septiembre 17, 2010

Diego está vivo

José Cárdenas (@JoseCardenas1)
josecardenas@me.com
Ventana
El Universal

Aparece una nueva fotografía de Fernández de Cevallos. Otro comunicado de los “misteriosos desaparecedores”. Es el primer mensaje en tres meses. El silencio roto es prueba de vida. Buena señal. La negociación parecería reanudarse. Las condiciones están dadas.

El mensaje puede interpretarse como más presión a la presión. Que “el viejo güevudo y cabrón bien hecho” quedó desamparado. Expertos afirman lo contrario. Presión, sí, para los captores. El tiempo apremia. Podrían estar dispuestos al arreglo. Son profesionales. Eso tranquiliza.

En el aire hay insidia. Se habla de la familia dividida. Diez hermanos contra el hijo mayor de El Jefe. Diego Fernández de Cevallos Gutiérrez es la única cabeza de la negociación. Por órdenes del cautivo. Lo apoyan el ex procurador Antonio Lozano Gracia y el penalista Juan Collado. La familia no está separada. También está secuestrada. Las hermanas de Diego, Helena y Beatriz, están desesperadas. Hablan con el corazón roto. Se comprende. La táctica de los misteriosos desaparecedores intenta herir. Los “amigos traidores” que lo han dejado solo, según los plagiarios, están firmes.

¿Cómo actuar frente a la noticia? No hacen falta principios morales. Ni lástima por el dolor ajeno. Ni siquiera simpatía por el ex senador panista. No se necesita conocer plenamente el proceso de negociación. Hace falta ponerse en lugar del secuestrado. De la familia.

Brotan ideas de lo que debe hacerse. Todo suma. Si ello implica no difundir información por ser súplica de la familia y de quien encabeza la negociación, se haría sin dudarlo. Cerrar filas en torno a Liliana León Maldonado, su mujer, y los hijos, obliga. Son los únicos que tienen información veraz del proceso. Nadie más puede hablar con certeza. Con verdad. La postura de la mujer y los hijos de Diego ha sido el silencio absoluto. Frente a cualquier medio de comunicación, autoridad o persona alguna. Desde el principio anteponen la vida y la integridad de Diego. La confidencialidad estricta y la reserva total van por delante de cualquier otro interés. Ya habrá momentos para la nota, el comentario, la entrevista o la crónica. ¡Ahora no es tiempo! Se corre el riesgo de afectar (aun sin dolo) un complejo proceso de negociación. Ya van 123 días del secuestro de más alto impacto que se recuerde. Ya es mucho.

EL MONJE LOCO: ¿Por qué festejar el Bicentenario? No falta quien se oponga. El país hecho pedazos. Gritos de miedo. Códigos quebrados. Encono. ¿Tenemos derecho a vencernos por amargura y frustración? Desde hace 200 años hemos sido invadidos y mutilados. Las calamidades ahorcan. También hemos logrado una patria peculiar. Propia. Conflictiva. Incomprensible. Donde a pesar de todo, la vida sigue con cierta alegría. Aún miramos en busca del águila entre las nubes. Si no la vemos, cuando menos el cielo nos consuela. Nuestra historia es más grande que nuestro presente. Ya se sabe. Ya se supo…

Suave patria

Juan Villoro
Reforma

En 1919, Ramón López Velarde publicó un libro cuyo título aludía a una condición íntima y además brindaba un diagnóstico de la época: Zozobra. Poco después encontró una personalísima manera de celebrar a México en el más largo de sus poemas, "La suave patria".

Mientras el entorno se convertía en un "edén subvertido" por la metralla, el poeta descubría asombros en la gravedad de lo pequeño. La violencia acechaba en cada esquina, pero las alacenas velaban el sueño elemental de las compotas, el cielo era atravesado por el "relámpago verde de los loros" y el territorio se extendía como una casa demasiado grande donde el tren avanzaba "como aguinaldo de juguetería".

