enero 18, 2011

Imaginación moral

Federico Reyes Heroles
Reforma


"El hombre está oculto bajo su palabra". Anónimo


Las armas de los gobernantes son muchas. Dineros, policías, armamentos, imágenes, burocracias sumisas y un largo etcétera. Sin embargo la más poderosa es la palabra. Cuando los gobernantes pierden el dominio sobre ella, caen. Cuando los ciudadanos dejan de creer en la palabra del gobernante, hay problemas. Pero también cuando los gobernantes hacen buen uso de ella, son capaces de conquistar a naciones enteras. Pero las palabras no son patrimonio de los gobernantes. Ellos las usan en su encargo y se van. Las palabras son de todos, de la ciudadanía, de ese poder que es permanente. Si las palabras no ayudan a mirar mejor las cosas, a propiciar entendimiento, lo que hacen es oscurecer. Vigilar el uso de las palabras es un acto de protección a un territorio común. Buenos y malos usos desfilan a diario frente a nosotros.

Barack Obama vive días nublados. Después del éxito en la aprobación de su programa de salud, Obama tuvo que enfrentar una fuerte derrota electoral que le dificulta su mandato. Obama pasó en meses de las nubes a los sótanos de la popularidad. Pero quizá lo más grave es el resurgimiento -incitado por Tea Party- de la derecha más intolerante. Las mirillas de la señora Palin y sus seguidores han provocado un encono cuyas consecuencias son difíciles de prever. En el mismo país en el cual es imposible conseguir ciertas medicinas sin la receta adecuada, las drogas y las armas, sobre todo estas últimas, circulan por amplias avenidas. Un joven afectado de sus facultades mentales, con un arma poderosísima, irrumpe en un mitin en Tucson, mata a seis personas y hiere a varias más, de manera muy severa a la representante demócrata Gabrielle Giffords. Ante la dolorosa sacudida nacional, Obama recurre a la palabra, su mejor arma.

En un mensaje de 32 minutos Obama alude a sentimientos muy profundos del estadounidense: Dios por supuesto, la oración, las Escrituras. Hasta aquí el discurso sería muy ajeno a las coordenadas mexicanas. Pero hay más. Obama también aludió a los intereses comunes, a las esperanzas de la nación, a la patria. A ese territorio en el cual -a decir de Ovidio- nos sentimos bien y que es propio de cualquier nación. Tocó los casos brutales de la niña fallecida, del juez Roll asesinado a mansalva. Obama habló de todos y cada uno de los asistentes heridos o muertos. Se detuvo en el caso de Phyllis Schneck, una bisabuela de Nueva Jersey, costurera, mujer religiosa, simpatizante de Giffords que cayó muerta. Un matiz hace de la señora Schneck un caso especial: era republicana.

Obama cuidó todos los detalles: hace héroe a Daniel Hernández que auxilió eficazmente a la congresista. Hasta aquí la respuesta de Obama podría ser una pieza profesional pero nada memorable. Sin embargo fue más allá, se encaminó a las motivaciones de la matanza, a la calidad del sistema de salud mental y por supuesto al delicado tema de las leyes que regulan el uso de armas. Es ahí cuando habló de la polarización y de la palabra en política. "Pero en tiempos en que nuestro discurso ha pasado a ser tan polarizado, tiempos en que estamos demasiado deseosos de echarles la culpa por todos los problemas del mundo a quienes discrepan con nosotros...". Se trata de Estados Unidos pero no en exclusiva. Obama remata "es importante que hagamos una pausa por un momento y nos aseguremos de estar hablando unos con los otros de una manera conciliadora, mas no hiriente". Critica las explicaciones simplistas y advierte que el caso no debe servir para que sus conciudadanos se ataquen mutuamente.

Obama fue al punto: "En vez de acusar o culpar, aprovechemos esta ocasión para ampliar nuestra imaginación moral, escucharnos unos a los otros más detenidamente, agudizar nuestro instinto de empatía y acordarnos de todas las esperanzas y sueños que tenemos en común". El tono de estadista y el cultivo cuidadoso de la palabra tuvo efectos inmediatos. La popularidad y aprobación de Obama ascendieron en horas, incluidas las opiniones de simpatizantes republicanos. En la Casa Blanca, deben de estar felices, pero eso es secundario. Lo más relevante es que en plena polarización Obama domeñó emociones e intereses electoreros y supo sacudir al país alrededor del tema de la intolerancia. Esa será su mejor cosecha histórica. Quizá no se reelija pero como estadista merecerá un sitio en la historia.

México también debería darse una pausa. Basta con revisar la prensa cotidiana para encontrar un desfile de agresiones y sandeces en todos los frentes. La palabra política mexicana está devaluada por un uso irresponsable e inmaduro. Vivimos un momento muy delicado y los intereses pequeños y mezquindades predominan. Vamos a un proceso electoral y a nadie conviene el encono. Gane quien gane aquí nos vamos a quedar. Debemos ampliar nuestra imaginación moral. Hay mucho veneno saliendo de las bocas de los responsables de conducir al país. Ese veneno se queda circulando. Démosle a México una pausa.

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