noviembre 21, 2010

'El álbum familiar' por Paco Calderón



El evangelio revolucionario

Juan E. Pardinas
Reforma

Con cariño y tristeza a la memoria de Daniel Lund.

La Revolución Mexicana no es una religión monoteísta, pero su narrativa tiene algo de dogma, fervor y culto. El judaísmo, la cristiandad y el islam comparten entre sí varios elementos teológicos, que encuentran un eco en el episodio nacional que celebramos este fin de semana. La biblioteca pública de la ciudad de Nueva York ha montado una excelente exposición sobre las coincidencias que hermanan al trío de religiones que son descendientes de la fe de Abraham. Hace 3 mil 700 años, este pastor nómada tuvo la convicción teológico-revolucionaria de que había un solo Dios. En una época en que se adoraba a ídolos de barro, becerros y un largo etcétera de deidades de reparto, el monoteísmo fue un profundo cambio en el paradigma religioso. Abraham es venerado como un patriarca, hombre de fe o profeta en el trío de credos que se fundaron bajo su innovadora idea.

La Revolución Mexicana reniega de la propuesta de Abraham y abraza las convicciones politeístas de las religiones primitivas. En los templos de nuestra guerra civil se exalta el espíritu de héroes contradictorios: terratenientes como Francisco I. Madero y campesinos sin tierra como Emiliano Zapata, un bandolero como Francisco Villa y un abogado como Luis Cabrera. Tal vez la contradicción más paradójica del canon revolucionario es que varios de sus héroes se mataron entre sí: a Zapata lo acribillan las fuerzas de Venustiano Carranza y a este oriundo de Cuatro Ciénagas se lo ajustician los leales de Álvaro Obregón. El santoral de la Revolución celebra el mismo día a los asesinos y a sus víctimas.

¿Si no es un dogma monoteísta, en qué se parece la Revolución a un credo espiritual? Los judíos, cristianos y musulmanes tienen la convicción de que la presencia divina fue revelada, en distintos momentos, a ciertos individuos o grupos de personas. Para los judíos, Dios le entregó a Moisés la Torah en el Monte Sianí. Para los cristianos, el nacimiento milagroso de un niño judío en Nazareth implicó el alumbramiento del Mesías y el portador de la palabra sagrada. En el Islam, Mahoma, originario de la Meca, es el elegido que recita el mensaje divino, según los dictados el arcángel Gabriel.

En nuestra fe secular, la revelación revolucionaria ocurrió en San Antonio, Texas. Desde esta ciudad norteamericana, Francisco I. Madero lanzó la proclama del Plan de San Luis, donde le solicita al pueblo de México que se levante en armas en contra del gobierno de Porfirio Díaz. En la epístola de San Luis, Madero deja entrever que invocar a la Revolución implica despertar los demonios desbocados de la anarquía y la violencia. En el punto tres de la profecía maderista, se advierte: "Para evitar hasta donde sea posible los trastornos inherentes a todo movimiento revolucionario, se declaran vigentes... todas las leyes promulgadas por actual administración y sus reglamentos respectivos..." Estos trastornos inherentes que preocupaban a Madero acabaron en cerca de un millón de muertos. En el censo de 1910, México tenía 15.2 millones de habitantes. Por la guerra civil, el siguiente censo, en 1921, dejó un saldo de 14.3 millones de personas. La moraleja más perversa del evangelio revolucionario es que esa masacre fue una partera del progreso. De acuerdo con el misal revolucionario, esa factura de sangre fue el precio que pagó México por entrar al siglo XX. La exaltación heroica de la rebelión violenta como motor de cambio aún resuena en el discurso de algunos políticos y movimientos sociales.

Nuestra fe revolucionaria también fundó su iglesia. Hoy los guardianes del dogma detienen el cambio en nombre de esta fe. La tarea inconclusa de modernizar a México jamás será terminada sin la obra de herejes y apóstatas que cuestionen el dogma de este evangelio.

