diciembre 13, 2010

El mejor alcalde del mundo

Leonardo Curzio (@leonardocurzio)
Analista político
El Universal

La gran paradoja de la capital es que no tiene una política local densa y articulada. Tenemos, más bien, redes de intereses operando, y algunas acciones colectivas que esporádicamente saltan a la superficie, pero no tenemos nada parecido a un proyecto de ciudad. La Ciudad sobrevive y sobrelleva sus problemas cotidianos. Los capitalinos (dicen en provincia) somos tan arrogantes, que consideramos que la política nacional es nuestra política local y no es eso más que una ilusión. Desde los medios de la capital se habla de México y se enjuicia al gobierno federal, y la política local se mira por encima del hombro, a pesar de que —como apunta con agudeza Tony Judt— una infraestructura urbana puede marcar la diferencia. Una ciudad mal equipada empobrece a la sociedad en su conjunto, pero más a los más pobres. Las banquetas rotas, las escuelas destartaladas, un transporte público de mala calidad, la ausencia de parques y avenidas, amplían las diferencias de ingreso y condenan a los que menos tienen a tener una peor vida. Los obreros ingleses o italianos se suben a un autobús digno en el que conviven con el oficinista. Pueden caminar por calles hermosas y sentarse en un parque a disfrutar de un bien cuidado jardín o jugar frente a un monumento nacional. En nuestra ciudad, la infraestructura urbana degrada a los que menos tienen. Por eso me parece tan importante que rescatemos la dignidad de la política local.

Para muchos capitalinos que a diario se topan con obras mal planeadas y con un transporte público degradado y degradante, el anuncio de que Marcelo Ebrard es el mejor alcalde del mundo, se prestó a todo tipo de escarnios. Para todos los que se ven envueltos en un caos urbano casi cotidiano y tienen que escuchar que los asaltos en avenidas tan concurridas como Constituyentes siguen siendo el pan de cada día (a pesar de las cacareadas cámaras que vigilan la urbe), la proclama sonaba a pitorreo. Comentarios muy similares se escucharon con el pomposo apelativo de “Ciudad de Vanguardia” que el gobierno (poco modesto en aquello de florearse a sí mismo) dispuso como lema para recibir a los alcaldes de otras latitudes para discutir la gobernabilidad y el cambio climático. Tenía algo de esperpéntico que a unos metros de donde estaban proclamando las pasiones futuristas de la ciudad, las calles tuviesen zanjas enormes y ambulantes cercenaban el espacio público.

A pesar de esas burlas, un número importante de capitalinos sabe que en el nombramiento de mejor alcalde hay un punto de justicia y otro de conmiseración por parte de sus colegas. Justicia porque hay pocas ciudades en el mundo con un afán autodestructivo tan marcado como la nuestra, y conmiseración porque muy pocos alcaldes del mundo gobiernan con una infraestructura tan mediocre y con un aparato administrativo tan deprimente. Lo digo sin sorna: tiene algo de milagroso que esta ciudad funcione. La incivilidad de los conciudadanos es proverbial. Desde las clases altas hasta las populares, todas parecen encaminadas a destruir todo tipo de bienes públicos. Los adinerados se han obstinado en degradar sus tradicionales colonias al propiciar una feroz especulación. Las selectas avenidas de Palmas y Reforma ya son vías de paso para alimentar la voracidad de los especuladores del poniente de la ciudad. Polanco, están a punto de ahogarlo por la proliferación irracional de restaurantes y comercios. Los menos afortunados se obstinan también en convertir calles enteras en mercados y en merenderos inmundos e insalubres. No hay amor por la ciudad. Cada quien quiere defender su manzana (vean las reacciones de los notables que se quejan de la supervía) y todos se desentienden del resto. Las fachadas y colonias se degradan y los delegados tienen los parques y aceras en una situación inmunda. Esa es la ciudad que gobierna Ebrard, y no una ciudad con vecinos cooperativos y orgullosos de sus espacios públicos y dispuestos a tener una política local musculosa y racional.

Ebrard tiene, además, que gobernar con un partido que se ha formado por clientelas, y por eso, diputados y delegados no miran por el interés público, sino por el de sus huestes, que se dedican a sacar prebendas de la Ciudad y a extraer rentas a cambio de su apoyo electoral. No son rentas enormes como las que obtienen los especuladores y los beneficiarios de las obras públicas (grandes aliados de los gobiernos perredistas), pero su existencia impide el sano desarrollo de la urbe. Gobernar así es una hazaña. El espacio de la política local es tan digno como cualquier otro, y mucho cambiaría la vida del país si tuviésemos en la capital una vida política renovada.

