septiembre 19, 2010

La nueva encrucijada del Partido Acción Nacional

La Redacción
Leticia Robles de la Rosa
Excelsior

El relevo de César Nava tendrá que ser el árbitro rumbo a 2012. Arranca festejo por 71 años de la fundación del albiazul

CIUDAD DE MÉXICO, 19 de septiembre.- Fundado en 1939 para frenar el crecimiento de la izquierda de Lázaro Cárdenas del Río en el poder político del país, el PAN llegó a sus 71 años con un rostro tan pragmático que en 2010 recurrió a la izquierda para frenar el ascenso electoral de su enemigo histórico: el PRI, y evitar así regresarle la banda presidencial en dos años más.
Considerado durante medio siglo como la única oposición del Partido Revolucionario Institucional, pero con escasos recursos económicos y humanos que casi era un partido en la clandestinidad, el panismo es desde hace una década el partido en el poder federal, con acceso a recursos, información e influencia que antes le eran exclusivas al priismo.

Y con ello acarreó en su interior los problemas inminentes de un partido en el poder: militancia por conveniencia y no por convicción, cuotas de poder y no retribución a talentos mostrados, grupos antagónicos y no la unidad como fórmula de fortaleza; el uso del corporativismo y el clientelismo, más que el convencimiento del electorado, y el pragmatismo más que los principios.

Así, con el PAN en el gobierno federal también llegaron casos inéditos en su historia, como el tener un alcalde actor; un grupo de regidores que mataron a una de sus compañeras; servidores públicos federales corruptos con compras de toallas a cuatro mil pesos, venta de favores a empresas farmacéuticas; gobernadores con excesos como comprar un helicóptero para pasear a la novia; la conquista de líderes sindicales con el regalo de diputaciones federales y los pleitos internos entre sus grupos por la visión de gobierno, junto con la represión a la disidencia.

Pierde impacto electoral

En contraste, su arribo a la Presidencia no significó mejora electoral, pues desde el 2000, año en que Vicente Fox sacó al PRI de los Pinos, el partido ha perdido ocho gubernaturas: Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí, Yucatán, Nayarit, Aguascalientes, Tlaxcala y Chiapas; sólo ha ganado una, Sonora y en coalición con el PRD logró el triunfo en Oaxaca, Sinaloa y Puebla.

Además, perdió la hegemonía electoral en el llamado corredor azul del Estado de México y hace dos meses perdió absolutamente todas las presidencias municipales y la mayoría absoluta del Congreso estatal en Baja California, que por cierto fue el primer estado que gobernó.

Desde la ultraderecha o desde las posiciones más moderadas, las críticas al uso pragmático y al afán de impedir la crítica del poder son constantes y se realizan en corto y públicamente. Manuel Espino, Javier Corral, Santiago Creel, Ricardo García Cervantes, Alejandro González Alcocer, quien por cierto es igual que Felipe Calderón, uno de los herederos activos de los fundadores del PAN, han expresado en varias ocasiones los disensos con las decisiones asumidas por la dirigencia nacional del partido y por las instancias de gobierno federal.

Con estas características, el PAN arranca esta semana los festejos oficiales por su 71 aniversario, pero también la carrera por su presidencia nacional, donde por tercera ocasión consecutiva las posiciones de quienes se dicen calderonistas y de los que se oponen al poder aplastante del Presidente de la República sobre el partido se enfrentan en busca de los votos.

Los panistas registraron hace sólo 13 meses un momento de división tan crítico, luego de la derrota electoral de julio del 2009 y la renuncia de su presidente nacional, Germán Martínez, que el propio presidente Felipe Calderón debió convocar a los disidentes y a varios de sus seguidores a una cumbre a puerta cerrada en el Estado de México, para tratar de superar la división, pero a partir de pedir el respaldo unánime a su entonces candidato César Nava.

El ejemplo democrático

Caracterizado desde su fundación por ser un ejemplo del ejercicio de elecciones democráticas en su interior, como parte de sus afanes por demostrarle al PRI que el juego limpio también genera triunfos en el poder, el PAN no ha estado exento de rebeliones internas que le han acarreado escisiones importantes; una de las más significativas fue a finales de los ochenta y principios de los noventa, que llevó a la salida de su ex presidente nacional Pablo Emilio Madero.