Gómez Morín y la Revolución Mexicana

Javier Corral Jurado (@Javier_Corral)
Diputado Federal del PAN
El Diario

En su discurso de conmemoración del centenario de la Revolución Mexicana, Francisco Rojas Gutiérrez, el coordinador de los diputados priistas llamó a Acción Nacional, “partido antípoda” del movimiento social de 1910, recuperando de esta manera la rancia como maniquea forma en la que durante muchos años, con aquello de los “reaccionarios”, el discurso priista descalificó cualquier crítica de la oposición a una buena parte de sus gobiernos que, autodenominados herederos de la Revolución, traicionaron consecutivamente varios de los más caros anhelos de la gesta iniciada por Francisco I. Madero.

Afortunadamente por la prelación en que los partidos intervienen en la tribuna de San Lázaro, pude participar antes que él, y en mi intervención me propuse dejar clara la visión del PAN sobre el significado de la Revolución, a través de la mirada de su fundador Manuel Gómez Morín, a quien Enrique Krauze enlista como uno de los caudillos culturales de la Revolución Mexicana.

Manuel Gómez Morín, creador de la primera ley del crédito agrícola en México y del Banco Nacional de crédito agrícola, vio a la Revolución mexicana desde una perspectiva reinvindicatoria de la democracia, pero también como un movimiento de amplio contenido social para la redistribución de la riqueza.

Concebía a la Revolución “como el fin de un largo monopolio político, un volver a restaurar las fuentes de la autoridad legítima que son el consentimiento del Pueblo, la votación informada y respetada del pueblo”. Pero también, y esencialmente, la necesidad de que México tuviera un mejor y más justo desarrollo económico, “de manera de poder producir más de lo que producía y poder establecer un “standard” de vida superior para todos los mexicanos. La tierra había quedado en manos de un corto número de personas, todas con apetito de tener más y más tierras; fue indispensable atacar el problema agrario desde el comienzo de la Revolución”.

Gómez Morín vio a la Revolución mexicana en varios ideales: “por una vida mejor para todos, un mejor aprovechamiento de los recursos humanos y naturales del país, un arreglo justiciero de la distribución de la riqueza y sus productos, una mejor y más difundida educación y, en la base de todo ello, una organización política fundada en el juego real y respetado de las instituciones democráticas”.

“El problema es que todo esto es un discurso”, le dijo a James Wilkie en la célebre entrevista “México visto en el Siglo XX”.

“La Revolución significa para mí una acción espiritual. Cierta forma de espiritualidad, de anhelo que desde la época colonial ha pugnado por triunfar en México y que se manifiesta en los tres grandes movimientos ocurridos en el país; la Independencia, la Reforma y la Revolución. La lucha profunda está en lo más íntimo de la Nación. No es una lucha de colores ni de razas sino una lucha de valores morales o culturales. La Revolución triunfará si de anhelo pasa a la realidad”, escribió en 1924 en una carta dirigida a Simona Tapia.

Ya en la fundación de Acción Nacional en 1939, Gómez Morín preguntó a los asambleístas reunidos en el frontón México: “Qué fue lo que hizo que en unos cuantos meses se derrumbara aquella maquinaria que parecía tan solida? Una idea... la del cambio político, la idea de hacer valer los derechos ciudadanos. Nosotros tenemos esa misma idea, debemos quererla apasionadamente”.

Lo que más irritaba al oficialismo priísta de la crítica que hiciera Gómez Morín, como la de varios de los panistas que nacieron en medio de la Revolución o participaron en ella, fue que reconociendo la centralidad de la exigencia democrática y social de la Revolución, les echaran en cara documentadamente la deslealtad y abandono de los principales postulados del movimiento, centrados en el cambio político.

Porque la Revolución mexicana, a diferencia de otros movimientos sociales que hemos vivido, convirtió al pueblo en un actor político. En palabras de Manuel Gómez Morin el porfiriato había “colonizado” al pueblo de México. La generación de 1915, escribió don Manuel, tuvo que “buscar en nosotros mismos un medio de satisfacer nuestras necesidades. Nos dimos cuenta que México existía con capacidades, con aspiraciones, con vida y problemas propios. Y los indios, los blancos y los mestizos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos. Existía México y los mexicanos”.