De chismosos e hipócritas

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

La incursión diplomática de Isaiah Berlin fue breve e intensa. Durante cinco años observó para el gobierno de Churchill el rumbo de la política norteamericana. Vivió en Washington y en Nueva York dedicado a enviar reportes semanales a la cancillería británica sobre el clima de la opinión, las señales del liderazgo de Roosevelt y los debates dentro del Congreso. El propio primer ministro leía con interés sus envíos. Admiraba su estilo y el colorido del paisaje que pintaba. Churchill esperaba con impaciencia la llegada puntual de cada reporte y quiso conocerlo pero lo confundió en una ocasión memorable con otro I. Berlin: Irving Berlin. Berlin disfrutó su aventura diplomática. Veía con gusto que su trabajo era apreciado en los niveles más altos de la política británica. El historiador de las ideas estaba convencido de que su talento para descifrar el código del poder no estaba en sus conocimientos históricos sino en su interés por la vida de los otros. Sabía bien que, por decisivas que fueran las instituciones, por pesadas que fueran las estructuras económicas, el rumbo de la política era trazado por hombres de carne y hueso, ideas y prejuicios. El empaque psicológico de los individuos, sus vínculos personales, sus doctrinas y sus terquedades son determinantes. En una carta a sus padres lo describe perfectamente: me va bien en este extraño mundo de la diplomacia porque he cultivado desde siempre el arte del chisme. Aquí puedo hacer, de mi afición, oficio.

Evoco esta anécdota porque se han tachado las filtraciones de WikiLeaks como puro chismerío. Las oficinas diplomáticas entregadas a la comidilla de los hombres y las mujeres del poder: las enfermeras voluptuosas de algún gobernante, las debilidades mentales o las obsesiones de otros. La crítica que se ha escuchado no se ha dirigido solamente a la difusión de estas comunicaciones, sino a la ocupación misma de los diplomáticos. ¿Es necesario sostener una representación diplomática para enterarse de las aficiones del señor Berlusconi? Los representantes del gobierno norteamericano convertidos en indiscretos reporteros del corazón, en psicólogos de diagnóstico apresurado, infidentes cronistas del pasillo y la taza del té. Todas estas descripciones tienden a enfatizar la indignidad, la superficialidad, la ligereza de la tarea. ¿Inmunidad diplomática a los profesionales del chisme? Por ello vale la distancia irónica de Berlin: la diplomacia, como la política misma cuelga mucho más de las pequeñas historias personales de lo que los pomposos teóricos o los pontificadores cívicos sugieren. Sí: la política se alimenta de chismes. De su calidad depende buena parte de nuestras decisiones.

Las agencias diplomáticas no solamente se han revelado chismosas sino hipócritas. De nuevo, el escándalo por el doblez de embajadores y demás enviados. Una cosa es lo que dicen frente al micrófono y las cámaras, otra muy distinta lo que escriben a sus gobiernos. En público se brinda por la ejemplar amistad entre los pueblos y se elogia la conducción patriótica del líder; en secreto se sospecha de la cordura del gobernante y se condena su régimen como una organización mafiosa. Desde luego, los fingimientos diplomáticos nos ofenden y nos indignan. Nuestra aversión a la hipocresía es saludable porque exigimos un mínimo de coherencia a los actores políticos. Valdría, sin embargo, detenernos a pensar los usos y los beneficios de la hipocresía. Sí: los beneficios de la hipocresía. ¿Buscamos realmente que nuestras relaciones internacionales sean evaluadas bajo el absolutismo de la sinceridad? ¿Queremos que nuestros representantes nos informen sin ambages lo que piensan de los políticos con los que dialogan? ¿Cuáles son los costos de la sinceridad absoluta? ¿Estamos dispuestos a pagarlos?

