diciembre 16, 2010

Ebrard y AMLO, dos tipos diferentes

Pablo Hiriart (@phiriart)
phl@razon.com.mx
La Razón

“¿Por qué no? Es una competencia pública”, respondió Marcelo Ebrard a la pregunta de si estaría dispuesto a un debate con López Obrador en el proceso de definición de la candidatura de la izquierda.

En Chihuahua, ante la misma pregunta, López Obrador esquivó la posibilidad. “La gente, el pueblo de México es quien decidirá en su momento”, contestó.

Es decir, una práctica tan natural y enriquecedora cuando dos políticos aspiran a ocupar el mismo puesto, es vista por López Obrador como un obstáculo.

Incluso, como una trampa: “los de la mafia del poder no me ven con buenos ojos, (pero) no lo van a decidir ellos, lo va a decidir el pueblo”, agregó.

Qué buenas ambas respuestas: los retrata a los dos.

Así es que en la izquierda hay dos precandidatos con perfil totalmente distinto. Ebrard quiere airear ideas, confrontarlas sin ruptura, y AMLO ve en la posibilidad de diálogo público una emboscada.

Cuando López Obrador dice que “la gente” va a decidir sobre quién debe ser el candidato presidencial, se refiere a su gente. A la que consulta en sus mítines.

Ebrard dijo en la entrevista de ayer en W Radio que él espera que se mantenga el acuerdo de los perredistas para elegir candidato presidencial por el método de la encuesta.

Se va a mantener el acuerdo, sin duda. El problema va estar en lo que cada uno de ellos entienda por una “encuesta”.

Ebrard, seguramente, entiende por encuesta a un ejercicio demoscópico con método científico para recoger lo que en un momento dado opina la población.

Lo que entiende López Obrador por encuesta es algo más peculiar. Es “lo que diga el pueblo”, a quien él consulta a mano alzada, o en sus ejercicios de reflexión.

¿Qué encuesta fue la que eligió a Yeidckol Polevnski como candidata “de la izquierda” en el Estado de México? Cuando se le preguntó a la senadora qué casas encuestadoras le dieron el primer lugar en las preferencias, dijo que no sabía.

Más desconcertada quedó cuando López Obrador dijo que en realidad Yeidckol había quedado segunda, pues el primer lugar era para Alejandro Encinas, pero Alejandro etcétera, etcétera.

Es lo que diga su dedito. Punto.

Y contra eso un político moderno, como Ebrard, no tiene defensa.

El Jefe de Gobierno capitalino es una opción real para la izquierda. Ha gobernado como hombre de izquierda. Sus principios los ha exhibido. Si nos gustan o no es asunto nuestro, de los votantes, pero hay claridad.

López Obrador, en cambio, es una opción autoritaria y personalísima. Lo demostró en la Jefatura de Gobierno y lo confirma a diario.

Lo va a confirmar, también, a la hora de la “encuesta”. Si los vientos no le son favorables para esa consulta a población abierta, va a reunir a los suyos en el Zócalo, les va a preguntar y va a agradecer lo que haya dicho “el pueblo”.

Migrantes y el miedo a no poder

Jorge G. Castañeda (@JorgeGCastaneda)
jorgegcastaneda@gmail.com
Reforma

Por razones que no termino de entender, el ex presidente Carlos Salinas decidió incluir en su último libro pasajes dedicados a quienes llama "intelectuales orgánicos" -de casualidad todos colaboradores de esta página- para criticar, denunciar o de plano denostar a sus personas, su obra y sus actos. Siendo uno de esos cuatro, he respondido detalladamente las acusaciones que me dirige tratando, espero que con éxito, de mostrar que, o bien no revisó cuidadosamente su texto, o actuó de mala fe, ya que abundan errores de hecho en sus decires. Sobre el más grave lo menciono de pasada: México nunca votó a favor de una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU que autorizara la invasión de Iraq por Estados Unidos e Inglaterra, ni en 2002 ni en 2003; nunca hubo tal resolución, porque Estados Unidos no tenía los votos necesarios para que fuera aprobada. La que sí se aprobó por unanimidad, incluyendo a Francia, China y Rusia, todos ellos con poder de veto, no sólo no permitía la invasión, sino que al contrario, obligaba a que Bush y Blair volvieran a la ONU para pedir permiso meses después. No se logró.

