noviembre 29, 2010

De la sartén al fuego

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Lo peor de la Revolución es que triunfaron los ánimos reaccionarios dirigidos contra la Constitución liberal de 1857, que costó otra guerra civil y siempre olvidan a propósito los agoreros de levantamientos populares de cien en cien. Triunfaron los afanes agrarios que repartieron tierra hasta que dejó de medirse en hectáreas y se midió en surcos: tres pa’ mí, dos pa’ ti. No logramos armonizar que el ejido sea el mayor fracaso económico, pero un triunfo de la Revolución.

El presidente Cárdenas acabó por atar en un estado corporativo las fuerzas obreras, campesinas y populares. El sindicalismo se impuso como obligación del obrero, sin poder de elección: entra por el sindicato (que le vende la plaza) y sale por el sindicato si le aplica la cláusula de exclusión. La empresa se obliga a descontar las cuotas y entregarlas a los variados Napitos, Elba Estheres y Romero Deschamps que no son sino los hoyos más pestilentes de la pudrición sindical. Nada los obliga a dar cuentas y con salario de maestra, de minero o de operario de pronto tienen fortunas y riquezas más que muy explicables.

El 17 de febrero de 1915 se firmó el pacto entre la Casa del Obrero Mundial, que integraría sus famosos Batallones Rojos al carrancismo. “¿Cuáles fueron las motivaciones que impulsaron a los dirigentes obreros a realizar el salto fatal que iba a colocar el sindicalismo mexicano bajo la tutela del gobierno hasta nuestros días?”, Jean Meyer, La Revolución mexicana, p.114.

Los Batallones Rojos, que tanta ilusión nos hacían en la izquierda sesentera, se aliaron con el carrancismo para combatir a Zapata. Y “el ejército carrancista era más detestado que los otros: según los habitantes de Morelos, hizo tres veces más mal que el de Victoriano Huerta”, Ídem. p. 90. El pueblo acuñó el verbo “carrancear” para robar sin pudor alguno.

El fracaso del ejido no fue sólo agrícola y económico: tuvo una expresión trágica en el aspecto humano. Señala Meyer que la mentalidad rural no entendió nunca el sistema ejidal, muchos campesinos recibieron tierra sin haberla pedido ni deseado. “Este rechazo de los campesinos sorprendió de tal manera (al gobierno) que se quiso encontrar una explicación inmediata y judicial al misterio: el clero”, p. 283.

Por ideología se impulsaba la posesión comunitaria de la tierra porque eso decían los libros acerca del comunismo primitivo: una edad de oro en la que no había propiedad privada… ni propiedad de nada porque la humanidad de entonces, como los chimpancés de hoy, estaba formada por cazadores-recolectores.

Señala Katz (en Schettino, p. 34) que debemos disipar la idea de que tuvimos una revolución de peones en la que pelearon los que más sufrían: “Los hechos históricos no confirman esta apreciación. La Revolución no fue impulsada principalmente por peones”. Los zapatistas eran “campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución”, afirma Womack (op. cit.).

La Revolución de Emiliano Zapata, antes de ser un grupo de rock, fue un alzamiento armado contra Madero y contra Carranza. Díaz ya se había ido murmurando, quizá: “A’i les dejo su tiradero”.

Entonces, ¿de dónde sacamos todo ese relato épico, la saga de la Revolución? Del presidente Cárdenas. Es una construcción cultural que le da sentido a los hechos, es Lázaro Cárdenas quien crea un régimen político nuevo para sustituir el liberalismo autoritario de Juárez, Díaz, Obregón y Calles, remarca Schettino, y peor: El régimen revolucionario es un retroceso frente al liberalismo, reproduce el régimen colonial con “el ropaje nuevo del corporativismo”, p. 14.

Que el peor fracaso se diera en el campo es paradoja terrible en una revolución “campesina” guiada por clases medias. Creó “tiranuelos bastante más temibles que los hacendados porfiristas, porque no desdeñan atracar a los miserables”, Meyer, p. 282.