Ese es el legado de la Revolución que le dio a la masa una forma de expresión. Transforma la política de élites en una forma de expresión de su propia naturaleza, su propia esencia, su propia forma de encontrar su alma y su felicidad. Por eso una de las páginas más gloriosas de la Revolución es la que encabezó José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública desde donde funda bibliotecas, escuelas oficiales, promueve la lectura, el arte, la cultura. Publica libros, fomenta el normalismo, rescata edificios coloniales. Martín Luis Guzmán, revolucionario y artista, expresó que el espíritu revolucionario estaba en la obra de Vasconcelos.



La obra de Vasconcelos disparoó el espíritu artístico. Espíritu cuyo objeto de creación y recreación fue lo mexicano. Fue en esta época cuando pintores de murales y literatos mostraron a los mexicanos a si mismos. Se exhibió el espíritu nacional como algo memorable. De esa época proviene la necesidad de convertir a la Educación en el mejor instrumento para integrar a la Nación como un cuerpo heterogéneo pero unido en lo fundamental. Convertir al niño en un ser amante del nacionalismo, en ciudadano que se ha de transformar en valladar a la ignorancia, la corrupción, en instrumento para dignificar la política y la vida social.

La Revolución mexicana a diferencia de otras revoluciones no fue producto de una ideología que traza la ruta, el camino a la utopía. No hubo una doctrina que la cobijara y le diera razones para la lucha. No hubo un líder que pudiera aglutinar fuerzas, asignar trabajos, exigir cuentas. Nuestra Revolución fue un estallido que surgió de la lucha maderista por el sufragio efectivo. Madero se enfrentó a la exigencia de mejores condiciones de vida de los campesinos que tercamente reclamaron una solución a su marginación y pobreza. Campesinos que acompañaron a Madero en contra del régimen porfirista se volvieron a levantar en armas para reivindicar sus derechos.

La Revolución fue la revuelta carrancista en contra de la usurpación huertista. Luego la lucha dentro del bando triunfador, unos exigiendo orden y otros justicia. La Revolución como escribiera Gómez Morín era producto de los anhelos, los deseos vagos, los impulsos que la mantenían en permanente lucha fratricida. La ideologia de la Revolución, decía en los veintes Gómez Morín, había que construirla evitando el dolor, no aquel que es inevitable sino el evitable que es el de nuestras acciones u omisiones.

La raíz de la Revolución era el problema moral del porfiriato que no permitió la formación de ciudadanos que labraran su destino, su vocación, su ser más íntimo e inconfundible.

La etapa que va de los años veinte a los cuarenta es la etapa más gratificante porque fue la epoca creativa. El tiempo de los grandes creadores artísticos y políticos. Fue el tiempo en que la educación se convirtió en el programa con el liderazgo de Vasconcelos. Fue la época en que el espíritu creativo se encarnó en Gómez Morín con la creación de instituciones económicas y políticas, en legislación como la ley de crédito agrícola, el impuesto sobre la renta, la coordinación fiscal. Constructor y defensor de la autonomía universitaria.

Otra vertiente constructora fue la de Calles y la de Cárdenas. Don Plutarco que impulsó los distritos de riego, la creación del Banco de México, pero también la formación desde el Estado de un partido. Cárdenas, que acelerara la distribución de la tierra y reanimara a obreros y campesinos, y que construyó también el presidencialismo y el corporativismo.

Hoy la Nación tiene expresiones políticas macizas que surgieron de estos constructores. La pluralidad política tiene raíces que surgen de nuestra historia, por ello es inadmisible la visión sectaria en la celebración centenaria de la Revolución.

