febrero 24, 2011

Matrimonio por conveniencia

Alfonso Zárate Flores (@alfonsozarate)
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

“Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero”.
Canción ranchera

Chuchos y lopezobradoristas están ensartados en una relación perversa: se odian pero se necesitan, se desprecian pero no están dispuestos a pagar los costos del divorcio.

Como toda relación que se precie de serlo, ésta tiene su historia: todo empezó hace algunos años cuando, desde la jefatura de Gobierno del DF, Andrés Manuel López Obrador constituyó un poder propio, sus acciones de alto impacto social (el apoyo a los viejitos y a las madres solteras, significativamente), su austeridad y la resonancia que los medios de comunicación le confirieron a su desempeño, lo proyectaron nacionalmente. En la víspera de los comicios presidenciales de 2006 ya no existían dudas, había desplazado a Cuauhtémoc Cárdenas y se convertía en el dueño absoluto del PRD.

Como jefe real del partido, Andrés Manuel exhibió un talante autoritario del que ya había dado muestras como gobernante: imponía sus decisiones y ninguneaba a quienes se atrevían a proponerle una línea de acción diferente: escogió a quien dirigiría al Comité Ejecutivo Nacional del PRD, Leonel Cota Montaño, también al dirigente del partido en el Distrito Federal, Martí Batres; definió incluso las candidaturas en las elecciones estatales. Nadie en su entorno se atrevía a resistirse al mando de quien sería el próximo presidente de la República. Su condición de auténtico líder popular le atrajo anchas bases sociales, sobre todo de millones de mexicanos maltratados por las políticas económicas de las últimas décadas, desesperanzados y justamente resentidos.

En las elecciones presidenciales de 2006, la derrota no era siquiera una posibilidad para López Obrador. De la misma forma en que llenaban las plazas, llenarían las urnas. Pero no ocurrió así. La suma de errores mayúsculos y una estrategia ruda, pero eficaz de sus adversarios (que lo ubicó como “un peligro para México”), modificaron las preferencias y lo llevaron a la derrota. Incapaz de reconocer sus propios errores, decidió conducir a los sectores más duros de entre sus seguidores, a un movimiento de resistencia. Algunas de las medidas que pusieron en marcha, como la toma de Paseo de la Reforma o su autoproclamación como presidente legítimo, parecieron darle la razón a quienes lo veían como un riesgo a la gobernabilidad. En ese contexto, algunas de las tribus perredistas decidieron recuperar su autonomía, fue el caso de Nueva Izquierda.

Hoy, el PRD sigue siendo la suma de muchas tribus, pero hay dos que predominan: la rupturista de Andrés Manuel y la dialoguista y pragmática, para decirlo de manera suave, de Nueva Izquierda, Los Chuchos.

A lo largo de cuatro años, los “puros” (la tribu de Bejarano entre ellos) han hecho todo para doblegar a Los Chuchos y sacarlos de la dirección nacional, sin lograrlo. Para no depender solamente del partido, López Obrador construyó su Movimiento por la Regeneración Nacional (Morena), que está formado por una masa portadora de agravios y disponible para lo que ordene un líder que no admite disidencias ni disonancias.

Candidato ad perpetuam —condición que aprendió de Cuauhtémoc Cárdenas—, Andrés Manuel denuncia ahora “el contubernio de los actuales dirigentes del partido con Calderón y el PAN” y, en consecuencia, ha solicitado una licencia en tanto permanezcan esos acuerdos. Sin esperar respuesta, ya anda por la libre y el domingo pasado, síndrome de Iztapalapa, casi convierte a Alejandro Encinas en el nuevo Juanito.

Esta disputa ácida dentro del mayor partido de la izquierda mexicana es una mala noticia. Pero no deja de sorprender, más allá del histrionismo, la poquedad de unos y otros: López Obrador, que gusta de mandar al diablo a las instituciones, no se decide a romper con el partido y en la acera de enfrente, ante los insultos del “Salvador de la Patria”, Los Chuchos ponen la otra mejilla. La razón es muy simple, están metidos en un lío, parafraseando el verso que dejé como epígrafe: ni con Andrés ni sin él, tienen sus males remedio: la ruptura desfondaría al partido, mientras que el tabasqueño necesita las jugosas prerrogativas del PRD (431 millones de pesos para este 2011) para impulsar su proyecto.

En tanto, el PRD sigue en un proceso, que parece irremediable, de descomposición.

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