enero 30, 2011

Democracia, sin tomadas de pelo

Pascal Beltrán del Río (@beltrandelriomx)
Bitácora del director
Excélsior

Teóricamente, los partidos políticos no deberían ser lo que se han convertido en México.

El próximo 11 de marzo, unos 2.9 millones de irlandeses están convocados a las urnas para renovar su parlamento, el Dáil. Como ocurre desde la fundación de la República de Irlanda, en 1922, a los votantes no sólo se les pedirá que elijan al partido de su preferencia sino que digan a qué partido les gustaría transferir su voto en el caso de que la elección no tuviera un ganador por mayoría absoluta y su primera opción quedara en último lugar.

Este sistema de sufragio preferencial se denomina Aonghuth Inaistrithe, o Voto Único Transferible, y ha sido adoptado por otros países, incluso por algunos en los no existe el gobierno parlamentario, como Estados Unidos, donde opera a nivel municipal, por ejemplo en Massachusetts y Minnesota.

Funciona, de facto, como una segunda vuelta para asegurar que la elección siempre se decida por mayoría. Así, si el partido A obtiene 38% de los votos; el B, 35%, y el C, 27%, los dos primeros se repartirían los votos del partido C, en la proporción que los electores de éste último hubieran dispuesto. Y ya sea el A o el B ganarían la elección con mayoría absoluta.

Por supuesto, el sistema, como todos, tiene sus detractores, pero en el caso de Irlanda ha sobrevivido por 90 años, pese a dos intentos fallidos de modificar el apartado constitucional que lo respalda.

Hablar de esta modalidad de voto tiene sentido porque México ha estado a la búsqueda de una que le permita resolver uno de los dilemas de su joven período democrático: cómo construir mayorías gobernantes con un sistema electoral en el que tres grandes partidos suelen competir por la preferencia de los votantes. Congresos atomizados y Ejecutivos que llegan al cargo con menos de la mitad de los votos han sido realidades harto frecuentes en el México posterior a la crisis de 1995, que han dificultado la labor de gobernar, sobre todo a nivel federal.

Es por eso que diversos actores políticos han buscado la manera de fortalecer la posición de los ganadores de las elecciones, mediante la creación de los llamados candados de gobernabilidad, que artificialmente sobrerrepresentan a la primera fuerza en los comicios legislativos, o la segunda vuelta, como la que funcionó por poco tiempo en las votaciones para ayuntamientos de San Luis Potosí y que ha sido propuesta, desde hace más de un año, por el propio Presidente de la República, a fin de ser usada en la próxima elección presidencial.

Sobra decir que las condiciones para una reforma política previa al proceso electoral de 2012 se desvanecen rápidamente... —por la poca disposición de los partidos, así como por tiempo—, y que los más seguro es que vayamos a esa elección con posibilidades de que ésta termine, como sucedió en 2000 y 2006, sin un Presidente elegido por la mitad más uno de los electores, y sin que el partido del próximo Ejecutivo cuente con los escaños suficientes en el Congreso para sacar adelante por sí solo su agenda legislativa.

Aun así vale la pena poner sobre la mesa las modalidades de voto que se han utilizado por largo tiempo en otras partes del mundo, algunas de las cuales se han propuesto en México, para evitar los males que arriba señalo.

Por supuesto, existen las posiciones puristas, según las cuales los partidos no deben obtener más votos que los que le otorga el electorado en una única ronda de votación, independientemente de los problemas de legitimidad y gobernabilidad que esto pueda generar. Sin embargo, está claro que, en los hechos, electores y partidos echan mano de soluciones para sacar mayor provecho a los votos cuando la ley no las contempla.

¿A qué me refiero? Al uso cada vez más frecuente del llamado voto útil, que consiste en que los partidarios de un candidato lo abandonen cuando deciden que sus perspectivas de triunfo son tan magras que no tiene caso desperdiciar el sufragio y se lo entregan a otro que sí puede ganar; y de las declinaciones, cuando los candidatos rezagados renuncian informalmente a su postulación y piden a sus simpatizantes apoyar a otro.

En la elección de 2000 se dieron ambas cosas, cuando una parte de los simpatizantes de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas otorgó su voto a Vicente Fox, y cuando Porfirio Muñoz Ledo anunció su declinación como aspirante del PARM para apoyar al propio Fox.