En 2002 registró el primer proceso de sucesión interna ya como partido en la Presidencia de la República, y aunque el entonces mandatario federal Vicente Fox apoyó abiertamente a su amigo Carlos Medina Plascencia para lograr el triunfo frente a Felipe Bravo Mena, quien iba por la reelección, la fuerza de las familias tradicionales panistas ratificaron a Bravo Mena y demostraron que su dinámica interna seguiría como siempre, en función de los intereses de lo que los poderosos panistas consideraban mejor para el partido.

Para la salida de Bravo Mena, Carlos Medina Plascencia volvió a competir, y esta vez lo hizo frente a Manuel Espino, representante de uno de los grupos de ultraderecha histórica del PAN, y nuevamente fue derrotado, por la decisión mayoritaria del Consejo Nacional, que a final de cuentas impuso su decisión a Vicente Fox, quien en la última recta del proceso interno respaldó a Espino.

Ganan Los Pinos

Bravo Mena logró para el PAN el triunfo presidencial y el poderío en el Estado de México, mientras que Manuel Espino obtuvo la primera minoría en Cámara de Diputados y el Senado de la República, así como la victoria de Felipe Calderón en la Presidencia.

Pero para el tercer proceso de sucesión interna como partido en la Presidencia de la República, al concluir el periodo de Manuel Espino en 2007 la dinámica en el Consejo Nacional se modificó y, por primera ocasión, el candidato del Presidente de la República logró los votos suficientes para imponerse.

De acuerdo con los relatos periodísticos de ese momento, que no registraron desmentidos o aclaraciones, Germán Martínez contó con el respaldo del entonces naciente grupo de los calderonistas, que había logrado la hegemonía en la composición del Consejo, por encima de las familias tradicionales del partido.

Pero el respaldo presidencial y el arropamiento del grupo calderonista no fue suficiente para que Germán Martínez rindiera las cuentas electorales que le urgían al gobierno federal. Sólo le ganó al PRI el estado de Sonora y perdió el resto de las gubernaturas en disputa, incluidas las de San Luis Potosí y Querétaro, donde eran gobierno, y además, perdió la mayoría en San Lázaro y colocó en desventaja legislativa a Felipe Calderón.

Germán Martínez renunció de inmediato y eso evidenció las diferencias internas.

Los escenarios

“La imposición de candidatos cultivó innumerables discordias e inconformidades en la militancia, provocó gran desánimo en las campañas y en el peor de los casos, ocasionó la renuncia de destacados panistas, como la de Sergio Estrada Cajigal Ramírez, panista de 24 años, primer alcalde de Cuernavaca y primer gobernador panista de Morelos; de Jorge Lozano Armengol actual presidente municipal de San Luis Potosí; de Eugenio Govea Arcos, panista de 15 años, actual senador también de San Luis Potosí; de Marco Antonio Rodríguez Hurtado, alcalde de Tlalnepantla en el estado de México; de Fernando Garza Martínez ex presidente municipal de Guadalajara, además de otros muchos militantes panistas, que se sintieron defraudados por las nuevas prácticas panistas”, acusó en ese entonces el senador Marko Cortés.

“No estoy en contra de nadie. Estoy en contra de prácticas excluyentes, segregacionistas, de cerrazón, de estrechez en la entrada al partido, que por su puesto tiene que ser un ingreso por convicción y no por el beneficio efímero del poder. Es importante la reflexión y la rectificación, no puede ser que con el cambio de una o varias personas queda arreglado el mundo”, aseguró en su momento el senador Ricardo García Cervantes.

Pero la decisión por César Nava se impuso y aun en contra del sentir de la militancia tradicional, con ayuda del Partido de la Revolución Democrática (PRD) lograron el triunfo en Oaxaca, Sinaloa y Puebla, pero perdieron Tlaxcala, Aguascalientes y la local completa de Baja California.

A partir de esta semana el PAN buscará a su nuevo dirigente nacional de entre Gustavo Madero, Francisco Ramírez Acuña, Blanca Judith Díaz y Cecilia Romero, aunque las cartas calderonistas parecen favorecer a Madero.