Nacido en Jerez, en 1888, López Velarde reinventó la provincia mexicana, y con ella, la provincia del hombre. Murió a los 33 años, después de haber escrito: "la edad del Cristo azul se me acongoja". Enfermó de pulmonía y no se cuidó; salió a la calle, discutió hasta altas horas de la noche sobre Montaigne, después de haber ido al teatro. Cuando volvió a su cuarto en Avenida Jalisco (hoy Álvaro Obregón), tenía neumonía. Murió en el edificio que ahora alberga la Casa del Poeta.

López Velarde no tuvo casa propia, no usaba reloj ni conoció el mar. Vestía de negro porque guardaba luto por la muerte de su padre. Fue querido y aceptado por las mujeres, pero ninguna se quiso casar con él y varias lo compensaron con la extraña fidelidad de morir solteras. Enamorado profesional, hablaba de sus "funestas dualidades". Católico y pecador, conoció el placer y el arrepentimiento. Viajó mucho, siempre a los mismos sitios: Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes, la Ciudad de México. Fue maderista. Creía en la renovación democrática del país, no en la violencia. Como su maestro, Manuel José Othón, combinó la poesía con el derecho y entendió que el cosmopolitismo no es otra cosa que lo regional sin ataduras. Alternó el tono popular con el fogonazo de la invención. Dos versos alejandrinos resumen su estética: "Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre/ Ojos inusitados de sulfato de cobre". El primero describe con sencillez su mundo; el segundo revela el carácter prodigioso de esa sencillez.

La geometría del amor determina su poesía, muchas veces bajo la advocación de Fuensanta, su musa providente. En la plaza del pueblo encuentra "el perímetro jovial de las mujeres"; espía a las muchachas pudibundas con "la falda bajada hasta el huesito"; atesora las confesiones dichas junto al brocal de un pozo; contempla con nostalgia anticipada a las posibles solteronas que tejen a la luz de un quinqué; recibe a la prima que llega "con un contradictorio prestigio de almidón"; entra en los tugurios donde moran las "mariposas de sangre"; recorre una espalda exacta y escucha el "monosílabo inmortal" de otro cuerpo.

En "La suave patria" propone un país "fiel a su espejo diario", hecho, no de proclamas ni de fastos, sino de nimias constancias perdurables, como "la picadura del ajonjolí" y "los pájaros de oficio carpintero".

Más allá de todo nacionalismo resulta obvio que somos de un sitio. La poesía de López Velarde es una exploración del sentido de pertenencia. Ciertas palabras, algunos sabores, la coloración de la luz, la forma de llover, definen lo que somos. Quien atraviese un pueblo y respire "el santo olor de la panadería" entenderá la entrañable nación del poeta.

Borges admiró y memorizó "La suave patria", pero algunas expresiones lo desconcertaban. Una de ellas era "vendedora de chía". Cuando conoció a Octavio Paz, Borges le preguntó qué era la chía. "Una semilla", respondió Paz. "¿Para qué sirve?". "Para hacer agua". "¿Y a qué sabe?". "Sabe a tierra". El diálogo tiene la despojada profundidad del enigma. La respuesta de Paz es a un tiempo literal y simbólica: la chía tiene un regusto terroso; sabe a lo que somos, la patria diaria. La escena me intrigó en tal forma que dediqué las 500 páginas de mi novela El testigo a tratar de descifrarla.

José Emilio Pacheco se ha preguntado qué hubiera pasado con López Velarde en caso de no morir joven. ¿Se habría transformado en un poeta retórico, un diputado varias veces reelecto, un burócrata de las letras, o habría conservado la contradictoria flama que ardió en sus versos? Imposible decirlo. Lo cierto es que fue, como ha dicho Hugo Gutiérrez Vega, "el padre soltero de la poesía mexicana".