Y recoge una anécdota espeluznante: “Los comités administrativos se apropian de los ejidos, los ejidatarios de cantina, los que no trabajan, derriban a los comités para hacerse elegir y esto explica el gran número de homicidios perpetrados en los ejidos. Entre 1930 y 1940 los ejidatarios se matan entre sí en Zacatecas (…) El ejido de Auchén ganó el nombre de “ejido de las viudas” porque allí todos los hombres murieron [se mataron entre sí], salvo uno que se convirtió en propietario y explotó el ejido entero. Ídem, p. 278. Dije en otra parte y lo repito: ser hombre es malo para la salud.

Más en Las mentiras de mis maestros, Cal y Arena.

Cuando López Obrador “mató” a Digna Ochoa

Julián Andrade (@jandradej)
julian.andrade@razon.com.mx
La Razón

La abogada Digna Ochoa se suicidó el 19 de octubre de 2001. Tuvieron que pasar nueve años para que la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal pudiera cerrar el caso.

¿Por qué ocurrió así? La historia es interesante, y revela el comportamiento de algunos políticos en el tema de la procuración de justicia.

El primer investigador del caso fue el entonces subprocurador Renato Sales Heredia, quien es ahora procurador de Campeche y colaborador de este diario.

Sales Heredia hizo una buena investigación. Pronto descubrió que la defensora de los derechos humanos se había quitado la vida. Existía, mucho antes de que el cuerpo de Ochoa fuera encontrado, un patrón suicida, que inclusive había hecho que ella se alejara de sus colegas del Centro Miguel Pro.

El cadáver se localizó en el departamento que le servía como oficina y que Ochoa compartía con Pilar Noriega, en ese momento visitadora de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

Por la posición del cuerpo y por la trayectoria del las balas, se estableció que sólo la víctima había podido disparar.

La PGJDF había resuelto bien, y rápido, un caso delicado. La sorpresa ocurrió cuando el jefe de Gobierno, Andrés Manuel López Obrador, se negó a que el expediente fuera concluido y enviado al no ejercicio de la acción penal.

Para López Obrador era más importante la opinión de algunos círculos ligados al propio PRD, que la evidencia técnica que se había recabado. Se decidió nombrar a un fiscal para reabrir la indagatoria y buscar a “los responsables” del asesinato de Ochoa.

En la mira estaba un supuesto escuadrón militar y un cacique de Guerrero, Rogaciano Alba, quien se encuentra preso por delitos contra la salud.

El jefe de Gobierno le encargó a la hoy senadora Rosario Ibarra de Piedra y al columnista Miguel Ángel Granados Chapa, que buscaran y eligieran fiscal del caso.

Se inclinaron por la magistrada Margarita Guerra. Sostenían que “ahora sí se haría justicia”.

La felicidad no les duró mucho, porque Guerra llegó a las mismas conclusiones que Sales Heredia: Ochoa se había suicidado.

Tampoco se pudo cerrar el caso, porque quien mandaba en la ciudad de México era López Obrador. Ni a él ni a sus aliados les interesaba la verdad. La abogada murió abandonada por sus colegas.

En la izquierda perredista ni la hacían en el mundo, pero convenía que fuera una mártir y más aún si sus asesinos pertenecieran “a las fuerzas represivas.”

En el fondo “la mataron” porque de otra forma no servía para la causa y mucho menos si era una mujer incomprendida y angustiada que no tuvo ni la atención ni la solidaridad que se merecía.

Hay que celebrar que el procurador Miguel Ángel Mancera haya decidido terminar con un capricho político concluyendo la investigación.

La diferencia

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
Pesos y contrapesos
La Crónica de Hoy

¿Quién iba a decir, hace más o menos tres lustros, en los tiempos del error de diciembre de 1994 y del efecto tequila del 95, que, más o menos quince años después, en los tiempos de la peor recesión desde la Gran Depresión, la política fiscal del gobierno mexicano, y la monetaria del Banco de México, iban ser puestas como ejemplo de conducta prudente? ¡Quién iba a decir!