Gustavo Madero
El bárbaro del norte

Bromista perpetuo, pero siempre dispuesto a cerrar filas con el gobierno de Felipe Calderón, Gustavo Madero busca convertirse en el presidente nacional del PAN con la apuesta a su disciplina institucional que lo ha llevado a ocupar cargos de alta responsabilidad para el Presidente de la República, a pesar de no pertenecer a su grupo político.

Heredero de la familia de Francisco I. Madero y su hermano Gustavo A. Madero, el senador panista desarrolló su actividad política en su estado natal Chihuahua, en una génesis centrada en el mundo empresarial.

En los ochenta fue parte de los llamados Bárbaros del Norte y siempre se mantuvo cerca del grupo de Francisco Barrio, con quien trabajó como director general de Planeación y Evaluación.

Durante su paso en la Cámara de Diputados conoció a Margarita Zavala, esposa de Felipe Calderón, de quien se hizo muy amigo.

Fue Margarita Zavala quien le presentó a Felipe Calderón hasta 2003, pero más allá de los lazos de amistad con Margarita Zavala, no desarrolló un trabajo con el grupo cercano de Calderón.

Cuando Francisco Barrio declinó participar en el proceso interno de elección del candidato presidencial para las elecciones de 2006, Madero decidió trabajar por la candidatura de Calderón en Chihuahua, donde compitió por el Senado.

Arrancó su labor en el Senado como presidente de la Comisión de Hacienda, posición desde la cual le tocó parte de la negociación de la reforma hacendaria de 2007, pero fue hasta junio de 2008 cuando su poder aumentó al coordinar la bancada. Operó la reforma petrolera.

Se convirtió en presidente del Senado y luego de la Junta de Coordinación Política; renunció a la coordinación para competir por la presidencia nacional del partido.

Francisco Ramírez Acuña
Contrapeso y equilibrio

Tan cercano al presidente Felipe Calderón que el 30 de mayo de 2004 lo destapó como candidato del PAN a la Presidencia de la República, Francisco Ramírez Acuña es ahora visto también como una opción que puede lograr equilibrio de fuerzas en el partido por quienes no pertenecen al grupo calderonista, entre ellos Santiago Creel Miranda.

Ramírez Acuña fue amigo de don Luis Calderón, padre de Felipe Calderón, y su relación con la familia del Presidente fue tan cercana, que cuando Luisa María, hermana de Felipe, fue a estudiar al Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidentes (ITESO) de Guadalajara, don Luis se le pidió que la cuidara.

Diputado federal por mayoría, Ramírez Acuña fue el primer secretario de Gobernación, de Calderón, posición a la cual renunció para ser sustituido por el amigo del Presidente, el extinto Juan Camilo Mouriño.

Ramírez Acuña protagoniza un alejamiento político de trascendencia estatal con su antecesor en el gobierno de Jalisco, el ahora senador Alberto Cárdenas, y desde su arribo al poder estatal su grupo ha logrado prácticamente todos los triunfos electorales a escala local y nacional.

Desde julio pasado, Ramírez Acuña comenzó a ser visitado por diversos militantes para solicitarle que compitiera a la presidencia nacional del PAN, incluso frente a César Nava, en caso de que decidiera reelegirse, pero ahora tendrá en Gustavo Madero a uno de sus fuertes competidores.

Creel, ex secretario de Gobernación con Vicente Fox y ex coordinador de los senadores panistas, informó que su respaldo y trabajo político en el proceso de sucesión interna están con Francisco Ramírez Acuña, a quien considera un hombre de alto talento político.

Blanca Judith Díaz Delgado
Con arrastre popular

Blanca Judith Díaz Delgado es una panista que goza de una popularidad tan fuerte en Nuevo León que sólo puede compararse con una dirigente de izquierda en el centro o sur del país.

Sin pertenecer a los grandes grupos de poder panistas, Blanca Judith se ha abierto espacio en el partido con base en arrastre popular que tiene en Nuevo León.

