septiembre 13, 2010

Recta final

Rubén Aguilar (@RubenAguilar)
Consultor y profesor de la Universidad Iberoamericana
raguilar@eleconomista.com.mx
El Economista

Al presidente Calderón le quedan 27 meses al frente del gobierno. Inicia la última etapa de su gestión con la peor evaluación personal y de su gobierno.

En Los Pinos son conscientes de esta realidad, sus encuestas dicen los mismo, pero no logran articular una estrategia de gobierno y comunicación que les permita remontar la percepción negativa.

De acuerdo con la última encuesta de Reforma (01.09.10) ahora sólo 55% aprueba su desempeño y 37% lo rechaza cuando hace un año lo hacía 68 y 24%, respectivamente. De un año a otro ha caído 13.0% en la aprobación y crecido 13% en el rechazo, que no son porcentaje menores.

La mala percepción se agudiza cuando sólo se toma en cuenta lo que piensan los líderes de opinión. Las gestión de Calderón en junio del 2010 la aprobaba 51% del círculo rojo y en septiembre ya sólo 47% y lo rechaza 49 y 53%, respectivamente. La caída y el aumento es de 4.0% en tres meses.

El último sondeo de El Universal (06.09.10) arroja los mismos resultados. Ahí el Presidente obtiene 45.4% de aprobación y 28.5% de rechazo, mientras que en septiembre del 2009 en el primer rubro alcanzaba 50.4 y 32.8% en el segundo. De un año a otro cae 5.0% en la aprobación y aumenta en 4.3% el rechazo.

En la calificación general varía muy poco y pasa del 6.4 en junio al 6.3 para septiembre del 2010 en la encuesta de Reforma y lo mismo sucede con la de El Universal donde pasa de 6.7 en el 2009 a 6.4 en el 2010. La valoración de los líderes de opinión también se mantiene y es 5.2 en junio y 5.3 en septiembre del 2010.

La ciudadanía en el caso de México tiende siempre a calificar alto el desempeño del Presidente sin importar su gestión. Se “califica” a la envestidura más que a la persona. El indicador de gestión es el que expresa de mejor manera la percepción que tiene la población.

En la crisis del 2009, la más grave a nivel mundial después de la gran depresión, el Presidente fue mejor evaluado que ahora. Todo indica que la caída se relaciona con el número de muertos, que la ciudadanía considera “inaceptable”, y el fracaso de la “guerra” contra el narcotráfico.

Los 27 meses en la actual lógica política del país, que es necesario cambiar, se hacen sólo 15; lo que queda del 2010 y todo el 2011. Los márgenes de maniobra y la capacidad de influir del Presidente se reducen cuando inicia la contienda interna de los partidos políticos y empieza la campaña presidencial legal.

La caída en la aprobación y el aumento al rechazo de Calderón van a seguir al mantenerse como la acción más importante de su gobierno, y el único tema a comunicar, la “guerra” contra el narcotráfico. Sin duda, la percepción negativa de la gestión del Presidente va a perjudicar al candidato de su partido en la campaña por la Presidencia en el 2012.

raguilar@eleconomista.com.mx

En Los Pinos son conscientes de esta realidad, sus encuestas dicen los mismo, pero no logran articular una estrategia de gobierno y comunicación que les permita remontar la percepción negativa.

Competitividad: de mal en peor

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

Según el Índice de Competitividad Mundial 2010 - 2011, del Foro Económico Mundial, México retrocedió seis lugares, ubicándose en el sitio 66, entre 139 países, todo lo cual apunta en la dirección equivocada, sobre todo tomando en cuenta la importancia de la competitividad para las inversiones, la importancia de las inversiones para el progreso económico, y la importancia del progreso económico para el bienestar de la gente.

El progreso económico se define como la capacidad para producir más y mejores bienes y servicios, para un mayor número de gente, capacidad que depende de las inversiones, definidas como todo gasto destinado a producir más y mejor, inversiones que pueden darse en investigación científica y desarrollo tecnológico; en instalaciones, maquinaria y equipo; en infraestructura de comunicaciones y transportes; en educación y capacitación, y en todo lo que contribuye a producir más y mejor. Las inversiones, a su vez, dependen de la competitividad del país, definida como la capacidad de la nación para atraer (que los capitalistas decidan invertir en el país), retener (que una vez invertidos en el país los capitales se queden en el país) y multiplicar (que las ganancias generadas por los capitales invertidos en el país se reinviertan en éste) inversiones, competitividad que depende de factores que van desde la infraestructura de comunicaciones y transportes hasta las reglas del juego en materia económica, que tienen que ser a favor de la libertad individual y la propiedad privada.

