febrero 25, 2011

AMLO asegura su nombre en la próxima elección presidencial

Raúl Cremoux
cremouxra@hotmail.com
La Crónica de Hoy

Vino la elección en Oaxaca y, ante la fórmula inventada por Manuel Camacho e instrumentada por Marcelo Ebrard de ir junto con el PAN, López Obrador brilló por su mutismo, no obstante que atrás de esto el señor Calderón, el mismísimo usurpador, la había consentido.

Se diría que AMLO hizo ejercicio de silencio, ya que se trataba de vencer a un saliente gobernador de malos olores.

Más tarde se enfilaron Sinaloa y Puebla. La santa alianza se lanzó tras la rabia del desdeñado priista Malova en Culiacán, y aseguró, por otra parte, que el priista de rancia prosapia, Moreno Valle, encabezara la unión en Puebla. Panistas y perredistas juntos, muy juntos lo celebraron. Todo esto era por el bien de la patria y, ahí sí, el fin justifica los medios, y los modos.

En Guerrero, la mano de Ebrard y todo su cuerpo se hicieron presentes. Decía que debían derrotar un cacicazgo y la afirmación era poco comprensible, ya que el gobernador que dejaba la vacante era un perredista, Zeferino Torreblanca, quien se había caracterizado no por su autoritarismo, sino por su mediocridad. Y el caso se hacía aún más extraño porque la alianza, que finalmente se dio con el PAN, promulgaba las hazañas de un ex gobernador, Ángel Heladio, así a secas, quien fue acusado de diversas y graves tropelías; incluso de asesinatos de perredistas. Pero la Patria, con mayúsculas, exige todo tipo de sacrificios; exigencias que con la victoria le daban al operador mayor, a Marcelo, el sello de gran estratega de algo amorfo bautizado como “la izquierda”.

La hazaña de inteligencia retorcida y vestida de principios elásticos ya no le gustó al tabasqueño. Para eso, él es el bueno. Ahí sí se acordó que los actuales dirigentes del PRD y Marcelo están comprometidos con Los Pinos. Repentinamente se dio cuenta que el jefe de gobierno respalda la lucha de Calderón contra el narco, y súbitamente vio que ante el patrullaje del Ejército mexicano en diversos barrios del DF, el jefe de gobierno no sólo levantó la mínima protesta, sino que guardó un silencio que taladró la conciencia de varias tribus amarillas. Fue cuando trazó una línea muy clara: no más alianza con el partido de aquel que le robó la Presidencia, pues la aventura se centraba en la diadema más atractiva, en la gloria que a Marcelo le daría una cerrada batalla, aunque perdiera finalmente en Edomex.

¿Y si se alzara con la victoria, por pírrica que fuera?

Jamás correr un riesgo de tal dimensión. Los traidores ya no contarían con él y su furia se ablandó hasta el punto que no renunció, sino se autorrecetó una licencia, un permisillo para enfrentarse, por supuesto, al PAN, al PRI (remeber el PRIAN) y también a los traidores del PRD.

Por más operarios que envíe, a pesar del jugoso presupuesto que maneja, Marcelo no podrá hacerse solo con la victoria electoral; requiere de la estructura y los mandos del gobierno federal panista. AMLO sabe eso, como también el que, más allá de los pocos votos que pueda obtener “su” candidato en Edomex, lo fundamental es que pare en seco a su ex pupilo y protegido Marcelo Ebrard.

La carambola es más amplia. Convergencia y el PT no son nada sin López Obrador, carecen de identidad propia y lo que es definitivo, solos, aislados, sus puntajes no alcanzarían más allá del 6% juntos. Eso significa muy pocos diputados, casi ninguna presidencia municipal y tendrían que conformarse con un esmirriado presupuesto. Con AMLO podrían ir más allá del 10, quizás 12 por ciento. ¿No está mal, verdad?

Al PT le conviene tener desde ya un candidato fuerte y llamativo que le dé tono a su desdibujado logotipo, carente de programas y de metas. A López Obrador le viene muy bien tener un partido político dócil en el que sus dirigentes valgan lo que el ungido quiera. Con esto, él asegura que será candidato presidencial en 2012. Hoy es el único seguro que competirá con siglas que el IFE y las demás instituciones tendrán que respetar y reconocer.

La jugada está en marcha. A tan sólo unos días de su maldición y cortapisa contra la dirigencia del PRD, cuenta ya con once senadores y un titipuchal de diputados que, como él, tardíamente rechazan el ayuntamiento con el PAN.

Los leales al líder tabasqueño saben que sin él son nada. De ahí que la andanada contra Ortega y sus corifeos apenas comienza y continuará en ascenso.

El presupuesto es lo que los atrae y alimenta. No importan los sacrificios ni la dignidad. Eso es lo que vale la pena.

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