febrero 26, 2011

La pataleta

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

López Obrador ha mentido y simulado sus intenciones tantas veces como ha querido. Ha, incluso, inventado cifras y denunciado hechos o agravios inexistentes. La lista es larga

La consistencia intelectual y moral no es el punto fuerte de López Obrador. No lo ha sido nunca a lo largo de su vida política. Ha mentido y simulado sus intenciones tantas veces como ha querido. Ha, incluso, inventado cifras y denunciado hechos o agravios inexistentes. La lista es larga.

Siendo jefe de Gobierno de la Ciudad de México, en medio de sus conferencias mañaneras, respondió una y otra vez con la misma frase: "a mí que me den por muerto". La pregunta reiterada a lo largo de esos cinco años siempre era la misma: ¿será usted candidato a la Presidencia por el PRD?

Ya en campaña por la Presidencia de la República, se lanzó contra el Instituto Federal Electoral. Lo desacreditó y lo denunció como un instrumento de la mafia en su contra. El discurso, repetido a lo largo de esos seis meses, construyó un escenario de espejos: su victoria confirmaría la legalidad del proceso electoral, su derrota sería la prueba irrefutable de un gran fraude.

Con idéntico cinismo elaboró (mentalmente) y difundió sus propias encuestas. En las semanas previas al 2 de julio sentenció, una y otra vez, que las encuestas le daban una ventaja de 10 puntos sobre Felipe Calderón. Y lo mismo hizo el día de la elección. Se proclamó vencedor sin tener datos que sustentaran sus dichos.

Hoy sabemos, por- que así lo declaró Ana Cristina Covarrubias, quien realizaba las encuestas para la coalición Por el Bien de Todos, que López Obrador sabía perfectamente que estaba prácticamente empatado con Calderón y que la noche del 2 de julio no había encuesta de salida que le otorgara una ventaja de 500 mil votos.

Vino, después, como tenía que ser, la denuncia del gran fraude electoral. Primero declaró que se trataba de un fraude cibernético y advirtió la desaparición de 3 millones y medio de votos. Esos votos, que jamás desaparecieron, estaban clasificados y fueron consultados y verificados por el Partido de la Revolución Democrática a lo largo del recuento.

La denuncia de un fraude a la "antigüita" (relleno de urnas) fue la segunda etapa de su campaña de desinformación. La única prueba que presentó fue un video donde se intercambiaban votos de una urna a otra en Guanajuato.

La aclaración fue inmediata. La representante del PRD en esa casilla advirtió que se trataba de un procedimiento normal. Ella lo había atestiguado y los representantes de todos los partidos, amén de los funcionarios de casilla, lo habían aprobado.

Fue, entonces, cuando el "rayito de esperanza" tronó furioso y declaró: los representantes del PRD -o de la coalición Por el Bien de Todos- no son confiables y, seguramente, muchos de ellos han sido maiceados.

¿Qué pasa realmente en la mente de López? ¿Es un cínico que miente a sabiendas? ¿Padece una paranoia que le hace ver moros con tranchetes? Ambas cosas. Miente a sabiendas, pero también tiene una percepción deformada de la realidad.

Hay, por otra parte, un fuerte elemento autodestructivo -como lo mostré en la novela La victoria-. El indestructible, como él mismo se autodenominaba y denomina, se ha metido zancadilla en los momentos cruciales de su vida.

Después del fracaso del desafuero en 2005, la popularidad de López Obrador creció como la espuma. En el arranque de las campañas (2006) todas las encuestas le otorgaban una enorme ventaja. Pero entonces empezó a cometer una serie de errores. Unos por soberbia y otros por razones "inexplicables". Menciono dos. Se negó a ir al primer debate entre los candidatos a la Presidencia, porque consideraba que su ventaja era irreversible. Y gritó aquel famoso: "¡cállate, chachalaca!", contra el presidente de la República, que fue muy mal recibido por amplios sectores.

Pero todo eso palidece ante la estrategia poselectoral. La toma de Reforma y su autoproclamación como presidente legítimo de la República hicieron trizas su imagen. Los costos que tuvo para él y para el PRD son enormes y la cuenta no se detiene.

Analizado psicológicamente podría explicarse como un autocastigo. El "rayito de esperanza" no se perdona haber perdido la elección. Y menos aún haber sido él mismo uno de los principales artífices de su derrota. La autoflagelación como una forma de expiación.

La historia aún no termina. El alma en pena deambula en espera de cerrar su círculo. Por eso ahora se ha lanzado contra la alianza en el Estado de México y se apresta a ser candidato a la Presidencia de la República. Pero, como en el pasado, la consistencia no es su fuerte.

Las razones para oponerse a la consulta del PRD en el Estado de México no son ideológicas, son personalísimas. La estrategia es golpear a Los Chuchos para bloquear a Ebrard y postularse en 2012. No hay nada más. Por eso respecto de Oaxaca guardó un silencio prudente el año pasado y no cuestionó el entendimiento PRD-PAN.

Miente, además, a sabiendas y de manera cínica, cuando declara: a) tengo un pacto con Ebrard; b) en 2012 habrá que ver quién está mejor posicionado; c) declinaré a favor de Ebrard y apoyaré su candidatura si las encuestas o la consulta lo sitúan arriba.

Y no, nada de eso está en la naturaleza de López Obrador. Su estrategia tiene dos vertientes fundamentales: una es doblegar a Nueva Izquierda (Jesús Ortega) para imponer su candidatura en el PRD y someter a Ebrard; otra es romper con el PRD para organizar su movimiento de renovación moral (Morena) y postularse por una coalición PT-Convergencia.

La apuesta está sobre la mesa. No hay cartas marcadas. Sólo quien no quiere mirar no ve. Les toca a Ebrard, Camacho y Ortega pagar por ver o revirar. Pueden hacer lo que quieran, pero sería ingenuo que se chuparan el dedo.

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