febrero 02, 2011

Nuestros partidos: ¿hacia dónde?

Armando Román Zozaya
armando.roman@anahuac.mx
Investigador de la Facultad de Economía y Negocios Universidad Anáhuac
Excélsior

No son los únicos generadores de ideas: las ONG, la ciudadanía, algunas organizaciones internacionales, etcétera, también contribuyen al respecto.

Los partidos políticos permiten que la ciudadanía se agrupe de acuerdo con sus ideas. Igualmente, sirven para solidificar éstas, transmitirlas a otros ciudadanos, generar cuadros e intentar llegar al poder con el fin de implementar lo que defienden.

Esto no quiere decir que sólo los partidos pueden representar a los ciudadanos o hacer política o crear cuadros o que solamente por medio de ellos se pueda acceder al poder. Asimismo, los partidos no son los únicos generadores de ideas: las ONG, la ciudadanía, algunas organizaciones internacionales, etcétera, también contribuyen al respecto. Sin embargo, dependiendo de la legislación correspondiente, puede ocurrir que sí sean únicamente los partidos quienes representen a los ciudadanos ante las instancias de decisión colectiva. De hecho, eso sucede en México: hay muchos actores que no son partidos y tienen buenas propuestas pero, éstas, de ahí no pasarán a menos que un partido las haga suyas. De la misma forma, sólo quienes son postulados por uno pueden aspirar a cargos de elección popular.

Los partidos pueden ser, entonces, muy útiles, y son indispensables para la democracia. Pero sus resultados y comportamiento están condicionados por la legislación a la que se encuentran sometidos y, especialmente, por aquella que deben respetar quienes no son parte de ellos. Por ejemplo, un sistema político que permite candidaturas independientes obliga a los partidos a comportarse de una manera diferente a la que mostrarían bajo un sistema que no las acepta.

En México, la legislación relevante está hecha por y para los partidos; los ciudadanos que no estamos afiliados a uno no tenemos canales de acceso a la toma de decisiones. Podemos presionar, crear una ONG, opinar en medios, manifestarnos en la calle, votar, etcétera, pero, como ya decía, hasta ahí llegaremos a menos que un partido se comprometa con, y respalde plenamente, nuestras ideas, cosa que no suele ocurrir.

Esta relativa autonomía de los partidos ante la sociedad daña a la democracia, pues la gente no encuentra en ellos lo que deberían ofrecer, sino los percibe como entes especiales, instancias fuera del alcance de la colectividad, desvinculadas plenamente de ésta, interesadas en el poder y nada más.

Los partidos mismos se sienten diferentes a la ciudadanía y alienados de la sociedad. Así, por ejemplo, hablan de candidaturas “ciudadanas” vs. candidaturas “partidistas”. Esto implica que creen que el ser miembro de un partido significa separarse de la condición de ciudadano y, lo que es peor, desarrollar intereses partidistas que no necesariamente coinciden con lo que la sociedad anhela: los partidos mismos reconocen, y se comportan, como si no fueran parte de la colectividad, como si vivieran en un mundo paralelo pero, eso sí, esperando siempre de la sociedad presupuesto y votos.

Un sistema político cuyas reglas generan lo que he comentado resulta, pues, en una total desvinculación entre los políticos y quienes no son parte de la política, o sea, entre quienes dirigen a la sociedad y quienes son dirigidos. Es urgente, entonces, que los partidos asimilen que son parte de la sociedad, que sus militantes son ciudadanos y que, obviamente, la figura del partido, por lo ya explicado, es muy importante. Sin embargo, para que esa importancia rinda, son imperativas reglas del juego político que generen vinculación partidos-sociedad y permitan también candidaturas independientes (mas no “ciudadanas”, pues toda candidatura es ciudadana por definición).

Sé que lo que pido es utópico: a nuestros partidos no les interesa el país. A quien lo dude, lo invito a que vea lo ocurrido en Guerrero y se pregunte si eso es lo que se espera de partidos políticos responsables y coherentes, etcétera. Creo que no y, por eso, en parte, nuestra democracia no se ha consolidado. Pobre México: de seguir así, nunca dejaremos de ser lo que somos.

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