Competitividad igual a inversiones, e inversiones igual a progreso económico. Mayor competitividad igual a más inversiones, y más inversiones igual a más progreso económico. ¿Cuál es el primer paso para lograrlo? Mayor competitividad. México, ¿se mueve en esa dirección? No.

En el Índice 2009 – 2010 México ocupó, en materia de competitividad, el lugar 60 entre 133 naciones. En el Índice 2010 – 2011 el lugar de México es el 66, entre 139 países, lo cual quiere decir que, en términos absolutos, tomando en cuenta nada más el lugar ocupado, México cayó de la posición 60 a la 66. En términos relativos, considerando el lugar de México con relación al resto de los países, el resultado es que, en el Índice 2009 – 2010, por arriba de México, y en mejores condiciones en materia de competitividad, se encontraba el 45.1 por ciento de los países, mientras que, en el Índice 2010 – 2011, el 47.5 por ciento de las naciones se encuentra por arriba de México, en mejor condición en materia de competitividad, lo cual quiere decir que, también en términos relativos, la situación de México empeoró.

Si del lugar pasamos a la calificación, que el Foro Económico Mundial calcula sobre siete, México obtuvo una de 4.19 que, convertida a escala de diez, da como resultado una calificación de 5.98, reprobatoria, si bien es cierto que, redondeando, ¡alcanzamos el seis!

Más allá del lugar y la calificación, la situación de México en materia de competitividad se resume en una sola palabra, mediocridad, con el agravante de que vamos de mal en peor. ¿Y los responsables?

"El grande", detenido



AMLO, principal aliado de Peña Nieto

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

¿Qué habría pasado si hace semanas —o meses— una voz despistada hubiese aventurado que Andrés Manuel López Obrador se convertiría en el principal colaborador de Enrique Peña Nieto en su cruzada contra la alianza PAN-PRD en el estado de México?

Seguramente, “Los Legionarios” de AMLO habrían quemado en leña verde al sacrílego capaz de esa monstruosidad, sobre todo porque la voz popular acredita que AMLO y Peña son formidables enemigos. Más aún, López Obrador ha dicho a cuatro vientos que su objetivo político, antes de ser candidato y presidente de todos los mexicanos, es “tumbar a Peña”.

Bien, pero hete aquí que debido a la caprichosa política mexicana y a lo voluble de las ambiciones de poder, se hizo realidad la impensable premonición de una alianza “contranatura” entre AMLO-Peña Nieto. ¿Y entonces qué fue lo que pasó? Pues nada, que también a causa de los impredecibles reacomodos políticos rumbo a la sucesión presidencial, ahora resulta que el tabasqueño decidió sumar filas con el mexiquense, para evitar que —por la vía de las alianzas— se fortalezca la candidatura de su otrora preferido y hoy jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard.

En pocas palabras, todos saben que los principales interesados en las alianzas PAN-PRD en Oaxaca, Puebla, Sinaloa y ahora en el estado de México son Manuel Camacho —quien construye la campaña de Marcelo Ebrard—, y el grupo político de Los Chuchos, que apenas ayer, en un golpe de timón se quedaron con el control del PRD hasta marzo de 2011.

También todos saben que desde su Quinto Informe, Peña Nieto inició una cruzada contra las alianzas PAN-PRD en el estado de México, donde habrá elecciones para sucederlo en 2011. Y todos se enteraron que al salir del Quinto Informe de Peña Nieto el propio Marcelo Ebrard criticó con severidad “el miedo” del PRI a las alianzas. Y no solo eso, sino que dejó ver que la alianza PAN-PRD en el estado de México, “va porque va”.

Bueno, pues el pasado 11 de septiembre, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Andrés Manuel López Obrador dijo: “Sería una gran traición y una desvergüenza” la alianza del PRD con el PAN. Por eso, “desde ahora les aviso que vamos a pintar nuestra raya”, dijo. Y claro, se refería a las elecciones de 2011 y 2012, porque antes de la elección presidencial la alianza PAN-PRD pasa por el 2011 en el estado de México.

Y es que AMLO sabe que si se confirma la alianza del PAN y el PRD de Los Chuchos en el estado de México, el candidato presidencial de la izquierda podría ser Marcelo, al que además se aliaría la poderosa Elba Esther Gordillo. Y en ese escenario el tabasqueño estaría fuera. Por eso se suma a Peña contra las alianzas. ¿Qué tal?