A pesar de ofrecer un mundo muy reconocible, una patria ya sucedida, López Velarde no es folklórico ni pintoresco. Sus tradiciones son misterios. Esto refrenda su condición de clásico. Como observó Gabriel Zaid, en su poesía y en su vida "todo está por aclararse". Y siempre será así. Como la patria a la que concedió permanente novedad, su escritura cambia con sus lectores.

Querer a un país puede ser una abstracción cívica o un despropósito metafísico. López Velarde entendió que no se ama lo que se tiene sino lo que se desea. Escogió una patria sin récords ni estadísticas, de sabrosas "pechugas al vapor".

El poeta no tuvo casa: tuvo un país que cumple 200 años. Felicidades.

El padre Hidalgo y la capital

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

Determinó, el 2 de noviembre, retirarse de las puertas de la capital. Esa decisión provocó que sus huestes se redujeran a la mitad.

Con 80 mil hombres frente a la capital, Miguel Hidalgo tuvo la opción de entrar a ella o continuar la lucha en "la provincia", como se dice desde entonces. En el Monte de las Cruces se había librado una importante batalla, el 30 de octubre. El coronel español Torcuato Trujillo llamó a parlamentar a los jefes insurgentes, pero traicionó su palabra, pues los atacó cuando éstos se acercaban con banderas de tregua. Entre las fuerzas realistas se hallaba Agustín de Iturbide que, como teniente, cumplía su primera acción militar. Ya ante la posibilidad de entrar a la capital, el virrey Francisco Javier Venegas preparó la defensa, pero no con un ejército (que estaba fuera), sino con ciudadanos voluntarios, sirvientes reclutados a la fuerza, y dos mil mujeres llamadas "Patriotas Marianas". Los insurgentes enviaron una propuesta de rendición que el virrey rechazó, pese a conocer la desesperada situación en que se hallaba la ciudad. El 2 de noviembre, Hidalgo determinó retirarse de las puertas de la capital. Esa decisión provocó que las huestes de Hidalgo se redujeran a la mitad, pues muchos retornaron decepcionados a su casa al esfumarse la magnífica oportunidad de saquear la "Ciudad de los Palacios". En su retirada, se encontraron con las fuerzas de Félix María Calleja, el 7 de noviembre, en Aculco, y sufrieron una fuerte derrota.

Frente a la propaganda triunfalista que desplegó el gobierno, Hidalgo respondió publicando una carta dirigida al propio virrey, explicando las "verdaderas razones" de su retiro. Se dijo informado de que su retirada se había tomado como derrota, "cosa que puede desalentar a los pusilánimes". El principal motivo aducido fue la falta de parque (igual que el general Anaya dijo a los norteamericanos tras su derrota en Churubusco). Escribió también Hidalgo: "El vivo fuego que por largo tiempo mantuvimos en el choque de las Cruces debilitó nuestras municiones en términos que, convidándonos la entrada a México las circunstancias en que se hallaban, por este motivo no resolvimos su ataque, y sí retroceder para habilitar nuestra artillería". Y aclaró que el descalabro de Aculco, a manos de Calleja, tampoco fue una derrota, sino un "repliegue táctico", argumento siempre recurrido por los derrotados que no se reconocen como tales (lo mismo en la guerra que en la política). Dijo que de esa refriega "no resultó más gravamen que la pérdida de algunos cañones y unos seis u ocho hombres". No logró convencer a la opinión pública de que iba ganado la guerra, aunque no lo pareciera. Y es que, tanto el retiro de la Ciudad de México como la batalla de Aculco, habían en efecto constituido serias derrotas de la insurgencia; una de imagen, y otra militar. Y, entonces, el padre de la patria prometió: "No dilataré en acercarme a esa capital de México, con fuerzas más respetables y temibles a nuestros enemigos", amenaza que ya no tuvo oportunidad de cumplir.