Le ganó al PRI la senaduría, y desde ahí, se colocó en posiciones de decisión en el PAN, al grado de que fue candidateada para sustituir a José González Morfín, en la secretaría general, pero ella prefirió competir por la presidencia del partido.

Nació en el Distrito Federal, pero a los dos años se fue a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Es la cuarta de ocho hermanos e hija de un pastor de la Iglesia evangélica, y su mamá fue maestra de primaria y concertista.

Aunque la vida le puso varias veces retos, el pasado no parece hacer estragos en el ánimo de esta senadora, en su niñez fue víctima de abuso sexual y también sufrió violencia intrafamiliar.

Su primer contacto con los problemas de la gente en Nuevo León fue en las filas de Leche Liconsa, donde estaba todas las mañanas como ama de casa, donde sabía compartir conflictos, como la violencia y la discriminación, pues ella misma y su familia fueron aislados por profesar una religión diferente a la católica.

Fue ama de casa durante 13 años, y decidió modificar su destino al ingresar a la Universidad Autónoma de Nuevo León a estudiar Comunicación, y lo hizo con su segundo hijo en brazos; convertirse en profesionista no la alejó de sus deberes de esposa, y mientras concluyó la carrera fue madre dos veces más.

Su historia le permite contar, como pocos panistas, con un arrastre social natural.

Cecilia Romero
El ala dura del partido

Ubicada como una militante de poder dentro del PAN desde hace 27 años, a partir de su activismo en organizaciones civiles de perfil conservador y religioso, Cecilia Romero es amiga del presidente Felipe Calderón.

Su influencia en el partido es de tal magnitud que sus lazos familiares políticos con César Nava y su amistad con Felipe Calderón avivaron las versiones extraoficiales panistas de que Nava debe a ella su ascenso en el primer círculo del Presidente.

Romero fue fundadora y presidenta en dos ocasiones de la Asociación Nacional Cívica Femenina (Ancifem), considerada una organización civil de ultraderecha, y que desde su arribo a las filas del PAN, en 1981, le arropó de un poder que la llevó casi de inmediato a una diputación.

En los noventa se convirtió, junto con otros grupos de extrema derecha, en los principales opositores de los llamados panistas tradicionales, entonces encabezados por José Ángel Conchello, quien los consideraba como un grave problema para el panismo, por el radicalismo.

De hecho, en un artículo escrito en el Unomásuno, Conchello explicó que sus compañeros panistas le habían advertido del radicalismo de los ultraderechistas y le pidieron que tuviera cuidado, pues eran capaces de matar, a lo cual el panista agregó en ese artículo su confianza de que eso no sucediera.

Incluso ahora una de las versiones en torno a la repentina decisión de que César Nava no repitiera como presidente del PAN se basan en las protestas que Cecilia Romero y los grupos ultraconservadores hicieron llegar a Calderón.

La ex senadora arrancó desde hace dos semanas su activismo con integrantes del Consejo Nacional del PAN en busca de presidir el panismo.

El error de Peña Nieto

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Ahora se hace creíble la versión de que el régimen autoritario del pasado podría regresar en caso de que el PRI gane las presidenciales.

¿Para qué quiere ser presidente Enrique Peña Nieto? ¿Para qué quiere tener mayoría en el Congreso de la Unión? Si es para aprobar reformas como las que pasó la Cámara de Diputados del Estado de México la semana pasada, cuidado, porque tendríamos un político en Los Pinos dispuesto a cambiar las reglas del juego democrático con tal de ganar.

El Congreso mexiquense aprobó una serie de reformas constitucionales y legales para dificultarle a la oposición del PAN y del PRD la posibilidad de aliarse en las próximas elecciones de gobernador del año que entra. Eliminaron la figura de "candidaturas comunes" para dejar la de "coaliciones". Redujeron, también, los tiempos de campaña, lo cual podría perjudicar a un posible candidato opositor poco conocido en el estado. Y, en las letras chiquitas, cambiaron las reglas de fiscalización de las campañas: delimitaron la actuación del Órgano Técnico de Fiscalización del Instituto Electoral del Estado de México y fortalecieron, en esta materia, al secretario ejecutivo quien en la práctica fue nombrado por el gobernador Peña Nieto. De esta manera, en la letra grande y en la chiquita, es una reforma regresiva para la democracia mexiquense.

