de ¡Viva México!

Pero después del 16 todo se va a esfumar y ese dinero, que ni sirvió para ayudar a los pobres ni para dejarle algo a la posteridad, se habrá convertido en cenizas.

¿Ahora entiende cuando le digo que esto del Bicentenario me pone triste?

Con esta clase de autoridades no hay manera ni de festejar algo tan grande como el Bicentenario. Nomás vamos a perder el tiempo. Nomás nos vamos a vaciar más. ¿A poco no?

¡Atrévase a opinar!