febrero 27, 2011

Egipto y su ejército

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

Un proverbio ruso dice que cien bastonazos en la espalda del prójimo son un verdadero placer. Parece que ha pasado la hora de los bastonazos en Egipto, mientras que en Libia es plomo lo que llueve sobre el prójimo del matón Gaddafi. Pero, ¿qué pueden esperar los egipcios de su ejército? Mohamed el-Baradei, premio Nobel de la Paz, por su contribución a la no proliferación de las armas nucleares, miembro de la oposición democrática no sabe qué pensar y tiene sus dudas. No se ha levantado el estado de excepción, los demócratas no tienen contactos con los militares, mejor dicho, hasta ahora los únicos contactados han sido los Hermanos Musulmanes, únicos en tener un partido bien organizado. El-Baradei piensa, sin embargo, que los militares no quieren conservar el poder, “tal vez no saben qué hacer con la papa caliente que les ha caído en las manos” (El País, 20 de febrero: 5).

Por lo pronto, la desaparición de Mubarak primero, luego del general Osmeini, deja todos los poderes a un Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, compuesto de altos oficiales del antiguo régimen, algo que recuerda al historiador lo que pasó a la caída del rey Faruk: primero los generales tomaron el poder; luego, fueron desplazados por jóvenes oficiales enojados, sin compromiso con el régimen anterior: entre ellos el coronel Gamal Abdel Nasser, el famoso Nasser. ¿Veremos el mismo guión desarrollarse?

Oficialmente, el ejército promete satisfacer el deseo de la nación y guiar la transición hacia la democracia; lo que implica elecciones libres antes de que termine el año (El-Baradei dice que los demócratas necesitan más tiempo para organizarse); respetar los tratados internacionales, empezando por la paz con Israel; mantener el orden y mejorar la situación económica del país.

Pero existen prioridades exclusivamente militares que condicionan lo anterior: hay que mantener la unidad de las fuerzas armadas, lo que puede implicar una purga en el alto mando, frente a las exigencias de jóvenes oficiales y soldados, influenciados o no por los Hermanos Musulmanes. La pesadilla de los oficiales es, en caso de radicalización, el surgimiento, sobre el modelo iraní, de un “ejército popular” de “pasdaran”. El historiador sabe, desde la Revolución francesa, que el ejército profesional las lleva todas de perder frente al ejército revolucionario. Además, hay que conservar la enorme ayuda militar (financiera) de EU, lo que impide jugar la baraja nacionalista o pan árabe frente a Israel, cuando existe todavía un sentimiento antiestadounidense y antioccidental bastante fuerte.

Todo lo cual necesita un talento de malabarista poco común. ¿Resistirán los generales leales a Mubarak (héroe de la guerra del Kippur, octubre 1973) a la tentación de conservar al máximo el antiguo régimen con sus prebendas? La presión de la calle debería ayudarles a resistir, puesto que saben bien que cualquier enfrentamiento violento con la masa les costaría el poder, con el surgimiento de un verdadero poder revolucionario: sangre de mártires, semilla de radicales…

¿Qué harán en los próximos días? ¿Privilegiar un acuerdo con los Hermanos Musulmanes que se presentan como discretas ovejas, favorables a una democracia laica? O empezar con un arreglo momentáneo (¿o sustentable?) con la minoría democrática, laica, modernizadora que lanzó el movimiento. Después de todo, muchos oficiales comparten estos valores, un poco sobre el modelo de la Turquía de Kemal Ataturk y también de la Turquía actual que ha visto, recientemente, los militares transferir, por fin, el poder a un civil (en la esperanza de conservar, a largo plazo, tanto sus intereses, como la herencia de Ataturk).

Pero los liberales al estilo El-Baradei, los estudiantes que fueron al principio la punta de lanza del movimiento, pueden resultar menos cómodos para los oficiales que los Hermanos Musulmanes: aquellos trabajan a largo plazo, desde casi 90 años, con paciencia y pragmatismo; han sobrevivido a todas las persecuciones, las más duras en tiempos de Nasser, el héroe del panarabismo y del “socialismo árabe”, el tercermundista ídolo de las multitudes. Esperan su hora, sin prisa y con mucho pragmatismo. Su partido, bien organizado, ya sale de la ilegalidad y bien podrían los generales concederle mucho espacio en el próximo Congreso. Hoy son mucho menos intransigentes que los liberales y, aparentemente, no piden nada. Hasta podrían aceptar el respeto del tratado de paz con Israel: no han protestado cuando el Consejo confirmó dicho compromiso. Aceptarían también el mantenimiento de la alianza militar con EU. ¿Y a largo plazo? ¡Quién sabe! Pesará también la marcha de los acontecimientos en el Magreb, desde Bengasi hasta Marrakech, y en Irán, Irak, Palestina e Israel…

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