Y luego está la forma en que la aprobaron. Sin mucha discusión, rapidito y en vísperas del megapuente vacacional por la celebración del Bicentenario de la Independencia cuando muy poca gente le está prestando atención a las noticias. Un típico sabadazo.

No es la primera vez que Peña Nieto trata de limitar la competencia electoral en su estado. El año pasado firmó un pacto de vergüenza. Dio su apoyo para incrementar un punto la tasa del IVA a cambio de que el PAN no se aliara con las fuerzas de izquierda en las próximas elecciones de gobernador mexiquense. Cuando vio que los panistas le iban a incumplir, Peña Nieto salió a los medios a denunciar que lo habían engañado.

El gobernador ha demostrado, desde entonces, preocupación por las elecciones en su entidad. No es gratuito. Hay muchas fuerzas políticas, dentro y fuera de su partido, interesadas en que el PRI pierda en el Estado de México para propinarle un duro golpe a Peña Nieto en sus aspiraciones presidenciales. Y por eso, al parecer, el gobernador está obsesionado por dificultar la posible alianza del PAN con el PRD en su entidad. Ahora con una reforma constitucional demostrando, así, un estilo de gobernar donde, con tal de ganar, se justifica todo.

Peña Nieto piensa que hay que reformar el régimen político mexicano para que el Presidente pueda aspirar a tener una mayoría en el Congreso. Así lo ha expresado en diversas ocasiones. Yo creo lo mismo. Sin embargo, empiezo a tener dudas en el caso de que Peña Nieto llegara a la Presidencia. ¿Para qué utilizaría su mayoría en el Congreso? ¿Para hacer reformas como la recién aprobada en el Estado de México?

Con esta decisión, Peña Nieto ha fortalecido el argumento de los que piensan que es mejor continuar con gobiernos divididos en México -donde el Ejecutivo no tiene mayoría en el Legislativo- para que los presidentes estén limitados y no puedan aprobar reformas regresivas, tanto económicas como políticas. En este sentido, Peña Nieto ha minado la tesis que él comparte de que es necesaria una reforma política para que el Presidente pueda aspirar a tener mayorías en el Congreso. Ha perdido, así, la credibilidad como un político de altura, preocupado por mejorar las instituciones, para convertirse en un oportunista dispuesto a todo, incluso a cambiar la Constitución de su entidad, con tal de acrecentar su poder.

Peña Nieto también les ha regalado un arma a los panistas y a los perredistas. Ahora se hace creíble la versión de que el régimen autoritario del pasado podría regresar en caso de que el PRI gane las próximas elecciones presidenciales, y más si se lleva una buena cantidad de diputados y senadores. Yo me rehúso a creerlo. Me cuesta un trabajo endemoniado pensar que los mexicanos del siglo XXI podamos regresar a un régimen de partido hegemónico, corporativo, subordinado a un poder presidencial exacerbado y con tendencias populistas. Pero esto es un argumento sofisticado, incluso exquisito. En la práctica, el electorado entiende ideas fáciles y los panistas y los perredistas van a argumentar -ya lo están haciendo- que Peña Nieto es una especie de Hugo Chávez toluqueño que está dispuesto a todo con tal de conquistar el poder.

Por eso creo que Peña Nieto cometió un error. A partir de ahora, sus detractores, que son muchos, dentro y fuera de su partido, lo pintarán como la cara joven del viejo PRI: mañoso y monopolista, que quiere ganar sin competir, que cambia la ley para inclinar la cancha a favor de su partido. Un Peña Nieto más autoritario que democrático. Y quizá tengan razón.

El Grito de México

Enrique Krauze
Reforma

Pareciera que cada cien años México tiene una cita con la violencia. Si bien el denominador común de nuestra historia nacional ha sido la convivencia social, étnica y religiosa, la construcción pacífica de ciudades, pueblos, comunidades y la creación de un rico mosaico cultural, la memoria colectiva se ha concentrado en dos fechas míticas: 1810 y 1910. En ambas estallaron las revoluciones que forman parte central de nuestra identidad histórica. Los mexicanos veneran a sus grandes protagonistas justicieros, todos muertos violentamente: Hidalgo, Morelos, Guerrero, Madero, Zapata, Villa, Carranza. Pero, por otra parte, ambas guerras dejaron una estela profunda de destrucción, tardaron diez años en amainar, y el país esperó muchos años más para restablecer los niveles anteriores de paz y progreso.