En Acción Nacional provenimos de la lucha por el sufragio efectivo de Madero. De la denuncia moral de Vasconcelos, de la tenacidad política de Gómez Morín. Los valores que animaron a las diversas interpretaciones de la lucha no han cambiado, pero la conciencia valorativa de las diferentes corrientes hasta la actualidad esa se ha transformado, se ha adaptado al tiempo. Reconocido sus errores y limitaciones pero el anhelo de felicidad no se ha agotado.

Es grotesco que aún haya posiciones que no dejen atrás la Historia Oficial, aquella que declaraba una sucesión legítima como si fuésemos una monarquía. Una historia que convertía en traidores a quién pensaba diferente o era diferente. Una historia infantil, maniquea que expropiaba el anhelo colectivo, generacional en un patrimonio, en una cosificación del poder. La historia no es catecismo simplón, es descubrir la verdad pasada para entender el presente y proyectar el futuro.

Hemos construido una democracia pero necesitamos impulsar una sociedad civil que exija y luche por sus derechos y responsabilidades.

El Estado es débil lo amenazan fuerzas organizadas ilegalmente y cohesionadas por la ambición del dinero que siembran el terror en amplias zonas del país. Los fines del Estado se ven obstaculizados. Hay poderes fácticos que desean imponerse sobre el bienestar general. Hay corrupción rampante en gremios y sindicatos. La labor gubernamental se ve eclipsada y es frecuentemente rehén de intereses mezquinos.

El estado es débil por la ineficiencia administrativa y la irresponsabilidad de funcionarios. La moral no es cobijo generalizado de funcionarios, legisladores, jueces, periodistas, empresarios, maestros.

El federalismo está siendo pervertido por caciques regionales, por gobernadores que no rinden cuentas y usan los recursos públicos para su beneficio y apetito personal.

El problema moral persiste, tiene otras caras y otra narrativa, pero la falta de honestidad, de técnica de los órganos del Estado subsiste. Luchar por la congruencia democrática es el reto de la presente generación. Contamos con instituciones fuertes, leales para enfrentar las amenazas, las desviaciones y las simulaciones, la mentira, el engaño. La lucha por la democracia ha sido larga, se ha debatido agónicamente, como dijese González Luna, un incesante esfuerzo que no ha terminado.

Por eso he dicho en la tribuna parlamentaria, antes que escuchara al coordinador de los diputados del PRI, que debiera ser éste el momento mexicano de mayor aliento a su clase política, a la luz de una reflexión que valore el enorme sacrificio, de la gesta que costó un millón de hombres, que con su sangre regó los campos de México para generar un diálogo constructivo que revise y reforme el régimen político, como una democracia madura, como una sociedad abierta en la que todo se puede discutir, analizar y debatir. Donde no nos impongamos fetiches o tabúes que no podamos discutir.

Que a cien años de la Revolución por lo menos hagamos el esfuerzo de poner a un lado dogmas o prisiones ideológicas, retóricas patrimonialistas o visiones maniqueas.

En el CERN produjeron antimateria

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Desde el CERN, bajo las fronteras de Suiza y Francia, llega la noticia a Nature: han producido y, sobre todo, logrado atrapar, átomos de antihidrógeno. La antimateria es hasta hoy uno de los grandes misterios de la ciencia; propuesta por Paul Dirac en los años de construcción de la física cuántica, no es sencillamente que las cargas atómicas estén a la inversa: núcleo negativo y electrón positivo. Eso sería fácil de comprender. Es algo mucho más horrible: es energía negativa. No en el sentido trivial que le damos al polo negativo de una pila, sino en el que tiene la expresión -1 -2: ese signo menos indica que es inferior a cero. En monedas sería una deuda: usted tiene una deuda de 60 pesos, si paga 50 pesos tiene ahora en su haber -10 pesos.

Hasta allí el mundo es sensato como la aritmética. Pero ahora aplíquelo a la energía… Un pila se va descargando hasta llegar a carga cero, pero ¿cómo podría tener menos energía que 0 energía? El físico inglés Paul Dirac no tenía más de 25 años cuando logró la síntesis de relatividad (Einstein) e incertidumbre (Heisenberg). Pero sus ecuaciones predijeron algo no imaginable: energía negativa, energía menor a nada.