¿Fue el de Hidalgo un repliegue táctico, como afirmó? Probablemente. Ha habido historiadores que sostienen que la decisión de Hidalgo en realidad respondió a que tenía preocupación por la suerte de los capitalinos, pues habiendo presenciado las masacres en Celaya y Guanajuato, pensó en la matachina que se armaría en la capital, y su sentido ético simplemente no se lo permitió. Esa suele ser la versión preferida por la historia oficial.

Pero don José María Luis Mora, el gran ideólogo e historiador liberal, nunca se convenció de ello: "Esta falta indisculpable aun para el hombre de más vulgares nociones, se ha querido disculpar en Hidalgo, suponiendo que fue impulsado a cometerla por el deseo de evitar a México los desórdenes que sus masas le causarían en una violenta ocupación; el crédito que merece semejante suposición puede valuarse por lo que pasó en Celaya, Guanajuato y Valladolid". En efecto, más tarde demostró nuevamente Hidalgo no ser movido precisamente por la misericordia, al ordenar la ejecución sistemática y gradual de sus prisioneros españoles (civiles) en Guadalajara, violentando salvoconductos y promesas solemnes de respetar la vida de los cautivos. Algo sobre lo cual dice el mismo Mora: "Estos miserables eran sacados en la oscuridad de la noche y muertos a machetazos o puñaladas.

Tales atrocidades no necesitan comentario ni merecen disculpa, y ellas fueron el principio de otras muchísimas que, provocando represalias, contribuyeron a empapar de sangre todo el suelo mexicano". Cuando ya preso, le preguntaron a Hidalgo por qué no celebró siquiera un juicio a sus víctimas de origen español, respondió: "No era necesario: sabía que eran inocentes".

Viva México

Jesús Gómez Fregoso
Acentos
Milenio

A las dos de la mañana del 16 de Septiembre de 1810, Allende y Aldama entraron a la recámara donde Hidalgo dormía, y le comunicaron que la conspiración había sido descubierta. “El cura se incorporó, mandó se sirviese chocolate a Aldama, y oyendo mientras se vestía la relación que éste le hizo, al calzarse las medias le interrumpió diciendo: ‘caballeros, somos perdidos, aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines’”. Esta es la relación de Lucas Alamán. Resulta interesante que lo primero que don Miguel hizo, antes de tomar las armas, o trazar un plan de combate, fue pensar en el chocolate. Yo creo que, a diferencia de Allende que era militar, el señor cura Hidalgo, al pedir chocolate, demostraba que su vocación no era la de ser general sino obispo.

La reacción del señor cura no es la primera incongruencia o absurdo de nuestra historia patria surrealista. La conquista fue realizada por los tlaxcaltecas, cholultecas, huejotzingas y la gente de Chalco: más que española fue conquista de diversas naciones indígenas resentidas contra el imperio de México-Tenochtitlán. La Guerra de Independencia la ganaron los criollos, y, caso único en la historia universal, los mexicanos fusilaron a sus libertadores: a Iturbide y a Guerrero. El grito de “no reelección” no lo inventó Panchito Madero sino el señor general Don Porfirio Díaz, que después de triunfar con su Plan de Tuxtepec contra las reelecciones, se reeligió siete veces. La revolución contra el sistema de haciendas de Porfirio Díaz la encabezó un hacendado: Francisco I. Madero. El gran caudillo que odiaba a los hacendados, Pancho Villa, financió su movimiento con las contribuciones que cada mes y muy puntualmente le pagaban los hacendados de Chihuahua; y, lo que me parece el colmo es que Pancho Villa murió siendo hacendado y próspero contrabandista de implementos agrícolas para su hacienda de Canutillo. Siguiendo nuestra lista de absurdos, no olvidemos que Carranza mandó asesinar a Zapata, Obregón a Carranza, y probablemente también a Villa, y ahora los cuatro caudillos enemigos entre sí están juntos con letras de oro en la Cámara de Diputados. Obregón, el militar y estratega más brillante de la Revolución y nunca vencido en el campo de batalla, fue abatido sobre un plato de arroz y mole poblano, por un tímido dibujante que nunca antes había empuñado una pistola. El triunfo electoral de Salinas se debió a que el ultramoderno sistema de cómputo “se cayó”. Seguramente, escarbando en nuestra historia se encontrarán otros absurdos en nuestra vida nacional.