En 2010, México no confronta una nueva revolución ni una insurgencia guerrillera como la colombiana. Tampoco la geografía de la violencia abarca el espacio de aquellas guerras ni los niveles que ha alcanzado se acercan, en lo absoluto, a los de 1810 o 1910. Pero la violencia que padecemos, a pesar de ser predominantemente intestina entre las bandas criminales, es inocultable y opresiva. Se trata, hay que subrayar, de una violencia muy distinta de la de 1810 y 1910: aquellas fueron violencias de ideas e ideales; ésta es la violencia más innoble y ciega, la violencia criminal por el dinero. Tras la primera revolución (que costó quizá 300,000 vidas, de un total aproximado de 6 millones), las rentas públicas, la producción agrícola, industrial y minera y, sobre todo, el capital, no recobraron los niveles anteriores a 1810, sino hasta la década de 1880. A la desolación material siguieron casi cinco décadas de inseguridad en los caminos, inestabilidad política, onerosísimas guerras civiles e internacionales, tras las cuales el país separó la Iglesia del Estado y encontró finalmente una forma política estable (méritos ambos de Benito Juárez y su generación liberal) y alcanzó, bajo el largo régimen autoritario de Porfirio Díaz, un notable progreso material.

La segunda revolución resultó aún más devastadora: por muerte violenta, hambre o enfermedad desaparecieron cerca de 700,000 personas (de un total de 15 millones); otras 300,000 emigraron a Estados Unidos; se destruyó buena parte de la infraestructura, cayó verticalmente la minería, el comercio y la industria, se arrasaron ranchos, haciendas y ciudades, y en el estado ganadero de Chihuahua desaparecieron todas las reses. Por si fuera poco, entre 1926 y 1929 sobrevino la guerra de los campesinos "Cristeros", que costó 70,000 vidas. Pero desde 1929 el país volvió a encontrar una forma política estable aunque, de nuevo, no democrática (la hegemonía del PRI) que llevó a cabo una vasta reforma agraria, mejoró sustancialmente la condición de los obreros, estableció instituciones públicas de bienestar social que aún funcionan y propició décadas de crecimiento y estabilidad.

Ambas revoluciones -y esto es lo esencial- presentaron a la historia buenas cartas de legitimidad. En 1810, un sector de la población no tuvo más remedio que recurrir a la violencia para conquistar la independencia. Su recurso a las armas no se inspiró en Rousseau ni en la Revolución Francesa. Tres agravios (la invasión napoleónica a España que había dejado el reino sin cabeza, el antiguo resentimiento de los criollos contra la dominación de los "peninsulares" y la excesiva dependencia de la Corona con respecto a la plata novohispana para financiar sus guerras finiseculares) parecían cumplir las doctrinas de "soberanía popular" elaboradas por una brillante constelación de teólogos neo escolásticos del siglo XVI como el jesuita Francisco Suárez. A juicio de sus líderes, la rebelión era lícita. Además, era inevitable, porque la corona española -a diferencia de la de Portugal- desatendió los consejos y oportunidades de desanudar sin romper sus lazos con los dominios de ultramar enviando, como ocurrió con Brasil en 1822, un vástago de la casa real para gobernarlos.

En 1910, un amplio sector de la población, agraviado por la permanencia de treinta y seis años en poder del dictador Porfirio Díaz, consideró que no tenía más opción que la de recurrir a la legítima violencia para destronarlo. Al lograr su propósito, esta breve revolución puramente democrática dio paso a un gobierno legalmente electo que al poco tiempo fue derribado por un golpe militar con el apoyo de la embajada americana. Este nuevo agravio se aunó a muchos otros acumulados (de campesinos, de obreros y clases medias nacionalistas) que desembocaron propiamente en la primera revolución social del siglo XX. Las grandes reformas sociales que se hicieron posteriormente han justificado a los ojos de la mayoría de historiadores la década de violencia revolucionaria que, sin embargo, vista a la distancia, parece haber sido menos inevitable que la de 1810.