Es cierto: aún tomando en cuenta todo lo que se debe hacer para mejorar, tanto en materia monetaria (la inflación, si bien a niveles bajos, sigue estando presente), como fiscal (no por nada se insiste en la necesidad de la reforma), hay que reconocer que la Secretaría de Hacienda y el Banco de México han actuado con prudencia, y la mejor muestra de ello es que en 2009, consecuencia de la recesión en la economía estadunidense, hubo una importante contracción en la producción de mercancías y en la generación de ingreso (6.6 por ciento), así como una considerable pérdida de puestos de trabajo en el sector formal (441 mil 449), pero no hubo un repunte inflacionario: la inflación bajó de 6.5 a 3.6 por ciento; al final de cuentas no hubo devaluación: el tipo de cambio pasó de 13.90 a 13.19 pesos por dólar, y la tasa de interés, Cetes a 28 días, no aumentó: pasó de 7.68 a 4.51 por ciento.

Para apreciar lo anterior recordemos que en 1995, en pleno efecto tequila, consecuencia de error de diciembre del 94, la inflación repuntó de 4.4 a 51.2 por ciento, el tipo de cambio pasó de 3.99 a 7.74 pesos por dólar, y la tasa de interés brincó de 16.00 a 46.81 por ciento, sin olvidar, uno, que la producción de bienes y servicios, y con ella la generación del ingreso, registró una caída del 6.2 por ciento y, dos, que la pérdida de empleos, en el sector formal de la economía, sumó 611 mil 200.

¿Cuánto más grave no hubiera sido 2009 si, además de la caída en la producción y en el ingreso, la inflación, el tipo de cambio y la tasa de interés hubieran repuntado como lo hicieron en 1995?

¿En qué consistió la diferencia? En la mayor prudencia, o menor imprudencia, con la que las autoridades manejaron las políticas económicas, siendo un buen ejemplo la política cambiaria: antes del error de diciembre del 94 las autoridades manipulaban el tipo de cambio, manipulación que en muy buena medida explica al efecto tequila de 1995; hoy, y desde hace quince años, las autoridades no manipulan el tipo de cambio, al menos no para evitar la devaluación: entre el 15 de septiembre de 2008, fecha “oficial” del inicio de la recesión, y el 2 de marzo de 2009, momento de la máxima presión devaluatoria, el tipo de cambio pasó de 10.20 a 15.37 pesos por dólar, para, a partir de entonces, comenzar a bajar y ubicarse, en estos días, al rededor de 12.50.

¿Quién iba a decir? ¡Quién iba a decir!

El mensaje de don Alejo

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

¿Qué significa que un hombre se atrinchere en su propiedad y mate y muera defendiéndola? ¿Que era un hombre valiente? Sí, sin duda, pero sobre todo, que se sentía o sabía totalmente solo.

Los símbolos importan. Que don Alejo Garza Tamez, un hombre de 77, ante la amenaza de que lo despojaran de su propiedad, se haya atrincherado en su rancho y enfrentado hasta la muerte a un grupo de hombres armados nos habla, sobre todo, del estado de indefensión y de soledad en el que se encontraba. No pensó en pedir ayuda, explicó su hija, porque, seguramente con toda razón, no confiaba en las autoridades.

Los medios y los comentarios se han centrado en el carácter heroico de don Alejo, que sin duda lo fue; el diccionario dice: héroe, varón ilustre y famoso por sus hazañas.

Su historia ha sido narrada con acentos épicos: “Un anciano de 77 años se llevó por delante a cuatro sicarios antes de morir peleando como el mejor soldado: con dignidad, honor y valentía”. Y los comentarios de lectores y televidentes se deshicieron en elogios: “Mis respetos, señorón, descanse en paz”… “deberíamos de ser así, todos tener el valor y no dejar ke nos chinguen”… “Murió por la patria”… “es la única forma”… “si cada uno de nosotros matara a uno de esos cobardes analfabetas nos libraríamos muy pronto de la pestilencia del país”… “mis respetos para este hombre, ojalá y nos sirva de ejemplo esto porque desgraciadamente hoy en día no hay otra opción, JUSTICIA POR NUESTRA PROPIA MANO”… “Don Alejo que deshonra no ser su hijo, pero qué orgullo como mexicano saber que hay alguien que entregó su vida por su propiedad y su dignidad”.