La miopía de lo político

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

Aceptemos por un momento la ficción de que esta semana cumplimos 200 años. Démosla un momento por válida, aunque se entienda bien que las naciones no son criaturas paridas entre gritos, en una noche. Las metáforas nos ayudan a entendernos, en la medida en que sepamos que lo son. La idea del cumpleaños de las 200 velas es útil porque nos permite pensar en México. Los dos siglos podrían ayudarnos a expandir la mirada, a reflexionar de un modo distinto sobre la casa común. Lo digo no solamente porque el horizonte de un tiempo largo ofrezca la perspectiva que nos urge, ese sentido de proporción que hemos perdido, atrapados por la urgencia del día. Lo digo también porque los siglos nos permitirían también superar la miopía de lo político.

La política nos ha hecho miopes. Ha querido que su obsesión por el poder sea nuestra. Ha querido imponernos su mirada y, en buena medida lo ha logrado. Pensar la vida de México desde ese marco que enfoca gobiernos, caudillos, congresos, leyes, constituciones, proclamas, revoluciones, presidentes. Lealtades y traiciones; patriotismo y enemigos. Sólo importa lo que cabe en sus categorías y en sus pleitos. Desde luego que ésa no fue la única voz del bicentenario, pero fue la predominante: la nación como pelota en el juego de la política. La nación como fruto de un patriótico furor destructivo. La peor contribución del bicentenario fue el haber insistido en esa lectura de México. Se reinstaló entre nosotros el vocabulario de la épica: los héroes y sus gestas; los padres de la patria y sus sacrificios; los prohombres y sus proezas. Es cierto que, a diferencia del primer centenario, no se usó la conmemoración para enaltecer a un hombre, pero se ha usado para glorificar el mismo quehacer: la política. Se ha usado para comprenderla en clave dramática: una política cocinada con violencia y sangre, preparada con el sacrificio de los mártires. No celebramos la política estable y constructiva (ésa que la vieja y la nueva historia oficial desprecian) sino la política de la ruptura. La cara más grotesca de esta idolatría es que el gobierno federal nos haya invitado a rendir homenaje a los huesos de los insurgentes. Espectáculo abominable para la macabra autocelebración de la política.

Es vanidad de la política asumirse como hacedora exclusiva de la nación. Por eso se habla de los "padres de la patria," como si una amiba fuera, de pronto, felizmente fecundada por el heroísmo que la transforma en una sociedad con cuerpo y rumbo. Los héroes obsequiándonos la patria para que todos los septiembres les demos las gracias. Pero si celebramos la casa común habría que apreciar otros albañiles: no los de la sangre y la muerte, no los de la asonada y el arrojo, sino los constructores cotidianos de un espacio que reconocemos, a pesar de todo, como nuestro. México empezará su tercer siglo con lacras profundas y muy viejas; también con problemas nuevos y muy amenazadores. Una historia hiperpolítica y belicosa nos ayuda poco a entendernos y a encarar nuestros retos. Nos hace falta aprender de la modestia de las pequeñas conquistas. Apreciar los provechos de la construcción, por encima de las emociones de la demolición. Bien dice Gabriel Zaid que México no nació hace 200 años, con una guerra. "Los verdaderos padres de la patria no son los asesinos que enaltece la historia oficial, sino la multitud de mexicanos valiosos que han ido construyendo el país en la vida cotidiana, laboriosa, constructiva y llena de pequeños triunfos creadores".

No niego que esos pequeños triunfos creadores conquistados sin sangre y sin violencia han modificado la manera en que se accede y se ejerce el poder. No ignoro la novedad histórica que significa el régimen democrático. Creo que debemos apreciar que, a finales del siglo XX, el país dejó de ser propiedad de un hombre. Esas victorias son los avances de la competencia electoral, los nuevos contrapesos del poder, las conquistas de la publicidad, la independencia y la crítica. Pero esos avances palidecen frente a la persistencia de los males ancestrales y la aparición de nuevas amenazas. No es mezquindad advertir que la democracia se estanca, la barbarie regresa, la escuela está en ruinas y el país carece de rumbo. El bicentenario nos atrapa en el desánimo. Y a pesar de todo, México es la casa de millones. Existe. El tercer siglo de México es la oportunidad para pensarnos sin esa onerosa obsesión por la política dramática y pensar la nación sin los falseamientos de la declamación nacionalista.

La mitología de la violencia

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Nuestra Independencia fue la guerra más violenta y cruda de la América hispana.