David Hume llegó a decir que la hipocresía era el traje que necesitábamos para caminar por el mundo; que nuestros deberes sociales la hacían, en realidad, obligatoria. No es que invitara a la fraternidad por la mentira, es que sabía que la autenticidad total haría imposible la convivencia. La filósofa Judith Shklar habló de la hipocresía como un vicio ordinario que palidece frente a la depravación de la crueldad. ¿Puede eliminarse la hipocresía de la superficie del planeta? ¿No nos prestan las máscaras algún servicio? Shklar reconocía que las democracias liberales viven inevitablemente en conflicto con ella: deben combatirla para no despeñarse en el cinismo, pero también deben reconocer con honestidad sus servicios. Sin cierta hipocresía no habría espacio para el acuerdo entre personas que piensan distinto y que, en lo personal, se aborrecen. Se necesita también cierta duplicidad para cuidar las cortesías indispensables en una democracia. Pregunta Shklar: si entre nosotros existen ciudadanos racistas, ¿qué preferimos: su sinceridad o su hipocresía? Yo no tengo duda. Creo que hay hipocresías benéficas y chismes útiles.

El fin de El Más Loco

Jorge Fernández Menéndez (@jorgeimagen)
Razones
Excélsior

La caída de Nazario Moreno González es un golpe demoledor para el cártel de La Familia Michoacana. Este hombre, que firmaba los libros de adoctrinamiento de la organización criminal con el seudónimo de El Más Loco, fue el que le dio el perfil que conocemos a la misma. Mezcló adoctrinamiento seudorreligioso con formas de guerra de guerrillas, adicionadas con una violencia, hasta 2006, inaudita incluso entre los cárteles de la droga.

Fueron los primeros en utilizar de manera reiterada las decapitaciones; los primeros en buscar una justificación religiosa y política a su accionar; los primeros en utilizar en forma masiva los centros de atención de adicciones, para adoctrinar a jóvenes y convertirlos en sicarios; los primeros en hacer explícito un discurso de aparente defensa de la sociedad cuando se habían convertido en sus expoliadores. Y eso se lo debían a Nazario Moreno González, este narcotraficante, formado en las calles de Texas y Florida, que aprendió a operar en Tamaulipas al lado de Osiel Cárdenas y a la caída de éste se enfrascó en una guerra brutal contra Los Zetas y Los Valencia. Se quedaron con Michoacán y con buena parte de la Tierra Caliente en ese estado y en Guerrero, pero eso detonó la guerra entre cárteles que comenzó a crecer en 2006 y entró en una etapa de violencia extrema desde 2008.

La Familia es un cártel quebrado: la violencia y los actos de intimidación demuestran que su estructura está rota. Casi todos sus líderes han caído y algunos de ellos se han convertido en testigos protegidos, como Rafael Cedeño, El Cede, lo que, aunado a los golpes que han recibido en su protección política, los ha puesto en una situación límite. Desde luego que sus remanentes se vuelven más violentos y acometen acciones más desesperadas, pero hoy La Familia está en un real peligro de colapsarse, como le ha ocurrido a los Beltrán Leyva. No desaparecen, pero su poder ya no es el mismo.

A pesar de que han pasado varios días, no tenemos información en detalle de lo ocurrido en el operativo en Apatzingán donde, luego de dos días de enfrentamientos, la Policía Federal acabó con Nazario Moreno, pero lo evidente es que todas las fuerzas de La Familia se movilizaron para intentar detener ese operativo y, sin embargo, fracasaron. Fueron 48 horas de una verdadera batalla que terminó con golpes muy serios a la estructura de La Familia, además de la caída de su fundador y líder.

Hace algunas semanas decíamos que algo estaba cambiando en la lucha contra el narcotráfico. En los últimos meses ha habido caídas más que significativas de distintos líderes de todos los cárteles y pareciera que los mismos están claramente a la defensiva. La Familia ha sufrido innumerables golpes, tal es así que sólo quedan en libertad dos de sus jefes: El Chango Méndez y La Tuta. Este cártel, debemos recordarlo, es uno de los principales aliados de la organización de Joaquín El Chapo Guzmán, que sufrió, también, la caída de uno de sus principales líderes, Ignacio Nacho Coronel. El cártel de los Beltrán Leyva, como decíamos, está prácticamente desarticulado y sin un mando claro: la caída hace exactamente un año de Arturo Beltrán Leyva en Cuernavaca detonó los conflictos internos y La Barbie y El Grande iniciaron su respectiva guerra por el control de la organización. Hoy ambos, juntos con su respectiva estructura de mando, están presos (El Grande convertido en testigo protegido) y sus sucesores, de mucho menor nivel, han terminado reclutando para sicarios a niños como El Ponchis, símbolo de su deterioro organizativo y moral.