Para muchos lo que hizo don Alejo debería ser un ejemplo para todos. Yo no lo veo así. Es un caso que me duele, pero no me inspira. Me indigna que en muchos lugares del país no exista otra opción para defenderse y defender el patrimonio arduamente logrado que ceder o resistir hasta la muerte. Me indigna la soledad en la que se sintió don Alejo, la total ausencia del Estado. Me indigna que no existan ahí y en otras partes del país autoridades confiables y que la legítima desesperación lleve a muchos a pensar que sólo a balazos lo vamos a resolver. ¡Ese ha sido el error de este gobierno!

Debemos aspirar a reconstruir nuestra convivencia a través de métodos no violentos. No idealizando al que elige la forma y la hora de su muerte y alabando al que se lleva a varios por delante. Esta batalla no se va a ganar porque todos muramos con dignidad, está en juego algo que trasciende el honor de cada uno de nosotros y es la posibilidad futura de una sociedad pacificada. Es a lo que creo que debemos aspirar, no a convertirnos en un país de valientes que en solitario y sin esperanza enfrentan a los malos —quienesquiera que estos sean—, sino en una comunidad en la que podemos vivir sin armas y sin miedo, y donde los conflictos se resuelvan según reglas generales aplicadas por autoridades respetadas.

José Álvarez Icaza Manero

Miguel Ángel Granados Chapa
miguelangel@granadoschapa.com
Plaza Pública
Reforma

En la primera hora del viernes pasado se extinguió la fructífera vida de José Álvarez Icaza Manero, protagonista de movilizaciones y experiencias pioneras en la sociedad civil mexicana. Desde el Centro Nacional de Comunicación Social, que fue su creatura, promovió los derechos humanos en una época en que aún la denominación de esas prerrogativas de las personas sonaba sólo a remota referencia a las declaraciones universales de la revolución francesa y de la Organización de Naciones Unidas. Fue un activista social y político, impulsado por su fe cristiana, de la que nunca abjuró y a la que, en cambio, inyectó vivencias nuevas en su contacto con las necesidades del México profundo.

Nacido en la Ciudad de México en 1921, se formó en escuelas católicas y en la Nacional de Ingenieros de la UNAM. En los años cincuenta participó en la cimentación de varias edificaciones de la Ciudad Universitaria, como el Estadio Olímpico y la Facultad de Medicina. Al casarse con Luz María Longoria Gama, fundó una familia típica de la clase media acomodada, con un proyecto de vida en donde la consolidación de un patrimonio familiar era imperativa. Pero en el caso de esa joven pareja una combinación de espiritualidad y sociabilidad cristiana los condujo a participar en el naciente Movimiento Familiar Cristiano, una de las organizaciones del apostolado seglar con que la Iglesia Católica buscaba revitalizarse. Se les eligió para presidir esa agrupación y años más tarde su federación latinoamericana.

Su liderazgo adquirió otra dimensión cuando el ingeniero Álvarez Icaza fue invitado como "auditor laico" al Concilio Vaticano II que, convocado por el Papa Juan XXIII y concluido por su sucesor Paulo VI, reunió en Roma a los 2 mil 500 obispos de entonces, en un ensayo de colegialidad y renovación que no maduró en las décadas siguientes, menos aún cuando en 1978 fue elegido el Papa Juan Pablo II, el obispo de Cracovia con el que Álvarez Icaza departía en los recesos de las sesiones conciliares. La magna asamblea episcopal, sin embargo, no fue estéril. Entre sus frutos emitió un Decreto sobre los medios de comunicación social, de donde derivó la instalación en cada país de un Centro Nacional de Comunicación Social que fue confiado en México a Álvarez Icaza.

