febrero 07, 2011

El fin de las ideas

Jesús Silva-Herzog Márquez (@jshm00)
Reforma

Hace unos días murió uno de los grandes sociólogos norteamericanos del siglo. Su deceso apenas fue registrado por nuestra prensa. Daniel Bell, quien se llegó a describir como un especialista en generalidades, también era dado a las conciliaciones. Se definió como un socialista en lo económico, un liberal en lo político y un conservador en lo cultural. Si cada reino de la vida en sociedad tenía su propio régimen, no habría que esperar que una palabra nombrara los ideales de la eficiencia, la igualdad y la expresión. Nació en Nueva York hace 91 años. Pocos sociólogos como él tuvieron la capacidad de ver el sentido del futuro. No se dedicó a la ciencia ficción pero habló hace casi medio siglo de una sociedad en la que miles de terminales en casas y oficinas estarían enchufadas a una gran central de información. Desde su escritorio, cada uno se enteraría de lo que sucede en el mundo, pagaría servicios y compraría a distancia. En 1973 dijo que la computadora definiría el siglo XXI tal y como el coche había sellado el siglo XX. Acuñó la idea de la sociedad "post-industrial" anticipando la transformación de una economía concentrada en la producción masiva de cosas a una dedicada a prestar servicios; una sociedad en donde el conocimiento sería el recurso más preciado. En uno de sus trabajos más polémicos advirtió que el capitalismo no estaba marcado por una contradicción económica sino por un choque de carácter cultural. Si el capitalismo dependía de cierta ética del trabajo, el éxito del sistema terminaría destruyendo esas virtudes por el enamoramiento al consumo.

No escribía para sus colegas sino para cualquiera con interés en las ideas. El fin de la ideología fue considerado por el Times Literary Supplement como uno de los libros de reflexión más influyentes de las últimas décadas. La ideología cuya muerte anticipaba en el título era esa especie de religión secular que enciende la pasión política: un cuerpo de ideas que lo explican todo, que exigen adhesión absoluta y que pretenden cambiarlo todo. La ideología de la que habla Bell ofrece una brújula para orientarse en el mundo: un atajo para saber en dónde se encuentra uno y a dónde nos dirigimos. Nociones herméticas que se separan de los intereses materiales de la gente. El adelanto de Bell era que esas ideologías totalizadoras irían perdiendo fuerza frente al cálculo de lo conveniente. La política dejará de regirse por grandes banderas para seguir los acomodos del pragmatismo. El tono de Bell era ciertamente antirromántico, pero no cínico. Enfriaba los ardores de la política ideologizada para saludar el valor de ideas concretas y negociables, para darle la bienvenida a propuestas atractivas que no necesitaban cobijarse en una visión del universo.

En México podríamos celebrar igualmente el ablandamiento de los linderos ideológicos, la porosidad de las ideas, la inmersión en lo concreto. Los extremos se han ido diluyendo y parece haber una competencia por el centro político. Todo esto parece natural por las condiciones de competencia y hasta benéfico. Pero lo que hemos visto en las últimas jornadas va más allá de un enfriamiento. No hemos presenciado el eclipse de las ideologías sino la demolición de cualquier referente. No extraño en las campañas locales un fogoso litigio entre comunistas y cristeros, lamento su sinsentido, la ausencia absoluta de claves para descifrar su significado. He leído varias veces los reportajes que dan cuenta de las marometas, brincos y traspasos de la clase política de Baja California Sur. Francamente no entiendo nada. Sé que un exdirigente del PRD de aquellos tiempos de la dignísima resistencia contra el "fraude" ha respaldado al abanderado del PRI y es, al mismo tiempo, candidato del partido del clientelismo magisterial. Por fortuna no esconde sus luces: "Lo importante -dice- son las personas, no los partidos". En Guerrero un priista le ha ganado al PRI para recibir el aplauso entusiasta... del PAN. Ese partido que hablaba de la necesidad de cultivar con paciencia cuadros y simpatizantes se entrega a la idea de que no hay elección tras la siguiente y que lo único que vale es que pierda el PRI. Los herederos de Gómez Morin no tienen empacho de festejar a los priistas que, con métodos priistas, son capaces de ganarle al PRI.

Insisto: no se trata de exigir certificados de pureza. Toda política abierta implica el derecho a la infidelidad. Pero lo que está pasando en México alcanza niveles francamente grotescos. No es extraño que tengamos uno de los niveles más altos de insatisfacción con la democracia en el continente. A la política democrática no solamente le exigimos eficiencia, también le demandamos brújula: un arreglo que nos permita identificar en los partidos una tradición y ciertas persuasiones. Lo que vemos es el circo desvergonzado del personalismo. La alianza opositora debe postular a Enrique Peña Nieto como candidato a la Presidencia de la República. Podría evitar la desgracia de que ganara el PRI.

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