En 2010, un puñado de poderosos grupos criminales ha desatado una violencia sangrienta, ilegal y, por supuesto, ilegítima contra la sociedad y el gobierno. Esta guerra ha desembocado, en algunos municipios y estados del país, en una situación verdaderamente hobbesiana frente a la cual el Estado no tiene más opción que actuar para recobrar el monopolio de la violencia legítima que es característica esencial de todo Estado de derecho.

El clima de inseguridad de 2010 ha ensombrecido la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Desde hace casi 200 años, en la medianoche del 15 de septiembre los mexicanos se han reunido en las plazas del país, hasta en los pueblos más remotos y pequeños, para dar "el Grito", una réplica simbólica del llamado a las armas que dio el "Padre de la Patria", el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla, la madrugada del 16 de septiembre de 1810. En unos cuantos días, una inmensa cauda indígena armada de ondas, piedras y palos lo siguió por varias capitales del reino y estuvo a punto de tomar la capital. A su aprehensión y muerte en 1811 siguió una etapa más estructurada y lúcida de la guerra a cargo de otro sacerdote, José María Morelos. La Independencia se conquistó finalmente en septiembre de 1821.

Han pasado exactamente 200 años desde aquel "Grito". Hoy, México ha encontrado en la democracia su forma política definitiva. El drama consiste en que la reciente transición a la democracia tuvo un efecto centrífugo en el poder que favoreció los poderes locales y, en particular, el poder de los cárteles y grupos criminales. Ya no hay (ni habrá, como en tiempos de Porfirio Díaz o del PRI) un poder central absoluto que pueda negociar con los bandoleros. Habrá que ganar esa guerra (y reanudar el crecimiento económico) dentro de las reglas de la democracia, con avances diversos, fragmentarios, difíciles. Costará más dolor y llevará tiempo.

El ánimo general es sombrío, porque a despecho de sus violentas mitologías, el mexicano es un pueblo suave, pacífico y trabajador. Muchos quisieran creer que vivimos una pesadilla de la que despertaremos mañana, aliviados. No es así. Pero se trata de una realidad generada, en gran medida, por el mercado de drogas y armas en Estados Unidos y tolerada por muchos norteamericanos que se rehúsan a ver su responsabilidad en la tragedia y se alzan los hombros con exasperante hipocresía.

Ésa es nuestra solitaria realidad. Y, sin embargo, la noche del 15 las plazas en todo el país se llenaron de luz, música y color. La gente vio los fuegos artificiales y los desfiles, escuchó al Presidente tañer la vieja campana del cura Miguel Hidalgo, y gritó con júbilo "¡Viva México!".

Una versión de este artículo apareció en The New York Times, el 15 de septiembre pasado.

Observatorio del delito

Enrique Aranda
De naturaleza política
Excélsior

El sector empresarial se involucra para solucionar el problema de la recuperación de la seguridad.

Contabilizadas ya las más de 28 mil 500 primeras muertes violentas producto de la guerra declarada por el actual gobierno al crimen organizado, y ante el inocultable repunte mostrado por la estadística criminal, particularmente en lo que refiere a secuestros y extorsiones, el sector empresarial se apresta a asumir un rol protagónico en la lucha por la recuperación de la seguridad... que, hasta hoy y por razones de supuesta prudencia, sus liderazgos se han negado a tomar.

Antes que concluya el mes patrio, los hombres del capital deberán concretar la puesta en marcha del Observatorio Ciudadano del Delito, entidad esta que, a manera de "apéndice informal" del Consejo Coordinador Empresarial, se abocará a la tarea de dar seguimiento a las políticas, estrategias y acciones de los gobiernos —federal, estatal y/o municipal— para enfrentar el reto de los cárteles de la droga y otras bandas delictivas y, obvio, tratar de "afinar" la numeralia negra producto de aquéllas.