En Juárez continúa, aunque más tenue, una violencia que está marcada por el enfrentamiento, más que del cártel del Pacífico con el de Juárez, por el de su respectiva pandilla: Los Artistas Asesinos y Los Aztecas. El número de integrantes de ambas augura que la violencia continuará (hoy casi una cuarta parte de todos los muertos corresponden a Ciudad Juárez), pero lo cierto es que ambas pandillas han perdido a sus jefes. En Nuevo León el operativo implementado en las últimas semanas parece comenzar a rendir frutos y, pese a que también continúa la violencia, ésta se ha reducido significativamente, como ya había ocurrido en Tijuana. Y el punto álgido de esa lucha se ha asentado en Tamaulipas, donde la caída de Tony Tormenta, jefe del cártel del Golfo, sumado a los incesantes golpes que han recibido Los Zetas, ha profundizado el enfrentamiento entre esos grupos, pero colocándolos en una situación cada vez más vulnerable a ambos.

No se debe, ni remotamente, cantar victoria, pero, como decíamos semanas atrás, es la primera vez, desde que esta lucha comenzó hace exactamente cuatro años, que parece haber una tendencia marcada de debilitamiento serio, estratégico, de las organizaciones criminales.

¿Cómo empezó a joderse Michoacán?

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Un autodefinido “michoacano desalentado” aporta datos para responder la pregunta que precede a estas líneas.

Se equivocan, dice, quienes afirman que la narcodescomposición de Michoacán comenzó en 2006:

Herederos de una cultura “rebelde, brava y decidida”, en los años 70, en el sur de la entidad surgieron mariguaneros con los que “nadie se metía y ellos tampoco se metían con nadie” que, sin más armamento que sus pistolas, crecieron lenta pero inexorablemente.

Desde entonces y en paralelo, a los gobiernos se les olvidó propiciar la diversificación de las actividades económicas y atraer inversiones productivas (no se ha realizado ninguna importante ¡desde 1982!), ocasionando un grave atraso y el creciente éxodo poblacional a otras entidades y a los Estados Unidos…”.

A la polémica elección presidencial de 1988 le siguieron años de inestabilidad política, con marchas, plantones, pintas, bloqueos de calles y carreteras. Inclusive, transportistas paralizaron Morelia y tomaron dependencias, “pero nadie los controlaba”. En la explosividad política se incrementó el mercado de drogas y, con Lázaro Cárdenas Batel en la gubernatura, “por primera vez en 14 años tuvimos tranquilidad postelectoral”, pero “nunca vimos llegar las inversiones que urgían”, y siguieron consintiéndose marchas, plantones y bloqueos de los accesos carreteros de Morelia. Algo parecido (sin quema de vehículos) a lo que los delincuentes, ya sabemos quién les enseñó, han hecho en los últimos días. Los de las casas del Estudiante y los normalistas también cometían actos similares de destrucción y robo de autobuses, pero nadie hacía nada…”.

El estado “estaba desde entonces prácticamente fuera de control”.

Solamente en Michoacán, dice, ha habido una toma de dependencia por ¡más de un año!, y se realizó un plantón de ¡casi dos años de duración!”. Sólo en Morelia, lamenta, “una de cada seis colonias es un asentamiento irregular de paracaidistas.

Los narcotraficantes empezaron a adquirir armamento de alto poder en EU y a incursionar en actividades tales como secuestro, extorsión, piratería y cobro del derecho de piso”.

En 2006, con el rompimiento entre Los Zetas y La Familia Michoacana, se intensificó la lucha entre criminales, al tiempo que Felipe Calderón y Leonel Godoy empezaban sus mandatos federal y local. El Presidente comenzó la lucha contra los criminales y en los años subsecuentes continuaron múltiples problemas sociales, con democráticos, normalistas, transportistas, etcétera, en la misma tónica de confrontación.

Hoy, dice, las cosas “se ven más que negras para mi querido estado y mi amada Morelia, en medio de una terrible inseguridad: pobreza, educación y retraso en infraestructura urbana, carretera e industrial, y somos de los últimos en competitividad”.

En su desencanto, este “michoacano desalentado” remata sin piedad: “Una importante parte de la sociedad michoacana se pudrió, y con ello la esperanza y el futuro de mi estado…

'Tapando el pozo' por Paco Calderón