Aunque el objetivo de dicho centro (Cencos) era abrir la comunicación eclesiástica a los medios informativos, inevitablemente se convirtió en foco de reverberación de inquietudes sociales que caracterizaron a los años sesenta mexicanos. Cuando surgió la movilización universitaria en 1968, Cencos empezó a cumplir una nueva misión, abierta a la sociedad, que el Episcopado no compartió, por lo que dispuso su clausura. Álvarez Icaza consiguió darle vida propia, a partir de 1969. Y desde entonces todo aquel que tenía una protesta que formular, una denuncia que hacer, una necesidad de organización, o requería defensa frente al abuso, encontró un lugar, a menudo hasta como hospedería en el domicilio de Medellín 33, en la colonia Roma, donde hasta la fecha, con diversas modalidades se defienden y promueven derechos humanos, especialmente los vinculados con las libertades de información y de expresión. Tan preocupante era el activismo de Cencos, que el brutal jefe de la policía metropolitana Arturo Durazo ordenó en 1977 un asalto a su domicilio. Se pretendió que privándolo de su infraestructura y sus archivos cesara su fecunda intervención en la vida sindical y en las luchas campesinas. Como se comprueba hasta la fecha, aquel designio resultó frustrado.

Al mismo tiempo, Álvarez Icaza se percató de que la defensa y promoción de los derechos civiles tenía una dimensión política que no era dable desatender. Se unió al Partido Mexicano de los Trabajadores, encabezado por el también ingeniero Heberto Castillo, con quien formó una dupla eficaz en la dirección del agrupamiento y en la única bancada que formó en la Cámara de Diputados, entre 1985 y 1988. Previamente, en el ámbito del catolicismo social Álvarez Icaza había convocado en México a los Cristianos por el Socialismo, un movimiento de comunidades y clérigos que, lejos de practicar el anticomunismo que la Guerra Fría impuso a la Iglesia, supieron que era posible y aun necesario propugnar el socialismo con rostro humano, una corriente de pensamiento y acción que desde la vertiente eclesiástica se expresaba en la opción preferencial por los pobres.

Álvarez Icaza acompañó a Castillo en sus decisiones cruciales: la de fundir el PMT con el Partido Socialista Unificado de México, del que nació el Partido Mexicano Socialista, y la de de declinar su candidatura presidencial en 1988 y sumarse a la de Cuauhtémoc Cárdenas, ingeniero también. Asumió, por consecuencia, la conversión del PMS en el PRD, con cuya membresía cerró su ciclo de militancia política.

En cada etapa de su vida, se diría que en cada momento, Álvarez Icaza superó la tara que suele frenar el vuelo del espíritu en una iglesia mayoritaria situada por lo mismo en situación cómoda, más inclinada a compartir el poder o a ser bien tratada por él, que a cuestionarlo por su distancia con las exigencias populares. Podría decirse que experimentó una conversión hacia el cristianismo como fe encarnada en la esencial igualdad de las personas, a partir de un catolicismo rutinario, más de ritos externos que de convicción profunda, si es que así hubiera vivido su juventud y sus primeros años. Pero el modo en que él y Luz María formaron a sus hijos da fe de la honda y larga autenticidad de su credo.


Cajón de Sastre

El miércoles 24 murió el lingüista y filósofo Carlos Lenkersdorf, uno de los muchos mexicanos que nos ha traído el mundo, esa feliz fórmula utilizada en Radio UNAM. Con su esposa Gudrun, historiadora, que lo sobrevive, llegó en 1972 a San Cristóbal de las Casas, donde con el impulso del obispo don Samuel Ruiz se insertó en la vida de los pueblos indígenas, en especial los tojolabales. Aprendió de ellos e hizo conocerlos a la sociedad mestiza. Pasó por alto el torpe desdén de quienes consideraban que el tojolabal era "sólo" un dialecto, ignorantes de que el dialecto no es un idioma incompleto ni menor, sino la modalidad regional de una lengua. Produjo el primer diccionario tojolabal-español y entre el resto de sus obras descuella Filosofar en clave tojolabal, donde enseña que la democracia implica no sólo pluralidad sino también diversidad.

