febrero 08, 2011

Alianzas en nuestro tiempo

Ricardo Pascoe Pierce
Especialista en análisis político
ricardopascoe@hotmail.com
Excélsior

La Concertación supo gobernar Chile de 1989 a 2009.

Después de las primeras dos elecciones estatales en este año (Guerrero y Baja California Sur), el debate en torno a la cuestión de las alianzas va a recrudecer, y seguramente lo hará aún más mientras se acerca la elección en el Estado de México en julio. Por ello no perjudica ver alguna experiencia histórica, incluso allende nuestras fronteras, para poner en perspectiva el debate.

La Concertación de Partidos por la Democracia se formó en Chile, en 1989, para ganarle al pinochetismo la presidencia de ese país. Mucho se criticó, desde la derecha y la izquierda, la creación de ese conglomerado político, justamente por las razones que hoy se critica en México a las alianzas del PAN y el PRD. “Enemigos políticos” se les decía a la Democracia Cristiana y al Partido Socialista, y se les recordaba su enfrentamiento durante la presidencia de Salvador Allende, y después del golpe de Estado de Pinochet. “Contrarios ideológicos” se les tildaba, al asegurar que era imposible que gobernasen juntos incluso un municipio. Sin embargo, la Concertación supo gobernar al país de 1989 a 2009, con disciplina interna, a pesar de las diferencias entre partidos. Logró superar diferencias sobre el manejo de la economía y ante la política social. Votaban diferente —pero negociadamente— sobre los temas valóricos (aborto, matrimonios homosexuales, eutanasia, divorcio, etcétera). En esencia, podría afirmarse que los partidos integrantes de la Concertación chilena lograron lo que sus opositores de izquierda y derecha afirmaron que sería imposible: crear un nuevo espacio en el centro político, al combinarse las tesis del humanismo cristiano con el humanismo laico. Todo estuvo en la capacidad de articular los acuerdos políticos adecuados.

En 2009 la Concertación perdió la Presidencia de la República a un candidato de la derecha, e inició una etapa completamente nueva en su existencia como partido conglomerado. Hoy está debatiendo internamente la validez de su unión, tema sobre el cual hay versiones diversas. Baste ver la entrada en Wikipedia (no confundirse con WikiLeaks) sobre la Concertación para poder apreciar los distintos tonos y temas que hoy atraviesan al conglomerado. Pero también se observa el esfuerzo de distintos líderes y sectores que plantean la necesidad de dar continuidad y fuerza al acuerdo político esencial que dio origen a la alianza.

Ciertamente se creó un nuevo “centro político” en el país, con la aparición de la Concertación. Pero también se cuestionó la validez y seriedad de las tradicionales etiquetas políticas aplicables en Latinoamérica, como las “izquierdas” y las “derechas”. Sobre economía y sociedad debatieron, y pudieron alcanzar acuerdos programáticos suficientes y adecuados para gobernar. Repartieron posiciones de representación gubernamental, de tal suerte que hubo una adecuada integración del conjunto de miembros de las colectividades y de sus pesos específicos. Sobre lo que no lograron superar visiones tenían que ver con los temas de valores y ahí supieron votar diferenciados, más no enfrentados.

Los asuntos referidos a la validez de las alianzas en periodos históricos determinados de los países son de gran importancia para México. Las alianzas electorales entre PAN y PRD resultan más significativas que las alianzas del PRI con el Partido Verde, el PT y con el Panal. Las razones vienen de su carácter político. Mientras PAN y PRD son partidos nacidos fuera del Estado y con una fuerte convicción oposicionista, todos los otros, sin excepción, nacieron dentro de una oficina gubernamental. Así, el hecho de aliarse electoralmente en algunos estados de la República, no puede sino verse como el sinónimo a la creación de un nuevo tipo de centro político en el país.

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