febrero 23, 2011

AMLO, Slim, Aristegui

José Carreño Carlón (@josecarreno)
Agenda del debate
El Universal

Tienen en común intereses entre grandes contradicciones. Comparten una vocación caudillista y un instinto refinado para las apuestas fuertes y los golpes sorpresa. Pero sobre todo participan de una parecida voluntad de dominio y protagonismo que no se detiene ante reglas de ningún tipo. Son Andrés Manuel López Obrador, Carlos Slim y Carmen Aristegui, unidos, una vez más, en el centro de la agenda pública mexicana de los últimos 15 días.

En sus campos respectivos: el político, el financiero y el político-mediático, si bien es común verlos avanzar un tramo con compañeros de viaje, más temprano que tarde tienden a quedarse con todo: todo el poder, el control total de los sectores económicos más codiciados, toda la gloria.

AMLO y FCH

Así, sólo desde el desconocimiento absoluto de la personalidad de AMLO alguien pudo imaginar que terminaría por subordinarse a la estrategia de alianzas encabezada por Calderón. O que acataría alguna regla para decidirlo: encuestas o consultas. O que lo iba a detener el vacío estatutario para irse sin irse del PRD. O que harían alguna mella en su decisión las boberías de las invocaciones panistas al diablo al que estaría sirviendo AMLO con su, al final de cuentas, congruente proceder.

No entendieron que AMLO tiene su propio proyecto, del que no lo distrae la obsesión del Presidente —ni de sus seguidores en el PAN y el PRD— de evitar el regreso del PRI a la presidencia torpedeando la alternancia con la fantasía de estar derribando otra vez al viejo régimen. Tampoco comprendieron que a AMLO no lo iba a seducir un reparto de cotos de poder entre los extraños compañeros de alcoba de su partido y otros grupos de izquierda con el presidente Calderón (quien una semana antes recibió en Oaxaca una muestra de lo que en esa alcoba se entiende por alianza y gobernabilidad).

Slim, progresista

Y quién iba a decir que Carlos Slim se iba erigir en el caudillo empresarial de la izquierda y de quienes a su vez se erigen en impulsores de una nueva transición democrática, ahora encabezada por el hombre más rico del mundo. Tuvo la visión y la inteligencia de blindar sus empresas y proyectos dominantes con un intenso cabildeo con espacios mediáticos, de intelectuales, de comunicadores progresistas —y de políticos de todos los colores—, a quienes aún les es dado condenar las privatizaciones y a los privatizadores, a condición de canonizar en sus altares al mayor número de beneficiarios del proceso. Desde esa plataforma pudo revestir de nacionalismo su eficaz resistencia a la apertura de las telecomunicaciones a la competencia internacional. Y pudo elevar su imperio a la condición del “monopolio bueno” frente a los malos de la banca y la televisión privadas. Y aquí empiezan algunos cruces más específicos entre los tres personajes. La lista de demonios empresariales que ondea AMLO no incluye a Slim y sí a quienes controlan los campos que tiene en la mira el caudillo empresarial de los buenos.

Carmen: juegos peligrosos

Y en estos mismos cruces, más de la mitad de la tertulia que sostuvo antier con Sergio Aguayo y Lorenzo Meyer, el primer día de su regreso a los micrófonos de MVS, los dedicó Carmen Aristegui a quitarse la etiqueta de vocera de los intereses del mismo Carlos y de gestora de intereses empresariales. Este rótulo se le quedó sobrepuesto al de mártir de la libertad de expresión en las redes sociales y en espacios tan disímbolos como los de Carlos Loret (EL UNIVERSAL, Televisa) y Julio Hernández (La Jornada). Y uno de los artífices de la gesta de su vuelta al aire etiquetó el espacio de Carmen menos como un espacio periodístico y más como un espacio político. El promotor de la estrategia de Calderón para lograr la alianza PAN-PRD en el Edomex, el diputado panista Javier Corral, tuiteó el martes antepasado al anunciar el regreso: “Varios tendrán que guardar el champagne para después (entre ellos Peña)”.

Juegos peligrosos. Apuestas fuertes. Golpes sorpresivos. De los tres.

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