octubre 17, 2010

'The Whole Hamburgue$a' por Paco Calderón




Cualquier pretexto es bueno para joder a México

Alvaro Cueva (@AlvaroCueva)
alvarocueva@milenio.com
Ojo por ojo
Milenio

De todas las cosas que se desprendieron del rescate de los mineros chilenos hubo una que me dejó profundamente molesto: el movimiento antimexicano.

Nomás comenzaron las labores para sacar a esos hombres y una multitud se lanzó a las redes sociales y a los medios tradicionales de comunicación a comparar lo que hubiera pasado si esos mineros, en lugar de chilenos, hubieran sido mexicanos.

El resultado fue que los mexicanos somos una lacra asquerosa, irresponsable, payasa, corrupta y estúpida, y que los chilenos son la máxima manifestación de solidaridad, pulcritud, responsabilidad, compromiso e inteligencia de este planeta.

Todo esto, dicho a través de unos chistes infames que le dieron la vuelta a Twitter, Facebook, la radio y la televisión.

El problema es que entre broma y broma, la verdad se asoma, y que este movimiento, a diferencia de otros diseñados para apoyar o perjudicar a determinadas figuras, fue ciento por ciento espontáneo.

Eso es lo que los mexicanos pensamos de nosotros mismos. Ojo, ya no es lo que pensamos de nuestros políticos, de nuestras instituciones o de nuestros empresarios. El México mierda ahora somos nosotros y eso duele.

Duele porque es un indicador de que nuestra autoestima, como país, está peor que nunca y porque en esta nación, a pesar de los problemas, siempre había algo parecido a una fortaleza colectiva que nos mantenía vivos y unidos hasta el final.

Eso, me queda claro, ya se perdió y los mexicanos preferimos sentirnos inferiores ante cualquier noticia positiva que nos llega del extranjero en lugar de seguir reconociendo nuestras cualidades.

No sé usted, pero yo, conforme iba observando el fenómeno del rescate de los mineros y mirando lo que se iba diciendo en las redes sociales, me sentía peor.

Los twitteros y los facebookeros decían cosas como que si esos mineros hubieran sido mexicanos, se hubiera hecho una transmisión tipo show y muchas instancias hubieran aprovechado el numerito para hacerse publicidad.

¡Cuando era más que obvio que lo que estábamos viendo era una transmisión tipo show y que muchas instancias estaban aprovechando el numerito para hacerse publicidad!

Aquello no fue una cobertura periodística, fue un espectáculo monumental donde el presidente chileno se hizo promoción de principio a fin y donde varias marcas hicieron su agosto.

Pero los mexicanos preferimos cerrar los ojos ante eso, que estaba ahí, clarísimo, y nos colgamos de ese evento para tener no uno sino varios pretextos para idealizar a los chilenos y humillarnos como país.

¡Qué mala memoria tenemos! Ya se nos olvidó que los chilenos, en contraste con los mexicanos, nomás sintieron el terremoto de este año y se fueron a saquear supermercados en lugar de ayudarse unos a otros a salir de los escombros.

Ya se nos olvidó que hubo severas críticas a ese gobierno, tanto a escala local como global, por no haber prevenido a la población de un tsunami que mató a miles de personas y que, de haber sido anunciado con prontitud, no hubiera provocado la muerte de nadie.

Ya se nos olvidó que los mineros chilenos trabajan en condiciones infrahumanas y que, entre rescate y rescate, hasta hubo frentes internacionales que le reclamaron al presidente Piñera estar más presente en el show que en la firma de tratados que garantizaran las condiciones de seguridad de sus trabajadores.

¡Ah, pero rápido nos acordamos de Pasta de Conchos! Lo que yo no entiendo es por qué si la opinión pública nacional tiene tan presente este caso, nadie se acordó de nada hasta que salieron en televisión los mineros chilenos.

¿Dónde estuvieron antes las críticas? ¿Cuándo fueron las marchas que no las vi? ¿Adónde se fueron la reclamaciones para Vicente Fox?

¿Sabe por qué nadie había dicho nada? Porque ya nadie se acordaba de Pasta de Conchos.

¿Sabe por qué ahora hay tantos ataques tan rudos? Porque cualquier pretexto es bueno para joder a México y los mineros chilenos, que ni vela tienen en ese entierro, nos dieron la excusa perfecta para quejarnos, atacarnos y hundirnos más de lo que ya estamos.