Diez años de gobiernos panistas

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Esta semana se cumplirá una década de gobiernos federales panistas. No es fácil hacer una evaluación completa de estos años de alternancia en un artículo tan breve como éste. Sin embargo, quiero mencionar lo que, en lo personal, me ha gustado y disgustado de una década de presidentes del PAN (el sexenio completo de Vicente Fox y los primeros cuatro años de Felipe Calderón) en algunos temas gubernamentales.

Comienzo con la política económica. En definitiva me ha gustado el manejo responsable de las finanzas públicas. Los panistas entendieron que la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria para la salud de la República. Al país le costó mucho que los gobiernos priistas soltaran el gasto público en los setenta y ochenta. Los panistas, en cambio, han sido muy responsables con los dineros públicos. Han mantenido controlado el déficit gubernamental lo cual ha generado inflaciones bajas y una creciente confianza de los mercados financieros en el país. Esto es particularmente importante en estos momentos donde otras economías que se desbocaron en sus gastos públicos están pasando por momentos amargos. Me refiero a Grecia, Irlanda, España, Portugal y algunas naciones de Europa del Este. México, en cambio, goza hoy en día de buena salud macroeconómica lo cual hay que celebrar.

Me ha disgustado, en cambio, que los gobiernos panistas no hayan sido más agresivos para profundizar reformas económicas orientadas hacia el mercado. Esto con el objetivo de incrementar la competitividad del país. En este rubro, nos hemos estancado. Una década perdida. Hemos sobrevivido con el mismo modelo económico de los noventa donde el principal motor de crecimiento son las exportaciones de manufacturas a Estados Unidos. No hemos desarrollado otros motores ni en el mercado interno ni en sectores potencialmente muy rentables como el energético y el de telecomunicaciones. La realidad es que durante diez años los gobiernos panistas han evitado enfrentarse a los poderosos intereses beneficiarios del statu quo económico: empresarios monopolistas y sindicatos privilegiados.

En materia de seguridad, me ha gustado la decisión del presidente Calderón de enfrentar al crimen organizado. Sin embargo, cada día me gusta menos que sostenga una estrategia que ha incrementado la violencia de manera exponencial. La realidad es que hoy nos sentimos más inseguros que hace una década.

Hay que enfrentar a los criminales. Nadie puede oponerse a esto. Pero hay que hacerlo de manera inteligente en los delitos que más agravian a la sociedad: el homicidio, el secuestro y las extorsiones. Luchar contra el tráfico ilegal de drogas es una guerra perdida. El Estado nunca podrá ganarle a un mercado tan lucrativo. Soy de los que piensa, por tanto, que la solución al consumo y la adicción de las drogas es su legalización a fin de tratar el problema como un asunto de salud pública. Y por lo que toca al tema de la seguridad, creo que hay que dedicar los escasos recursos del Estado para impedir que las mafias maten, secuestren y/o extorsionen. Celebro que Calderón haya hecho lo que debió haber hecho Fox. Pero no me gusta que mantenga una estrategia mal definida que ha generado mucha violencia en diversas partes del país y ha producido una sensación de desasosiego.

En cuanto al tema político, hay que reconocer que estos diez años hemos vivido dentro de un régimen democrático, liberal, tolerante y plural. En los medios hemos podido decir lo que nos viene en gana. Yo comencé mi carrera como comentarista hace nueve años y nunca me han censurado absolutamente nada. He podido criticar a todos los políticos incluida, desde luego, la institución presidencial, antes intocable. Eso me gusta y lo celebro.

Sin embargo, también es cierto que los gobiernos panistas han tenido un par de actitudes que ponen en duda su compromiso con la democracia-liberal. Me refiero, por un lado, a la intención de Fox de sacar a López Obrador a la mala de la contienda presidencial de 2006. Por fortuna el entonces presidente reculó aunque el desafuero contaminó mucho el ambiente político. Por otro lado está la reforma electoral de 2007, para mí uno de los peores errores de los gobiernos panistas durante esta década. Todavía no entiendo cómo Calderón y compañía aceptaron restringir la libertad de expresión con una reforma electoral absurda y regresiva, todo a cambio de un plato de lentejas (una reformita fiscal que introdujo un impuesto de poca recaudación como es el IETU).