No está por demás recordar cómo se fue cocinando nuestra máxima celebración patriótica la ceremonia del Grito. Según Alamán, al narrar lo ocurrido en la madrugada del 16 de septiembre de 1810 describe: “El cura mandó entonces juntar a los principales vecinos y estando reunidos les dijo... Nuestro movimiento no tiene más objeto que quitar el mando a los europeos…y ustedes como buenos patriotas deben defender este pueblo hasta nuestra vuelta que no será muy dilatada, para organizar el gobierno”. Según Alamán esto fue el texto del “Grito”. Por supuesto que ni el señor cura Hidalgo ni el señor cura Morelos, nunca gritaron “Viva México”. La expresión: “Viva Nuestra Señora de Guadalupe, Viva la Independencia”, se debe a los recuerdos de un antiguo soldado, Pedro José Sotelo, que a los 84 años de edad emitió ese testimonio. Otro soldado, ochentón también, Pedro García afirmó que don Miguel dijo: “Mis amigos y compatriotas: no existe ya para nosotros ni el rey ni los tributos. Llegó el momento de nuestra emancipación. Viva pues la Virgen de Guadalupe, Viva la América por la cual vamos a combatir”. Para completar el asunto de nuestro Grito, resulta que quien inventó la ceremonia fue nada menos que Maximiliano los días 15 y 16 de septiembre de 1864 en Dolores, Hidalgo. Posteriormente Porfirio Díaz, para festejar su cumpleaños, el 15 de septiembre, día de San Porfirio, fue solemnizando la ceremonia. Todo lo anterior, y otras consideraciones resultan lógicas, cuando recordamos que Don Miguel Hidalgo lo primero que hizo en lugar de tomar las armas fue pedir chocolate, recalcando que no había nacido para encabezar una rebelión sino para ser digno émulo del fraile chocolatero que andaba con Robin Hood, aunque, en esos tiempos en Inglaterra no existía el chocolate. Todo esto dicho sin faltar al respeto al Padre de la Patria.

La Corregidora y las mujeres

Francisco Martín Moreno
Escritor
fmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

¿Por qué la señora Josefa Ortiz de Domínguez no ha recibido los debidos honores históricos, para que participe con la misma dignidad entre los otros próceres del movimiento armado?

¿Cómo es posible que los restos mortales de doña Josefa Ortiz de Domínguez, sin duda alguna, la señora Madre de la Patria, no se encuentren descansando al pie de la Columna de la Independencia? Si bien es cierto que ahí se encuentran las osamentas de Hidalgo (parte, al menos), además de Morelos, Guerrero, Leona Vicario, Aldama, Jiménez, Mina, Quintana Roo y Matamoros, ¿por qué esta ilustre heroína de México, no ha recibido los debidos honores históricos, para que participe con la misma dignidad entre los otros próceres del movimiento armado?

Tal pareciera que se trata de una historia escrita por hombres, en donde prevalece una misoginia evidente o, tal vez, una palpable ignorancia porque se desconoce el papel que siguió jugando doña Josefa después de 1810 hasta 1829, en que finalmente falleció. Si se pretende reducir su gestión histórica al hecho de haber avisado a Allende que el movimiento de Independencia había sido descubierto y que, por lo mismo, tenían que detonar el levantamiento armado antes de octubre, tal y como se había programado, ¿entonces la Corregidora simplemente pasaría a la historia como una chismosa? Por supuesto que no, en buena parte se desconoce su participación posterior, así como la de su marido, don Miguel Domínguez, el Corregidor, quien supuestamente estaba al lado de las fuerzas realistas como representante del virrey en Querétaro y que, por lo mismo, se oponía a la Independencia de México, y por lo tanto, a las ideas de su esposa y de quienes encabezaban el movimiento Insurgente. Nada más alejado de la realidad: Miguel Domínguez operaba de manera encubierta también a favor de la libertad, junto con su esposa, en la inteligencia de que ambos deseaban la independencia de la Nueva España, sólo que por caminos diferentes: doña Josefa entendía únicamente la independencia a través de la violencia, ya que los españoles jamás abrirían el puño ni perderían todos sus privilegios y ventajas económicas, si no era rompiéndoles el puño con la culata de los mosquetes, en tanto que don Miguel creía en la posibilidad de llevar a cabo el proceso de la libertad por la vía pacífica y civilizada sin recurrir a las armas y mucho menos a la violencia.