En nuestras celebraciones de la Independencia y la Revolución siempre existe una suerte de apología de las grandes o pequeñas gestas militares, de los caudillos, de la violencia aunque se considere justa, por encima de la política en sí, de la posibilidad de acuerdos, de la creación de instituciones. Y en estos días es anticlimático y políticamente incorrecto recordarlo, pero la violencia en la Independencia y la Revolución tuvo costos altísimos. La nuestra fue la guerra de Independencia más violenta y cruda de la América hispana. La Revolución, uno de los eventos más cruentos de la historia. Los costos de ambos procesos resultaron altísimos.

La violencia ha estado presente a lo largo de toda la historia de México. Desde la Conquista, la colonización y las epidemias que las acompañaron, hasta la guerra de Independencia y la Revolución, su secuela de muerte, destrucción y atraso ha sido una constante. Y en estos días, en los que nuevamente estamos viviendo una etapa marcada por la violencia, aunque tenga orígenes y razones muy diferentes a las de entonces, debemos recordarlo. Lo cierto es que la Independencia y la Revolución son dos de los momentos más violentos, con mayor número de víctimas, de la historia contemporánea, no de México, sino del mundo.

El evento que provocó mayor número de muertos en la historia fue la Segunda Guerra Mundial: en total murieron en esa conflagración unos 70 millones de personas. La Independencia de México, en las luchas que se libraron entre 1810 y 1821, generó unas 600 mil víctimas, y la Revolución cerca de un millón de muertos aunque algunos historiadores elevan la cifra hasta los tres millones.

En la Independencia, como ocurriría después con la Revolución, la mayor parte de las muertes no se dieron en grandes batallas, porque sencillamente no las hubo. Existieron innumerables luchas regionales, guerra de guerrillas y bajas de todo tipo, pero la mayoría correspondieron a la población civil, sea por actos de represión o simplemente a causa de hambruna o enfermedades. Lo mismo ocurrió, pero en un contexto mucho más grave, durante la Revolución.

Si se consideran las 25 guerras con mayor cantidad de bajas de la historia moderna, la Revolución Mexicana, con todas sus secuelas, más aún si se suma a ella la guerra cristera, ocupa el noveno lugar en la historia, con el mismo número de bajas que la guerra civil española y sólo superada por las dos mundiales, la Revolución Rusa, la guerra de Corea y la de Vietnam, las napoleónicas, la guerra chino-japonesa y la invasión rusa a Afganistán.

Y, sin embargo, quizá por la mitología oficial que a lo largo de décadas se construyó en torno a la Revolución, no se termina de explicar cómo se dieron esas bajas ni los costos que tuvo esa violencia para la historia del país. No hubo en la Revolución grandes batallas: las dos más importantes fueron la toma de Ciudad Juárez y, sobre todo, la de Celaya. En la primera se estima que hubo cerca de 11 mil muertos, en la segunda se dice que unos 35 mil. Pero, entonces, ¿cómo explicar que hayan perdido la vida entre un millón y tres millones de personas?.

Si nos quedamos con la cifra del millón de víctimas en la Revolución, eso implica que murieron ocho de cada cien mexicanos de aquella época. Pero la mayor parte de las muertes se dieron por hambre, desnutrición y enfermedades, no en los campos de batalla. Lo que sucedió es que la Revolución desarticuló por completo el esquema productivo del país, que no se comenzó a recuperar sino hasta bien entrados los años 40. La Revolución tuvo un costo económico y social elevadísimo, superior al de los eminentemente militares.

Independientemente de la gesta política, el costo social que generó la Revolución Mexicana se puede medir en cifras. La violencia no deja progreso, sino rezago y pobreza. Al inicio de la Revolución, el ingreso promedio de un estadunidense era el doble del de un mexicano. Actualmente es unas seis veces superior. Y no es porque Estados Unidos no haya estado en guerras o haya escapado de la violencia. En la Primera Guerra Mundial y en la Segunda tuvieron cientos de miles de muertos, lo mismo que en Corea y Vietnam o ahora en Irak o Afganistán. La diferencia básica es que su sistema productivo y su sociedad no terminaron, como con la Revolución o la Independencia, desarticulados. Las guerras no fueron en su territorio y tampoco se generaron, desde la de secesión de 1861, guerras civiles tan prolongadas y sangrientas como las nuestras.

Y ahí reside precisamente el peligro de la violencia que enfrentamos ahora, un siglo o dos siglos después de aquellos hechos históricos. No tiene paralelo la actual con aquélla, pero el hecho es que la violencia vuelve a estar entre nosotros como un enemigo interior, provoca miles de víctimasy afecta, una vez más, la calidad de vida.

