febrero 18, 2011

Las mujeres salvarán a Italia

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Ahora que estamos en temporada de revoluciones les cuento una que nada tiene que ver con las que han convulsionado el mundo árabe. La están liderando las mujeres en Italia y su objetivo va más allá de echar del poder a Silvio Berlusconi; su objetivo es erradicar, de una vez por todas, la cultura machista y misógina potenciada a extremos insoportables por el primer ministro y sus canales de televisión, infestados de jovencitas ávidas de dinero rápido, que confunden el éxito con el tamaño de sus minifaldas y sus pechos operados.

Entiendo que la rabiosa actualidad impone escribir sobre Berlusconi, pero mi estómago no me permite digerir tanta inmundicia que rodea a quien pasará a la historia como el primer ministro juzgado por un delito de prostitución de menores. Prefiero mejor resaltar varios efectos colaterales derivados del irrefrenable comportamiento sexual del Cavaliere, uno negativo, la inquietante reacción de muchos, demasiados italianos, que siguen apoyándolo, a pesar de todo; y tres que animan a la esperanza: la negativa de la Justicia a dejarse intimidar por el poderoso aparato estatal-mediático-empresarial de Berlusconi, pese al permanente acoso a los jueces; el papel de trinchera antiberlusconiana que está ejerciendo la prensa libre, y a la vanguardia el diario La Repubblica; y, por último, la revuelta que ya mencioné y levanta entusiasmo y admiración, la de las mujeres que tomaron la calle el pasado domingo y prometen volver a hacerlo las veces que haga falta hasta que lo saquen del poder, porque, para todas ellas, su salida es una cuestión de dignidad personal y nacional.

La pregunta, llegados a este punto, clama al cielo: ¿Pero cómo ha llegado Italia a este extremo? ¿Cómo es posible que un primer ministro, que aprovechó su cargo para crear leyes de impunidad e impedir así que fuera juzgado por corrupción, soborno, nexos con la mafia y ahora abuso de poder y prostitución de menores, siga en el cargo?

La respuesta habría que buscarla primero, como no podría ser de otra manera, en la personalidad del propio gobernante, con la que se identifican o a la que aspiran muchos varones italianos. Berlusconi es un fanfarrón, que presume de dinero, poder y físico (trajes impecables, estiramiento de piel), que considera una santa a la mamma, pero que sueña con ver al resto de las mujeres a sus pies, siempre que sean bellas y sensuales y están dispuestas a jugar con él al “bunga bunga”.

Sumado a todo esto, el primer ministro abusa hasta lo intolerable en democracia de la propaganda. Aprovecha que tiene el control de casi todos los canales para promocionarse o para insultar a la oposición (y si son mujeres poco agraciadas, mejor). La veterana diputada izquierdista Rosy Bindi, que criticaba a Berlusconi en un programa en directo, tuvo que escuchar cómo era denigrada por teléfono por el primer ministro, quien dijo que ella era “más bella que inteligente”.

Pero esta es sólo una parte de la tragedia italiana, la otra es la oposición política, probablemente la más inútil e incompetente que se haya visto no ya en Italia, en Europa.

El último gobernante opositor, Romano Prodi, fue tan desastroso, tan incapaz de poner orden en el gallinero de partidos de católicos, de centro y de izquierda con los que ganó las elecciones, que a los italianos no les quedó otro remedio que apostar por lo malo conocido: Berlusconi y su cohesionado y derechista Polo de la Libertad ganaron otra vez las elecciones en 2008. Por tercera vez se erigía en primer ministro de Italia: Berlusconi se creyó no sólo salvador de la patria sino un intocable por encima de todos y de todo… hasta que se cruzaron en su camino las que podrían llevarlo derechito a la tumba política: las mujeres.

Una de las que le gustan, Ruby, marcó su perdición en el momento en que cruzó, siendo menor de edad, la puerta de la alcoba de su villa en Milán. Y otras cuatro más podrían derribarlo definitivamente: la primera, la juez Cristina di Censo, que no sólo se atrevió a juzgar de inmediato a Berlusconi (a partir del 6 de abril) por prostitución de menores y cohecho (abuso de poder), sino que decidió que lo hiciera la sala Cuarta del Tribunal de Milán, compuesta por tres mujeres, Carmen D’Elia, Giulia Turri y Orsola de Cristofaro.

Berlusconi tiene la soga en el cuello y serán mujeres —las juezas y las cientos de miles que se manifiestan en las calles— las que decidirán si lo ahorcan o no. De ellas abusó y humilló, ahora serán ellas las que lo juzgarán.

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