enero 27, 2011

Un problema de peso

Macario Schettino (@mschetti)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Frente a un mundo muy complicado, por endeudamientos excesivos, México es percibido como un lugar muy adecuado para traer capitales. No para invertir en infraestructura, aunque algo hay de eso, sino, sobre todo, para hacerlo en papeles de deuda.

Habrá quien piense que hay un error en el párrafo anterior, y que México no puede ser un destino financiero atractivo. Pero es cosa de ver cómo anda el resto del mundo para confirmar la información. Buena parte de Europa tiene un endeudamiento público del orden de 100% del PIB, o incluso superior. Y ése es precisamente el límite razonable a partir del cual las cosas se empiezan a complicar, según han sugerido Reinhart y Rogoff en su reciente libro This time’s different. Ese límite, para los países que no son ricos, se reduce a 60% del PIB. Y bueno, Brasil anda por ahí. Nosotros, por la mitad.

Gracias a esta solidez, los inversionistas que no quieren que les paguen una miseria, como ocurre en Estados Unidos, aceptan 4% o 5% que aquí pagamos y traen sus dólares. Y el exceso de dólares, como usted sabe, provoca que baje su precio. O visto al revés, hace que el peso sea más caro.

El problema de una moneda demasiado fuerte es que uno deja de exportar e importa de más. Aunque todavía al mes de diciembre no parece percibirse este fenómeno, es posible que ya lo estemos viviendo ahora en enero, con un tipo de cambio prácticamente de 12 pesos por dólar (frente a los 13 pesos por dólar con que iniciamos 2010, y a seis meses de ese año en que estuvimos por encima de 12.50). Así, si durante 2011 el peso se mantiene en 12 por dólar, o incluso menos, el impacto que tendrá la demanda estadounidense sobre nuestras exportaciones será menor. Por el contrario, el impacto de nuestra demanda sobre nuestras importaciones será mayor. Al final, nuestras cuentas con el exterior se irán deteriorando, pero más importante, habrá una parte mayor de la demanda que no se cubra en México, y eso significa menos crecimiento y menos empleos.

Precisamente por esa razón muchos países intentan mantener su moneda con un valor artificialmente bajo (subvaluada, le suelen decir cuando el tipo de cambio es fijo). Si un país logra que en lugar de que un dólar valga 6 unidades de su moneda valga 8, está teniendo un “subsidio” para las exportaciones de 25%. Eso, precisamente, es de lo que se acusa a China. O más recientemente, de estar tomando ese camino se acusa a Estados Unidos, por su constante devaluación.

Ahora bien, si en México queremos evitar que el peso se fortalezca demasiado, lo que tenemos que hacer es reducir la cantidad de dólares que entran a México, con respecto a la cantidad de pesos que hay. Un camino es aumentar los pesos, es decir, producir más dinero, pero eso generará inflación, y usted ya sabe que la inflación es el impuesto más costoso, en particular para quienes menos tienen.

El otro camino es reducir los dólares que vienen a México. Eso lo podemos hacer si ofrecemos una tasa de interés menor, que no es otra cosa que aumentar los pesos en circulación, con el mismo resultado: inflación. Así que la única alternativa disponible es hacer que la tasa de interés parezca más baja a los extranjeros, pero no a los nacionales. Con eso logramos que lleguen menos dólares, sin producir inflación.

Este razonamiento es el que está detrás de los impuestos a los flujos de capital. Es, sin duda, una idea interesante, precisamente porque nos permite reducir el riesgo de tener una moneda demasiado fuerte sin producir inflación. Pero tiene un detalle, que en este momento puede ser muy importante para México.

Suponga usted que para 2012 las economías europeas se han recuperado, y que Brasil ha continuado su camino de éxitos recientes y ha reducido su endeudamiento. De ser así, en ese año habrá menos inversionistas interesados en traer dólares a México. Suponga, adicionalmente, que nosotros necesitamos dólares, ya sea porque nuestras importaciones han crecido, o bien porque nuestras exportaciones son menores (por ejemplo, por una menor cantidad de petróleo exportable, algo perfectamente posible, como lo comentamos el martes). Bueno, si estas cosas ocurren, algo muy probable, nosotros vamos a necesitar dólares que no van a querer venir con tanta facilidad.

Ahora imagine que en este 2011, para evitar el peso fuerte, se nos ocurre poner un impuesto al flujo de capitales. Lograríamos sin duda nuestro propósito, y llegaría menos dinero. En 2012, cuando de pronto necesitemos los dólares, diremos que ya quitamos el impuesto. Pero entonces los inversionistas ya no vendrán, porque habremos cometido el error tan frecuente de los países en desarrollo: cambiar las reglas con demasiada frecuencia y con poca lógica.

La idea de imponer una tasa de impuesto a los flujos de capital, insisto, no es nada mala. Sin embargo, la decisión de aplicarla debe considerar que el país tiene un flujo garantizado de divisas por un buen período de tiempo. Debido a que nosotros dependemos mucho del petróleo que exportamos para salir más o menos bien en la balanza de pagos, tomar esa decisión ahora puede resultar muy negativo.

Tenemos, claro, otra opción. Podríamos sustituir esos flujos de inversión que sólo vienen a ganar una tasa de interés por inversión productiva, si estuviésemos dispuestos a ofrecer un buen entorno de negocios en México. Digamos, con energía confiable a buen precio, con buena oferta de telecomunicaciones, con un mercado laboral flexible, y ya en esto de pedir, con reglas confiables aplicables a todos. Si hiciésemos eso, entonces ya no habría que depender del petróleo, y por lo mismo ya podríamos ir pensando en cuál es la mejor tasa para cobrarles a quienes traigan dólares que no son productivos.

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