enero 14, 2011

Un culpable invisible

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Impresionante lo dicho por los jueces del tribunal oral de Chihuahua que pagan hoy un alto precio moral y profesional por haber absuelto a un criminal al que se daba por confeso de su crimen.

El error de los jueces que absolvieron a Sergio Barraza por la muerte de su novia, Rubí Marisol Frayre, parecía cosa juzgada: un caso más, particularmente escandaloso, de corrupción, tontería o formalismo del Poder Judicial.

Recuerdo haber oído el año pasado en Chihuahua el caso de esa absolución como una prueba del fracaso de los juicios orales, que empezaban a practicarse en el estado.

¿Cómo podía dejarse libre por minucias procesales a un asesino confeso, que incluso había pedido perdón a la madre de la víctima, a su vez asesinada hace unas semanas, para acallar, al parecer, su protesta contra el veredicto absolutorio de los jueces?

Los jueces aclaran ahora, muy tarde, luego de haber sido corregidos en su sentencia por un tribunal superior y en el borde de un juicio político por su proceder inaceptable, que la pieza mayor de la protesta contra ellos no existe, que Sergio Barraza nunca se declaró culpable ni había en el expediente de su consignación pruebas suficientes de su culpabilidad.

¿Quién puso en el espacio público esa pieza inexistente, la pieza que dispara el ciclo trágico subsecuente?

Del supuesto de que existe una confesión del asesino se derivan la indomable protesta de la madre agraviada, Marisela Escobedo, el escándalo en espiral de la opinión pública, la conversión de Marisela en un símbolo más del clamor ciudadano de justicia y su intolerable ejecución del 16 de diciembre pasado, hecho revelador por sí mismo de que algo muy podrido, muy perverso, hubo siempre en el fondo de este juicio, algo que ni la acusación del Ministerio Público, ni los jueces ni los medios que difundieron el caso a los cuatro vientos supieron revelar.

Movido por el escándalo, el nuevo gobierno de Chihuahua dio el paso final en la sucesión de equívocos, indujo una revisión del caso, otro tribunal cambió la sentencia y puso a los jueces del tribunal oral en la picota de un inminente juicio político a manos del Congreso.

La defensa de los jueces ha sido simple y al punto: el supuesto desde el que se les ha juzgado y condenado desde un principio, simplemente no existe. El homicida confeso no ha confesado nunca.

¿Quién inventó que sí? No tiene rostro ni nombre, pero es culpable como el que más.

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