¿A dónde vamos a llegar si seguimos como vamos? ¿Cuándo nos vamos a recuperar? ¿Quién nos va a sacar de este agujero que, por ser emocional, es más profundo y oscuro que el que tuvo atrapados a los mineros de Chile? ¡Quién!

¡Atrévase a opinar!

Lo que no se vale

Francisco Valdés Ugalde
ugalde@unam.mx
Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
Director de la FLACSO-México
El Universal

Hay actos que no se valen en un sistema democrático, pero que en las “nuevas” democracias se repiten cotidianamente.

Una máxima que guía a la teoría política para distinguir entre democracia y autoritarismo es que mientras en este último se tiene incertidumbre en las reglas y certidumbre en los resultados, en aquélla ocurre lo contrario: hay certidumbre en las reglas e incertidumbre en los resultados. La razón de esta diferencia es que en el autoritarismo priva la racionalidad del dictador, mientras que en la democracia dominan las preferencias de los ciudadanos. Si éstas cambian, muta el resultado, pero las reglas hacen posible ese cambio y dan certeza al ciudadano.

Un indicador de la inestabilidad de la certidumbre sobre las reglas es la compostura continua de las que rigen el acceso y el ejercicio del poder político. En nuestro caso, alarma la tendencia a ajustar las reglas cada vez que se acercan las grandes competencias políticas: las olimpiadas presidenciales. Cada vez que se habla de reformas políticas se trata de reformas electorales, como si no hubiera nada mejor que hacer.

Desde 1996, cuando se consiguieron reglas de equidad y transparencia se ha recurrido constantemente a hacer ajustes que ponen en cuestión ante la ciudadanía la integridad de las instituciones electorales. Es notable cómo, por ejemplo, los partidos políticos se han tratado de imponer una y otra vez al Instituto Federal Electoral para dirigir a control remoto su funcionamiento. En las designaciones de los integrantes del Consejo General del IFE se han manipulado las reglas de designación o se han representado batallas campales con tal de imponer cuotas “representativas” de los partidos, como si el bien a tutelar por el IFE fueran los partidos y no los votos de los ciudadanos.

También hemos contemplado la discusión sobre la “disfuncionalidad” del sistema político que, se ha dicho, en la medida en que refleja el pluralismo “impide” la formación de mayorías. Dos posturas enfrentadas se han presentado al respecto. La que inició ante el Congreso un grupo de diputados del Estado de México apoyados por el gobernador Peña Nieto y la que presentó el presidente Felipe Calderón. Mientras que la primera busca regresar a un esquema de sobrerrepresentación que “garantice” mayoría para gobernar, la segunda intenta abrir varios canales, históricamente atascados, para mejorar la representatividad de los órganos de gobierno de elección popular.

La falacia es evidente: si el sistema impide la gobernabilidad democrática esto se debería a su “exceso pluralista”: es imposible poner de acuerdo a tantos actores. Pero la pobreza de la respuesta es evidenciada por sistemas políticos en los que el pluralismo existe y, además, hay mecanismos formales e informales que inducen el acuerdo. Una mirada elemental a los sistemas políticos europeos, a Estados Unidos y algunos casos latinoamericanos como Brasil derrumban de inmediato esa falacia.

Es obvio que un sistema debe evolucionar para mejorar su representatividad y su eficacia. Lo que no se vale es que en aras de esta última reduzca su pluralidad.

Otros ejemplos de lo que no se vale se pueden encontrar en otras latitudes (y en estado larvario en la nuestra). El líder que reclama para sí la representación de la nación, a la antigüita y reeditando los vicios del caciquismo y el caudillismo que empiedran el camino al autoritarismo. Venezuela es el compendio del caso en forma de libro de texto. El cesarismo autoritario que busca el monopolio de la representación para imponer su dominio. A fin de cuentas, la desembocadura de una democracia degradada tiende a terminar en el lado opuesto de la democracia: certidumbre en los resultados e incertidumbre en las reglas. O sea, autoritarismo.

Otro ejemplo más de lo que no se vale es la proliferación sin control de poderes extralegales que se imponen al Estado democrático. Aprovechando la precariedad de las nuevas democracias y buscando injertarse abortivamente en su proceso de maduración, poderes económicos y criminales, formas corporativas y patrimonialistas toman ventaja de las rendijas que se abren ahí donde el edificio del poder político aún preserva nichos que defienden intereses ilegítimos contra los principios de legalidad y equidad que deben corresponder a un sistema democrático. Monopolios que atentan contra el interés público, sindicatos que se apropian de parcelas del gobierno, grupos cleptocráticos que siguen medrando de las oportunidades para la corrupción.