Educación: la catástrofe silenciosa

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Gilberto Guevara llama “la catástrofe silenciosa” al hoyo en que ha caído la educación pública en México, atrapada entre un gigantesco sindicato que detesta su trabajo, una dirigencia sindical que no da cuentas de los miles de millones de pesos descontados de forma obligada a cada profesor; una poderosa dueña del sindicato, enriquecida a niveles ofensivos sin explicación alguna porque no es sino maestra con licencia que conserva su salario mientras se dedica a labores sindicales… (la carcajada nacional es nivel 8 en la escala de Richter). El panorama da como resultado alumnos que no comprenden lo que leen, no saben realizar operaciones aritméticas sencillas y no tienen entusiasmo por nada.

Pocas ideas hacen más daño que la muy trivial de que el problema es que el gobierno se niega a proporcionar recursos suficientes: “A la educación se destina casi la cuarta parte del presupuesto total del país, y nadie sabe a ciencia cierta cuántos maestros hay, cuántas escuelas existen y cuántos profesores cobran sin trabajar en las aulas”. Pablo Hiriart, La Razón, 11.VIII.

“Hay miles de maestros comisionados a tareas sindicales, y otros tantos que están dedicados a darle mantenimiento a la maquinaria electoral de la profesora Elba Esther Gordillo, el Panal”. El dato más grave es que nadie sabe, ni la SEP ni el sindicato ni la maestra Gordillo cuántos son esos maestros comisionados. Durante el último conflicto en Oaxaca, se habló de diez mil sólo allí, en Oaxaca, dedicados a incendiar su ciudad con entusiasmo. Así que suman decenas de miles que todos pagamos, no dan clase y se dedican de tiempo completo a la “grilla”, la marrullería, el “apoyo a los compas” en alguna lucha social que pueda rendir beneficios.

Hemos creado un espejismo: que la educación superior es un derecho de toda la población porque es la puerta de acceso a la buena vida. Hasta algo así como 1960, en efecto, un título era garantía de vida profesional independiente, casa, auto, ascenso social para el pobre que terminaba con esfuerzo su carrera de medicina, granero de abogados para bufete elegante, de ingenieros para la compañía constructora. Ya no lo es, y fue eso parte del malestar que movió a los jóvenes en 1968: que el futuro se había nublado.

Cada año sin falta leemos que 120 mil jóvenes no podrán ingresar a la educación superior; también que un nuevo medicamento permitirá salvar miles de vidas. La verdad, lo primero me parece bien y lo segundo mal. No sé qué haríamos con un país lleno de licenciados y sin nada de qué morir para ir dejando lugar a mexicanos que se reproducen como cuyos.

Estamos convencidos religiosamente de que no hay salvación fuera de la universidad y sus sistemas de certificar conocimiento, pero ni usted ni yo le pedimos título al fontanero, al electricista ni al exitoso vendedor de materiales para la construcción que ha levantado su empresa contra los vientos de gobiernos estatales dedicados a entorpecer y las mareas de los errores macro económicos de la Federación.

Otros han aprendido el camino pedigüeño: Antorcha Campesina hizo marchar unos cientos de solicitantes por Guadalajara y amenazaron con instalarse a vivir en los prados de la Plaza de Armas, frente al Palacio de Gobierno. Piden casas: 500 en algunas zonas, 400 en otras. Volví a leer: piden casa y no les dan. Pues bien, yo no tengo casa propia y no se me había ocurrido la solución: que Antorcha exija casa para mí. Ah, porque la exigen, es su derecho. Y estoy seguro de que la Constitución, que todo ofrece a los mexicanos, en alguna parte ya tiene asentado el derecho inalienable a la casa propia. Quiero la mía.

Calumniador calumniado: Han transcurrido semanas y el cardenal tapatío no se ha disculpado ni mostrado pruebas de que Marcelo Ebrard sobornó a la Suprema Corte para que pasara el matrimonio y la adopción entre homosexuales. El ahora calumniado Ebrard calumnió hace tres años al centenar de mexicanos que suscribimos un manifiesto refutando el fraude alegado por AMLO. Ebrard declaró dirigiéndose a nosotros: “… abran los ojos y cierren las carteras, porque las evidencias del fraude sobran”. No mencionó ni una sola evidencia de tantas que sobran. Ni cuánto nos llegó a las carteras. Por lo que a mí respecta, fue al contrario: los organizadores me solicitaron una cooperación para pagar el manifiesto y avisé que no tenía. Firmé sin pagar. A los demás, les costó la publicación.

Mi novela con la Revolución mal librada: OLGA, (Planeta, 2010).