febrero 01, 2011

De miedosos y siniestros

Federico Reyes Heroles
Reforma

Las sociedades democráticas por principio discuten. Provocar discusiones antes que condenar debería recibir reconocimiento de los demócratas. En México no es así. Por lo general quien se atreve a cuestionar en voz alta es apaleado. Ello muestra el profundo conservadurismo que impera. En México antes de discutir se descalifica. Además, intelectual come intelectual. Cándidos, ignorantes de los inconmensurables efectos perversos, siniestros. Ninguno de esos atributos es justo para quienes impulsamos una discusión muy compleja y de alcances nacionales. Mucho de patrimonialismo ronda. Parece que en México las ideas no están para ser debatidas sino para apropiarse de ellas.

Los peores enemigos del llamado "amparo de los intelectuales" han sido ¡otros intelectuales! Esos territorios ya tenían dueño, varios ordeñaban sus vacas, como diría Aguilar Camín. Hay papas de la democracia mexicana y de los medios que no soportan la mera discusión. Discutir, como avance implícito de la democracia, en México atenta contra las ordeñas. Si el dinero determinara el juego democrático, ningún partido socialista ni socialdemócrata hubiera llegado al poder. Los "ricos" se hubieran encargado de descarrilar el tren. Pero la democracia es más poderosa. La cuestión está en confiar en ella, en los valores libertarios que la sostienen. El miedo a la libertad es una amenaza. Si los medios determinaran los resultados del juego democrático, el NO chileno nunca hubiera ganado, Cárdenas no hubiera obtenido tantos votos, Madrazo hubiera avasallado, lo mismo que el PAN en el 2003. Ronda cierto desprecio por un elector común que -piensan algunos- no sabe discernir, no tiene criterio. Es un borrego de la imagen y las frases bonitas. En esa lógica es importante no exponerlo a demasiadas ideas, no vaya a ser que se confunda, sobre todo si se trata de una democracia joven. Todavía mejor, ¿por qué no decirle qué es lo correcto y qué no? Ese elector -en la mente del paternalismo político- no sabe qué quiere y necesita que el IFE elimine las expresiones impropias. Ese simplismo -los ricos y malos de un lado y el resto del otro- no cabe en una sociedad plural.

La mitología de lo políticamente correcto suple al razonamiento. Pelearse con los medios es en sí mismo correcto. Cualquier acción que pueda indirectamente favorecerlos es, en sí misma, incorrecta. Seguro hay algún interés oculto. Calificar de siniestra -avieso, malintencionado- una discusión es contrario a un verdadero ánimo democrático. Por fortuna hay otros niveles, basta con ver la discusión que se está dando en el Pleno de la Corte. Decir que ninguna libertad es absoluta es una obviedad. Decir que quien privilegia una sobre otra intenta "masacrar" es, cuando menos, demagógico. Un verdadero demócrata debería dar la bienvenida al tejido fino de cómo compatibilizar las libertades y la igualdad. Calificar de ingenuo a quien privilegia la libertad sobre la justicia muestra ignorancia. Se trata de una de las discusiones más ricas de la filosofía política. Si el debate fuera sencillo, ya hubiéramos terminado. La simplicidad atrae luces pero no es buena consejera.

Si se considera que los medios son perjudiciales para la discusión democrática, que se elimine su participación totalmente. Vayamos a campañas sin la participación de los medios como ocurre en varios países. Lo que no procede es vetar a la gran mayoría de la población, al 95% de los ciudadanos, privilegiando a una pequeñísima minoría: las dirigencias de los partidos. Ahí está el quid de la discusión. Se confronta un vago concepto de justicia electoral frente al muy concreto de igualdad ciudadana. Dónde quedan las jerarquías. Pero -ahora viene lo más incómodo- la muy sana politización y democratización de México no es explicable sin la participación de los medios. Pensemos en el México rural, en todos aquellos que -nos guste o no- se informan a través de los medios, más del 90% de los electores. El dilema es complejo.

Va desde abajo; como no confío en que el pueblo sepa elegir, procedo a filtrar las ideas. Erijo al IFE en censor. Para que los "ricos" -cuyas ideas pueden ser convincentes- no puedan comprar las conciencias de los electores inmaduros e ignorantes, procedo a vetar la participación de todos los ciudadanos y de las organizaciones civiles en los medios. Mi idea de justicia va primero. Lo electores todavía no son adultos para poder distinguir ni las ideas de los "ricos" ni las de los "malos".

Mecanismos de defensa ciudadana frente a reformas constitucionales; apego de los legisladores a los procedimientos; igualdad de los ciudadanos ante la ley, no a los privilegios para minorías, no a la discriminación, libertad para asociarse o no y libertad de expresión sin restricciones y ni censores. Por algo la Suprema Corte de Estados Unidos falló en contra de las limitaciones en el acceso ciudadano a los medios. Ésa es la discusión que se está dando en la SCJN, qué orgullo. Nada hay siniestro.

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