Estos ejemplos de lo que no se vale corren a contrapelo del prestigio de la democracia, de su desarrollo como sistema representativo de los ciudadanos y de las posibilidades de que en él confíe la gente común para hacer valer sus derechos y preferencias por encima de poderes espurios.

La democracia no es un juguete. Es un sistema para convivir en paz y razonablemente. No asumirlo conduce a sacrificarlo.

Hidalgo enamorado

Enrique Krauze
Reforma

Acudí a la función de Hidalgo, la historia jamás contada lleno de prevenciones. Había leído una entrevista en donde Demián Bichir, el magnífico actor que representa al prócer, postulaba la "verdad" incómoda y supuestamente inédita de la película, pero yo temía encontrarme con una flagrante distorsión histórica. La distorsión existe, por supuesto. La cinta incurre en hechos falsos, no probados, inexactos e inverosímiles. El guión, centrado en las primeras cinco décadas de Hidalgo y en su juicio final en Chihuahua, resultaría ininteligible para un extranjero sin conocimiento previo de la Guerra de Independencia, que sólo aparece en breves e inconexos episodios retrospectivos. Y sin embargo, la película me gustó. En términos estéticos no es inferior a su homóloga Shakespeare enamorado. Tiene ritmo, belleza y encanto. Como historia, introduce una sana irreverencia y transmite admirablemente el drama psicológico y moral de Hidalgo.

Hay de falsedades a falsedades. Quizá la imposibilidad ya en esa época de un auto de fe como el que sufre el hechicero indígena Ascanio (personaje inverosímil por partida doble: como "politeísta" y amigo del teólogo Hidalgo) sea un pecado tan menor como la imposible destrucción del teatro en el que Hidalgo hacía representar su traducción del Tartufo de Molière, obra que no estaba, ni podía estar, prohibida. Pero el tratamiento de dos personajes españoles centrales sí implica una distorsión seria. Hidalgo no sólo no era malquerido por el obispo Antonio de San Miguel (personaje amadísimo en la diócesis de Valladolid) y por Manuel Abad y Queipo (su contertulio y amigo) sino que era respetado y protegido. De hecho, su tránsito (que la película presenta como un castigo) del rectorado de San Nicolás a la parroquia de Colima (no a la de San Felipe Torres Mochas, que fue posterior) había sido un deseo expreso de Hidalgo en términos vocacionales y económicos. Su salida de Valladolid (hoy Morelia) no fue intempestiva ni forzada. Y San Felipe, en tiempos del esplendor barroco, estaba lejos de ser el sitio fantasmal (Real de Catorce) que aparece en la cinta.

Pintar a Josefa Quintana como la voluptuosa hija de un próspero minero y comerciante José Quintana (que en la realidad fue un modesto carpintero) tal vez sea una licencia comprensible en la medida en que permite a Ana de la Reguera desplegar su talento y belleza, pero todo el asunto de los amores y la paternidad de Hidalgo no pertenece tanto a la "historia jamás contada", sino más bien a la nunca probada, tal vez ficticia. Carlos Herrejón, el más sólido y documentado biógrafo de Hidalgo, admite que el cura pudo haber tenido una hija, pero los indicios de su paternidad adicional parten de una documentación posterior y dudosa. En cuanto a su vida libertina, los testimonios son sospechosos: provienen de sus malquerientes religiosos y laicos, nunca fueron demostrados y, de hecho, fueron desechados por los fiscales (severos pero nunca sádicos, histéricos y vejatorios, como aparecen en la cinta) que lo juzgaron en Chihuahua.