Contra lo que dicen los puristas, esos votos adicionales que recibió la candidatura de Fox no reflejaron el primer instinto de los votantes, sino una decisión que, en otros sistemas electorales, se da en la segunda vuelta. En aquellos sistemas, los candidatos que van a segunda vuelta (en ocasiones pueden ser más de dos) hacen una serie de ofrecimientos para ganar el apoyo de los simpatizantes de los candidatos que se quedaron en el camino. Es decir, éstos tienen una razón para usar su voto en la segunda vuelta y no sólo expiden un cheque en blanco, como sucede en México con el voto útil y las declinaciones.

La distorsión del panorama electoral ha llegado al punto de que en la elección para gobernador de Guerrero, que se efectúa hoy, de los siete partidos políticos con registro que participan en los comicios, sólo quedan dos candidatos reales, Ángel Aguirre y Manuel Añorve, ambos, por cierto, formados en el PRI. ¿Esas dos candidaturas reflejan una gama de posiciones ideológicas para que el electorado escoja? Es evidente que no.

Teóricamente, los partidos políticos no deberían ser lo que se han convertido en México, simples membretes para llevar al poder a determinados políticos, sino organizaciones con visiones particulares de cómo debe organizarse la sociedad para progresar. Las condiciones de la lucha electoral en México, en la que los partidos se han cerrado de facto a la participación y opinión de la ciudadanía, pervierten el espíritu democrático, pues niegan a los votantes opciones reales, y convierten a la escena política en una arena de combate por cargos públicos sin necesidad de recurrir a ideas ni principios.

Si las reglas del juego electoral fueran otras, si existieran legalmente mecanismos para que los votantes pudieran transferir su voto a otra opción cuando la suya hubiera sido derrotada, los partidos podrían defender sus visiones particulares —de hecho, estarían obligados a hacerlo— en una primera instancia, y luego podrían establecer pactos para invitar a sus votantes a apoyar a otro partido en una segunda.

La idea del balotaje, o la segunda vuelta, ha sido criticada aquí por muchos motivos: se afirma, por ejemplo, que genera abstención, polariza el ambiente y aumenta significaticativamente los costos de organización de las elecciones. A juzgar por el resultado que se dio hace tres meses en Brasil, una de las democracias más grandes del mundo, dichos temores no son muy reales. Sin embargo, lo que uno realmente tiene que preguntarse es si el sistema que tenemos actualmente en México es tan bueno que no necesita cambios y que es una pérdida de tiempo comtemplar un mecanismo mediante el cual los votantes de las opciones minoritarias pudieran ser tomados en cuenta para darle mayoría absoluta de votos a quien vaya a gobernar.

¿Cuáles son los compromisos que estableció el PAN con el PRD para que Marcos Parra, el candidato panista en Guerrero, declinara a favor de Ángel Aguirre? No lo sabemos, sólo podemos especular al respecto. Sin duda sería mejor que los candidatos que hubieran sacado la mayor cantidad de votos en una primera vuelta hicieran sus ofrecimientos a los votantes de las opciones minoritarias de forma pública, para saber a qué atenernos.

Y quienes hablan de los altos costos que implicaría una segunda vuelta no toman en cuenta los recursos públicos que habrá gastado el PAN en las actividades de proselitismo de Parra, quien unos cuantos días antes de las votaciones le anuncia a sus simpatizantes que no tiene caso que voten por él, que mejor lo hagan por otro candidato. ¿Eso no es un desperdicio de dinero, y, peor aún, una tomada de pelo al electorado?

En el caso de adoptar un sistema como el creado en Irlanda, sería interesante ver cuál sería la segunda opción para quienes en 2012 votaran, por ejemplo, por Andrés Manuel López Obrador, en el hipotético caso de que sólo fuera candidato del PT. ¿Sería el PRI, el PRD, el PAN..? Lo mismo para los simpatizantes del priista Enrique Peña Nieto: ¿cuál sería su segunda opción en la boleta, el PAN, el PRD, el PT..?

Si México tuviera un mecanismo de transferencia de votos, con segunda vuelta o sin ella, el votante tendría mayores opciones para elegir. El voto útil y las declinaciones serían innecesarios, y la decisión de los electores tendría mayor poder. Es quizá eso a lo que temen los partidos políticos.

Estimado lector, lo invito a que intercambiemos puntos de vista sobre éste y otros temas en twitter.com/beltrandelriomx

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