febrero 02, 2011

Nilo

Diego Beas (@diegobeas)
ruta66@diegobeas.com
RUTA 66
Reforma

La última semana nos ha dejado inmejorables lecciones del mundo que viene. La nueva forma en la que se hace política; la velocidad con la que las condiciones sociales cambian y los regímenes se tambalean; la forma en la que se constata cómo la información se convierte en uno de los factores más explosivos de la cultura contemporánea; y cómo, también, las certezas de una política exterior de varios lustros se derrumba.

Me refiero, claro, al polvorín egipcio, la calle árabe y cómo, en pocos días, la rabia y frustración acumuladas durante décadas han prendido el Nilo en llamas.

Con las pistolas todavía humeando y los manifestantes aún en la calle, no me propongo hacer aquí una lectura exhaustiva de los acontecimientos. No sólo sería imprudente, también escapa del ámbito de este espacio. Lo que no escapa son las implicaciones que los acontecimientos han tenido ya para la Administración Obama. Más en concreto, para el Departamento de Estado y sus 30 años de políticas amigables hacia un régimen que hoy se encuentra contra las cuerdas, a punto de ser noqueado.

Lo más fascinante de los acontecimientos de las últimas semanas -la fuerza de la ola, recordemos, no se originó a las orillas del Nilo, sino más al oeste, en Túnez, un pequeño país a las puertas de Europa- ha sido ver cómo se convierte en realidad lo que algunos llevamos diciendo desde hace tiempo: la velocidad del mundo moderno altera dramáticamente la forma en la que se desarrollan incontables procesos. Algunos muy obvios e intrascendentes; otros más complejos y que lentamente transforman la forma en la que se constituye el poder en la base, en su origen. Las revueltas en Egipto, sin duda, son un ejemplo de ello.

Un régimen que alcanza tres décadas y había construido su dominio sobre la centralización extrema del poder y la asfixia de la oposición. El dilema para el Departamento de Estado está en que, a pesar de todo, Hosni Mubarak era hasta ahora la cara amable del mundo árabe. No sólo abiertamente pro estadounidense, sino y sobre todo, no anti israelí. Un aliado clave, pues, al que Estados Unidos aporta más de mil millones de dólares anuales en varios tipos de ayuda -incluyendo la militar-.

Así que, ¿qué hacer cuando, de la noche a la mañana, la gente se lanza a la calle y exige la cabeza del régimen? La Administración Obama ha pasado de la incredulidad del comienzo -en sus primeras declaraciones el vicepresidente Joe Biden mostró simpatía hacia Hosni Mubarak- a una respuesta más matizada que con el paso de los días se ha ido acercando a la de los manifestantes y que ayer alcanzó su apoteosis cuando Washington le exigió Mubarak que no se presentara a la reelección.

Uno de los múltiples retos de este nuevo ecosistema de la información sobre el que ya he hablado aquí, es la velocidad a la que se mueven las noticias y el reto que ello supone para los gobiernos y la forma en la que calibran sus respuestas. Estados Unidos bordea una fina línea que divide el mostrar abierta simpatía por los manifestantes (que no hacen otra cosas que exigir derechos elementales) y denostar a un dictador "amigo" que durante 30 años le ha dado estabilidad a su política exterior en la región.

El Gobierno camina con pies de plomo ensayando algo completamente nuevo: formular una nueva política hacia un aliado tan importante como Egipto en cuestión de, literalmente, unas cuantas horas. El manejo del conflicto por parte de la Administración en las próximas semanas será clave tanto para la propia política exterior de Obama en Oriente Medio como para saber hasta qué punto se puede sostener con congruencia una posición en un marco político tan volátil.

Las lecciones, desde luego, van mucho más allá de Egipto y la calle árabe. Que el mundo árabe haya sido el primero es más una coincidencia fortuita que algo singular de la región. Así como en esta ocasión fue Egipto, mañana puede ser Jordania, China, Bolivia, Venezuela o...

O cualquier país en donde la ineficacia del Estado sea rampante. Así que, gobiernos incompetentes del mundo, avisados están.

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