La película adolece de pifias de producción e investigación que pudieron haberse corregido fácilmente. Es una lástima, porque en general la ambientación y el vestuario son un acierto. Ejemplos: los indios de la zona debieron hablar otomí, no náhuatl; enseñarles artes y oficios (como hizo Hidalgo en Dolores, no en San Felipe) era visto con admiración, no con desdén; su supuesta simpatía por el regicidio de Luis XVI no pudo ocurrir en el momento en que lo presenta la película; Hidalgo no estaba presente durante los hechos de la Alhóndiga; la matanza en ese lugar fue obra -como apunta Alamán- de "los indios y la plebe" de Guanajuato, no de personajes uniformados; los cocheros, los caballos, las sillas de montar, las copas tequileras, los atriles y las bancas corresponden muchas veces a épocas posteriores; Morelos joven no pudo llevar un paliacate ni el atuendo que lo distinguiese de sus condiscípulos; la vestimenta de los religiosos confunde a los jesuitas con los agustinos; la Teresa de la que, supuestamente, hacía mofa Hidalgo no era Santa Teresa, sino la madre Teresa de Ágreda; y la imagen venerada por una beata no es tampoco la de aquella santa, sino una Dolorosa; el torero Agustín Marroquín, verdugo contratado por Hidalgo para degollar españoles en la Barranca de Oblatos (mal escenificada, la original era una nogalera), no era andaluz ni lo parecía: era un forajido oriundo de Tulancingo.

Dicho lo cual, los aciertos de la película son sustanciales. Los episodios musicales, sin excepción, son deliciosos, en particular las escenas de Hidalgo tocando violín y los formidables bailes y jarabes prohibidos en la época. La fiesta campestre es una reminiscencia válida del famoso cuadro de Goya. La escena final de Hidalgo, atormentado por el remordimiento que le provocaba el recuerdo de los asesinatos cometidos en Guadalajara contra los cientos de españoles que "sabía inocentes", es estrujante, verosímil y conmovedora. Sí, así debió sentirse Hidalgo, como muestra la frase terrible que pronuncia, referida explícitamente a los indios que le exigían esos hechos de sangre: "No los contuve porque no pude... porque no quise".

Hidalgo, la historia jamás contada es una invención pero no una fantasía: tiene un fondo de verdad. El resentimiento criollo, el tono de la vida en el gozne entre el siglo XVIII y el XIX, la tensión entre la superstición religiosa y la relajación de las costumbres, la crueldad incontenible de la guerra que torturó las noches finales de Hidalgo, la pena de morir por una causa justa habiendo usado medios sangrientos (y, a sus ojos postreros, ineficaces) para alcanzarla, todo ello vuelve más humano al héroe. Con todas sus exageraciones, errores e imprecisiones, este Hidalgo enamorado y febril, refractado en la mirada de sus delatores, es más real y entrañable que el viejecito inmaculado de la leyenda y el mito.

Godoy pagó el precio

Néstor Ojeda
nestor.ojeda@milenio.com
Vuelta prohíbida
Milenio

Era previsible que el gobierno federal no se quedara tranquilo con el papelón que representó que casi todos los implicados en el michoacanazo estén libres; y mucho menos con la entrada triunfal de Julio César Godoy Toscano en el pleno de la Cámara de Diputados para rendir protesta como legislador bajo el cobijo de las fracciones del PRI y el PRD.

Ante la ofensiva de la opinión pública y de la oposición, la Procuraduría General de la República optó por tomar el camino éticamente reprobable, pero políticamente rentable, del linchamiento mediático. Y entonces, 24 horas antes de que el perredista compareciera ante la Sección Instructora para defenderse ante la solicitud de desafuero en su contra, la autoridad federal filtró a los medios de información datos centrales de la averiguación previa que presentó en el expediente contra el michoacano.

Así se hicieron públicas las grabaciones en las que el medio hermano del gobernador de Michoacán charlaba con Servando Gómez, La Tuta, del apoyo del cártel de La Familia a su campaña y de las quejas del acusado contra un periodista incómodo de la región de Lázaro Cárdenas, así como de los depósitos por más de 24 millones de pesos presuntamente hechos por el crimen organizado en las cuentas del diputado, y de las declaraciones en las que Nacho López, operador financiero de esa banda, vincula al perredista con sus negocios.

La jugada le salió redonda a la PGR y al gobierno de Felipe Calderón (pensar que es otro el origen de las filtraciones sería ingenuo): Godoy Toscano de plano no se presentó a la comparecencia con la Sección Instructora, pretextando problemas de salud de su mamá, y los perredistas y priistas que antes lo defendían ahora balbucean argumentos que suenan más a disculpa que a defensa, o de plano le exigen que solicite licencia para enfrentar el proceso.

En su momento, ensoberbecido por el apoyo del PRD y el PRI, al igual que su recién adquirido fuero, Godoy Toscano mintió e insultó a los medios y hasta pendejeó a la PGR. Ahora paga el precio y de paso embarra a su partido con el desprestigio por las al parecer abrumadoras pruebas en su contra. ¡Qué escándalo!