En 1929 su trabajo se publicó en los Proceedings of the Royal Society. Sus cuatro ecuaciones para describir el electrón mostraban dos soluciones: una en energía común y otra en energía menor a nada. Entendámonos: el electrón común tiene carga eléctrica negativa, pero eso no es sino un mal nombre ideado por Benjamin Franklin, como pudo ser electricidad A y electricidad B, que se atraen.

Pero las ecuaciones de Dirac no decían eso tan sencillo de comprender: predecían energía menor que cero. Propuso el nombre antielectrón. ¿Cómo se vería eso? Al cruzar un campo magnético parecería un electrón, salvo que en vez de tener carga eléctrica negativa, la tendría positiva. En 1932 fue observado en el Caltech por Carl Anderson, de 26 años, y recibió el nombre de positrón. Lo explica así Feynman: las energías son iguales, las masas son iguales, las cargas están invertidas, pero, más importante que todo, cuando se encuentran se aniquilan una a otra y liberan su masa entera en forma de energía (Six Not-So-Easy Pieces).

Señala el CERN en su nota: “Al momento del big bang, materia y antimateria debieron ser producidas en cantidades iguales. Sin embargo, sabemos que nuestro mundo está hecho de materia: la antimateria parece haber desaparecido”. El problema para crear un antiátomo no es tanto hacerlo, sino que no desaparezca al instante mismo de su contacto con la materia, cualquier materia. El átomo más sencillo, el de hidrógeno, se compone de un protón en el núcleo y un electrón ondulando a su alrededor. Para tener un átomo de antihidrógeno debemos poner un antielectrón (llamado positrón) en torno de un antiprotón… sin que materia alguna los toque.

“En 1995, los primeros nueve átomos de antihidrógeno hechos por el hombre fueron producidos en el CERN. Luego, en 2002, los experimentos de siglas ATHENA y ATRAP mostraron que se podía producir antihidrógeno en grandes cantidades, con lo que se abría la posibilidad de estudios detallados. El nuevo resultado viene del experimento ALPHA.”

¿Cómo fabricar un contenedor para antiátomos si todo lo que tenemos en torno son átomos? Al tocarse se destruyen. Los físicos emplearon fuertes y complejos campos magnéticos para fabricar una trampa que los contenga sin que toquen materia alguna. Lograron la sobrevivencia de antihidrógeno por un tiempo tan largo como una décima de segundo: suficiente para estudiarlo.

“Resulta un poco abrumador y muy recompensante ver el aparato ALPHA y saber que contiene átomos estables y neutros de antimateria”, dice Jeffrey Hangst. “Por razones que aún nadie entiende, la naturaleza desechó la antimateria”, pero es posible comenzar a estudiarla “y ver si guarda algún secreto”.

Otro programa del CERN en el mismo sentido es el ASACUSA, también exitoso. “Con estos dos métodos alternativos para producir y alguna vez estudiar antihidrógeno, la antimateria ya no podrá seguir ocultando sus propiedades por mucho más tiempo”, dice Yasunori Yamasaki, miembro del segundo equipo y cuyos resultados están por aparecer en Physical Review Letters.

Más en Maravillas y misterios de la física cuántica (Cal y Arena, 2010).

Anticuerpos anti VIH

Siguiendo con los anti-, un equipo médico de Boston busca el motivo por el que nuestros anticuerpos no detienen la infección por VIH. Atacan después de que el virus ha invadido la célula.

Pero hay un escaso tipo de anticuerpos que sí controlan el virus y podrían ser base de una vacuna que eleve esta respuesta insuficiente. “El hallazgo clave de este escrito es que podemos distinguir la forma de la proteína atacada por estos anticuerpos efectivos”, dice el principal autor, Bing Chen. Están por resolver una cuestión clave: ¿por qué ciertos anticuerpos no son efectivos y otros, escasos, sí lo son?

Contacto: Keri Stedman, keri.stedman@childrens.harvard.edu.