Por supuesto que el Corregidor estaba al lado del movimiento insurgente y confabulaba y lo dirigía, a pesar de su elevado encargo como representante del virrey en Querétaro, pero lo importante consiste en volver a la Corregidora, a esa ínclita mujer que debe ser encumbrada por todos sus méritos políticos.

Cuando ella supo del fusilamiento de Allende y de Hidalgo a mediados de 1811, y a pesar de haber vivido en intervalos de seis años encarcelada en los conventos de la Nueva España, de cualquier manera siguió, aliada a Morelos, quien continuó el movimiento de Independencia. Cuando éste fue fusilado en 1815, entonces la Corregidora buscó a Guerrero para continuar con el movimiento de Independencia y evitar que éste se desintegrara. ¿Por qué los libros de texto no subrayan esta gesta heroica, esta necedad, esta terquedad de una de las mujeres más audaces y liberales del siglo XIX mexicano?

Cuando, contra su voluntad, se instala el imperio de Iturbide y Ana Huarte invita a doña Josefa a formar parte de la Corte Imperial, doña Josefa responde: "Dígale a la Emperatriz que prefiero una y mil veces ser reina de mi casa y no sirvienta en palacio". Ahí está, de nueva cuenta, la valentía de doña Josefa, sus convicciones políticas, su determinación por no aceptar un modelo de gobierno que, desde luego, según su punto de vista, no convenía a los intereses y futuro del país que acababa de nacer a la vida política. A continuación, después de un sinnúmero de entrevistas con el presidente Guadalupe Victoria, ya entrado 1824, ella le pidió que abandonara su casa porque no compartía el ritmo que Victoria intentaba imponerle al desarrollo democrático de México. Doña Josefa largó de su casa nada menos que al Presidente de la República por incompatibilidad en las ideas políticas. Por si lo anterior fuera poco, Josefa todavía estuvo en contra de Vicente Guerrero cuando éste dio un golpe de Estado a Manuel Gómez Pedraza para convertirse en el segundo Presidente de México. Guerrero fue un golpista y, sin embargo, a pesar de lo anterior, sin olvidar sus méritos militares, según mi punto de vista, ciertamente escasos en comparación con los de la Corregidora, los restos de Guerrero sí descansan en la Columna de la Independencia.

La muerte sorprendió a doña Josefa Ortiz de Domínguez en 1829. En su agonía exigió que su hijo mayor no estuviera a su lado en el momento en que falleciera porque había formado parte de las tropas realistas de Agustín de Iturbide, lo cual había sido, para ella, un agravio imperdonable. No toleraría la presencia de su primogénito, ni lo perdonaría en el último momento, antes de partir al infinito.

Y después de todo este brevísimo resumen, ¿los restos de la Corregidora no serán trasladados de la Rotonda de los Hombres Ilustres de Querétaro a la Columna de la Independencia, cuando tiene muchos más méritos que Guerrero, Leona Vicario, Jiménez y Mina?

Sea la presente columna un respetuoso llamado a las mujeres liberales de este país para que inicien un movimiento y los restos de doña Josefa puedan descansar justificadamente en el monumento a la Independencia.