Pero hay un tema que me parece más extraño y de fondo. Me refiero a la cuestión migratoria. Salinas dice: "[Castañeda] fue incapaz de negociar avances sustantivos en el tema migratorio". Por un lado es cierto; por otro su afirmación es parcial y mañosa. Desde los primeros debates sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1990, varios mexicanos insistimos en que debía incluirse, a toda costa, la cuestión migratoria. Cuando no se hizo, seguimos luchando para que México planteara a Estados Unidos una agenda migratoria ambiciosa, que tomara en cuenta los intereses tanto de los mexicanos ya presentes y sin papeles, como de los que seguirían yéndose durante los siguientes dos o tres decenios. Y cuando tuve la oportunidad de llegar al gobierno con Vicente Fox, en el 2000, y traducir en políticas públicas estas tesis, lo primero que hice, efectivamente, fue planteárselo a Washington.

Donde Salinas tiene razón es que no pude alcanzar esta meta. Ni yo ni Fox ni Bush ni Calderón ni Obama ni Powell ni Kennedy ni McCain ni nadie hasta ahora. No ha sido posible lograr lo que parecía factible en los primeros meses del sexenio de Fox y del primer cuatrienio de Bush, a saber, un acuerdo migratorio, o lo que después se llamaría una Reforma Migratoria Integral, que incluyera la legalización de los mexicanos indocumentados en Estados Unidos, y el establecimiento de un programa de trabajadores temporales que legalizara los flujos futuros. No se ha podido porque es extraordinariamente difícil hacerlo. Tan difícil que cuando finalmente se sometió a votación la famosa enchilada completa en 2006, la iniciativa McCain-Kennedy fue derrotada; y cuando volvió a debatirse una versión diluida en 2007, volvió a ser rechazada a pesar de los esfuerzos de todo el espectro ideológico norteamericano, del gobierno de México, y de varios gobiernos centroamericanos y del Caribe. Hoy el presidente Obama, de algún modo, ha aceptado que tampoco va a poder antes de su posible y deseable reelección en el 2012.

Pero hay una diferencia fundamental entre Salinas y los demás, es decir, Fox, Calderón, Derbez, Espinosa y yo: nosotros sí tratamos y él no. Excluyó el tema migratorio del TLC, tanto para que no se incluyera el energético, como para no arriesgar su ratificación. Desperdició, quizás, la mejor oportunidad que México hubiera tenido en esta materia. Tampoco se lo propuso durante el año de su Presidencia posterior a la entrada en vigor del TLC, ni a lo largo de los 16 años subsiguientes, durante los cuales, como ex presidente de México, con prestigio y autoridad en Estados Unidos, ha dejado de lado ese tema en las múltiples conferencias y presentaciones que ha realizado. Yo prefiero haber tratado aunque no haya podido en estos casi 20 años de lucha; Salinas prefirió no tratar, para que no le dijeran que no pudo. Cada quien.

Ingenuidad de Marcelo, al creer en AMLO

Ricardo Alemán (@laotraopinion)
Excélsior

En una entrevista mañanera, Marcelo Ebrard debió explicar con detalles lo que ha sido su propuesta para la selección del candidato presidencial por la izquierda mexicana. A una pregunta aceptó que sí, en efecto, podría ser necesario un debate con su adversario natural, Andrés López Obrador, para que los potenciales electores perciban la diferencia entre dos proyectos políticos diametralmente opuestos.

Y tiene razón el jefe de Gobierno, ya que las formaciones, personalidades, objetivos y estilos de hacer política y gobernar de Marcelo y AMLO son —por decirlo suave— como el agua y el aceite. Y en efecto. ¿Cómo será posible para un elector de a pie, sin más información que la recibida de los medios de comunicación, pulsar una diferencia entre el agua y el aceite; es decir, entre AMLO y Marcelo?

El jefe de Gobierno capitalino dijo que luego de un debate, de confrontar las ideas y propuestas de gobierno entre AMLO y Marcelo, los potenciales electores de la izquierda tendrían elementos para entrar a un proceso de encuestas que permitiría determinar quién de los dos sería el mejor candidato presidencial por ese sector de la sociedad mexicana, en 2012. Parece y es un razonamiento impecable.

Como también es impecable el argumento de que, si la izquierda se fractura, o se parte, también se habrían partido todas sus posibilidades reales de triunfo en la contienda presidencial de 2012. Por eso, en entrevista en el informativo matutino de W Radio —conducido por Carlos Puig—, Ebrard insistió en que la divisa fundamental de la izquierda mexicana es la unidad. “Sin unidad no tenemos nada que hacer, y mejor nos vamos a nuestra casa”. Otra verdad de a kilo.

Y cuando le preguntaron a Marcelo si confiaba, si creía en la palabra de AMLO, dijo que hasta hoy —ayer miércoles—, López Obrador siempre había cumplido la palabra empeñada. Y el jefe de Gobierno del DF pudo haber dicho la verdad, que el tabasqueño siempre ha cumplido su palabra, pero lo que Marcelo no sabe, no quiere saber o no le importa saber, es que son muchos —y hasta se pueden contar por docenas— los políticos a los que ha traicionado AMLO.