En concreto, refieren fuentes vinculadas al organismo que lidera Mario Sánchez Ruiz, el Observatorio operará a manera de un "supervisor social" que, en ánimo de ofrecer resultados en el cortísimo plazo aspira a mantenerse lo más cerca posible de los operadores centrales, para obtener la información más confiable... "y, también, lo suficientemente lejos para evitar incurrir en análisis sesgados o interesados... que aquí no faltan".

Se trata, para decirlo pronto, de una operación orientada a recuperar para el empresariado espacios de opinión y crítica con miras a involucrarse de manera mucho más directa en la búsqueda de soluciones a un problema que, ya hoy, ha derivado lo mismo en el cierre masivo de negocios, particularmente en algunas localidades del norte, que en la cancelación de inversiones o, peor, en la reubicación de haberes, como de manera coloquial se refiere alguno (de los grandes) a la tan temida fuga de capitales.

En quince días más pues, a principios de octubre en el peor de los casos, deberemos atestiguar la presentación en sociedad del Observatorio que, por otra parte, evidencia la decisión de un sector (importante) de involucrarse de manera directa en la solución de un problema que, reconozcámoslo, nos compete a todos... ¡lo que no suena mal!

Asteriscos

* Mañana, a decir de quienes mejor conocen la realidad de la Casa Grande, el presidente Calderón podría comenzar a valorar, y eventualmente a instrumentar la remoción de quienes, desde sus encumbradas posiciones, y por la razón que se quiera, le colocaron en la incómoda posición de incumplir ofrecimientos en lo que inaugurar obras emblemáticas de los actuales festejos se refiere como, por ejemplo, el Parque Bicentenario que, como otras obras, se quedó a medias...

Veámonos mañana aquí, con otro asunto De Naturaleza Política.

'Hacerla de pero' por Paco Calderón



Peña: ser o parecer

Néstor Ojeda
nestor.ojeda@milenio.com
Vuelta prohíbida
Milenio

La cancelación de las candidaturas comunes en el Estado de México sin duda es absolutamente legal, legítima y democrática. Cuenta con la mayoría de los votos en el Congreso local, al igual que el resto de los cambios al código electoral de esa entidad, que incluyen la reducción de los tiempos de campañas y precampañas para las elecciones de gobernador, alcaldes y diputados.

El problema no es de legalidad o legitimidad, sino de percepción. Con esta determinación el Partido Revolucionario Institucional y su más adelantado precandidato, el gobernador Enrique Peña Nieto, exhibieron en principio su temor a que las alianzas entre panistas y perredistas se concreten en el Edomex y que son capaces de cambiar las reglas del juego en cualquier momento y circunstancia si no les son favorables.

¿Le hacía falta a Peña esta maniobra para que el PRI conservara el Edomex? ¡Claro que sí! ¿Había otras alternativas? ¡Absolutamente!

Ante la unión de la oposición contra el priismo sólo había una opción además de ponerles piedras en el camino al PRD y al PAN para la creación de un bloque para contender en las elecciones de 2011: construir un proceso de designación de candidato a gobernador abierto, transparente e incluyente.

Pero esos conceptos les son ajenos al PRI y sus dirigentes y militantes; ellos, al igual que perredistas y panistas, no creen en la democracia y sus virtudes. Todos están acostumbrados a las marrullerías propias de las catacumbas de la cultura autoritaria de la segunda mitad del siglo pasado.

Para Peña Nieto y el priismo mexiquense valió más el pragmatismo que la competencia democrática, pues más allá de la repulsiva unión de la derecha panista y la seudoizquierda perredista, en los hechos el gobernador del Edomex y su partido mostraron su temor, horror, pánico y miedo a que un bloque opositor contienda en las elecciones del año que viene.

Ya veremos si el PAN y el PRD son capaces de construir un proyecto de gobierno para el Estado de México y si pueden resolver sus diferencias para postular un candidato competitivo; lo que es un hecho es que el PRI, como es su costumbre, ya hizo todo por ganar antes de que se emitan los votos.

¿Ya vio usted los spots de Peña? Parece joven y moderno, ¿verdad? No se vaya con la finta, es el mismo PRI arcaico y autoritario, sólo que ahora tiene rostro bonito y sonrisa nacarada.