Finalmente, en materia de política exterior, me gustó el intento de Fox y de su primer canciller, Jorge Castañeda, por acercar al país a su región geográfica natural que es Norteamérica. Por desgracia se atravesaron los atentados del 11 de septiembre de 2001 que congelaron este empeño. También me gustó que el primer gobierno panista tomara una actitud pro activa en la defensa de los derechos humanos como toda democracia liberal debe hacerlo. Esto por supuesto que generó tensiones internaciones con países dictatoriales como Cuba. En este sentido me disgustó cuando el gobierno de Calderón dio marcha atrás con esta política a fin de evitar conflictos con otras naciones. Los gobiernos panistas regresaron así a la vieja escuela priista de “no hacer olas” en las relaciones exteriores.

Chamaqueada colosal

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Como recordó Vargas Llosa cuando se repuso de la sorpresa que le dieron con su nobelazo, las llamadas de madrugada suelen ser para las malas noticias.

Poco antes de las cinco de la mañana del sábado, el sobresalto causado por los timbrazos telefónicos no llegó a volverse pesar ni dolor, pero sí algo parecido… a masticar chamoy.

Un ex reportero de MILENIO, tan excitado como exaltado, me preguntaba si sabía ya que “Diego fue liberado y está pasando la primera noche en su casa…”.

La modorra no me inhibió para decirle que “sí”, colgué y me descubrí aterrado: ¿Será cierto…? ¿Perdimos una extraordinaria nota?

Escéptico que soy (para empezar de lo que pienso), recordé una de las máximas que aprendí hace casi 40 años de otro reportero, René Arteaga: “Cuando te mienten la madre, checa la fuente porque puede ser volada…”.

La desventura de Diego Fernández de Cevallos me ha importado, pero no sólo por implicar factores de interés periodístico tan atractivos como el conflicto (secuestro) y la prominencia del personaje, sino por ser él un muy querido y respetado amigo.

No era, pues, una llamada para informarme de alguna desgracia, pero fue de las que dejan el agridulce sabor de la duda.

En eso estaba cuando me llama Ciro Gómez Leyva (le inquieta más que a mí el aprovechamiento de las nuevas y luciferinas tecnologías), para decirme que El Universal tenía desplegada esa noticia desde antes de las cuatro de la mañana en su portal, y que también Pepe Cárdenas, por Twitter, la estaba propalando. Mientras hablábamos pensaba yo en cuántos medios del mundo estarían, por vía electrónica, replicando el notonón. Colgamos con mi compromiso de hacer algo cuando saliera el sol.

Ring, ring, ¡chin!: Carlos Loret de Mola con un “tocayo, ¿qué sabes de lo de Diego…?”.

Al empezar a clarear me armé de valor para, no sin cierta mortificación, hacer una primera de las que me imaginé serían varias llamadas. Hubo respuesta y de inmediato supe que Diego seguía secuestrado.

Recogí los diarios a que estoy suscrito y me sorprendió El Universal con su principal: Diego está libre y sano: familia (suponía que el desatino había sido sólo cibernético).

Llamé a Ciro (que a su vez había estado hablando con el director de milenio.com, Héctor Zamarrón), y a las 7:17 subimos unas cuantas palabras con la novedad (qué pena) de que la liberación era una falsedad. Y hacia las ocho una breve nota sostenida en lo mejor a que podemos aspirar los periodistas: “fuentes irreprochables”.

Y llamé a Loret (quien a su vez tenía corroborado que en las fuerzas armadas, la Secretaría federal de Seguridad Pública, la PGR y en los mismísimos Pinos ignoraban la vacilada de que Diego estuviera en su casa) para responder su pregunta.

También en su primera plana, El Universal publicó ayer un intento de explicación y un editorial bajo el encabezado: ¿Dónde está Diego?, que remata con la respuesta: “…en el aire…”.

Pero cuando no se sabe dónde se encuentra alguien, conviene tomar en cuenta, reporteando cuando menos dónde ¡no! está…