Más aún, han sido víctimas de la traición de AMLO nada menos que Cuauhtémoc Cárdenas, Heberto Castillo y Rosario Robles; figuras emblemáticas en la fundación del PRD, y gracias a las cuales López llegó a los cargos que alcanzó. Sin su padre político —que fue Cárdenas—, Obrador no hubiera sido nada en el PRD. En las primeras semanas de 2001, en el Itinerario Político de entonces, pronosticamos que sólo era cuestión de tiempo para que AMLO cometiera “parricidio político” contra Cuauhtémoc Cárdenas. Entonces nos dijeron de todo. Pero hacia 2002 y en adelante, AMLO mató a su padre político y a sus mayores.

A Rosario Robles no sólo la lanzó a un lodazal de calumnias y difamaciones mediáticas, sino que la echó del partido en medio de un escándalo de corrupción; cuando la gestión de AMLO, de Leonel Cota y otras al frente del PRD mostraron gastos aún más escandalosos que los de Robles, quien por cierto le hizo la campaña a AMLO en el Distrito Federal en el año 2000. Es decir, sin Rosario Robles, AMLO no hubiese ganado la Jefatura de Gobierno del DF. ¿Y cómo le pagó? Con la expulsión del partido.

Pero más allá de la historia de traiciones de AMLO, lo cierto es que la propuesta que esbozó Marcelo Ebrard la mañana de ayer no es más que un puñado de buenas intenciones. ¿Por qué? Porque nadie sabe si AMLO aceptará esas propuestas. Y si las acepta, nadie sabe si las cumplirá. Y lo más seguro es que no las reconocerá, si no es él el ganador. Es decir, AMLO sólo acepta lo que le sirve, le hace ganar, le da beneficios. Nunca reconoce lo que hace ganar a otros.

¿Cree Marcelo, en serio, que AMLO va a aceptar que el jefe de Gobierno le pueda ganar la candidatura presidencial por la llamada izquierda? Marcelo puede ser todo lo ingenuo que quiera, pero lo cierto es que, hoy, AMLO hace todo por el triunfo de Enrique Peña Nieto en el Estado de México, y le pavimenta el camino para 2012. ¿Y eso cómo se llama? Aquí y en China se llama traición. Sí, AMLO no respeta más interés que su interés personalísimo. ¿Qué parte necesita que le expliquen a Marcelo, sobre la naturaleza traicionera de AMLO? Al tiempo.

EN EL CAMINO.

Pronto se toparán con la terca realidad los ingenuos que insisten en que Santiago Creel fue el ganador de la pelea por la presidencia del PAN. Y claro, si la realidad no es como la imaginan, peor para la realidad.

Entre el fuero y el amparo

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El “fuero” —es decir, ese descomunal privilegio jurídico del que gozan nuestros representantes populares, y los impopulares también— como que comienza a sacarme urticaria.

Digo, los ciudadanos de a pie, comunes mortales, vivimos en la más absoluta indefensión cuando tenemos la desgracia de afrontar los embates de la justicia: no hay figura más temible, creo yo, que la de un agente del Ministerio Público y, entre los espacios visitables del aparato del Estado, no hay tampoco lugar más piojoso y deprimente y lúgubre y sombrío y tétrico que la oficina donde despachan esos buitres. Imaginar, entonces, que el ejercicio de un cargo público te va a eximir de cualquier trámite judicial y de la menor “indagatoria” (el propio lenguaje es de echar a correr) aunque hayas perpetrado delitos bien delictuosos e infracciones de todos los órdenes (del orden común, para empezar, y otras mucho menos comunes aunque mucho más corrientes, vistos los tiempos que corren), es como tener asegurado un lugar a vida en un paraíso terrenal donde las transgresiones no merecen castigo alguno (estamos hablando, en realidad, de una aspiración universal que se frustra desde el momento mismo en que, de niño, tus padres comienzan a marcarte límites muy claros y, encima, te imponen obligaciones tan desagradables como ir a la escuela, lavarte los dientes, dar las gracias a los mayores, etcétera, y que es todavía mucho más difícil de consumar de adulto porque las reglas y las obligaciones —es decir, las responsabilidades— son mucho más agobiantes).

El tal “fuero”, en su momento, fue una medida para asegurar la independencia de los miembros del Poder Legislativo. Ya no. Hoy, es una garantía otorgada a los señores diputados, entre otros beneficiarios, para que nadie les importune si conducen a 200 kilómetros por hora y para que, si les viene en gana, puedan cometer trapacerías y marrullerías a discreción. Qué trabajoso, por cierto, fue quitarle su “fuero” a Godoy. Pero, no se preocupen por él: ahora lo protege un “amparo”.