febrero 22, 2011

Punto sin retorno

Jorge Alcocer Villanueva
Reforma

La decisión de Andrés Manuel López Obrador de concederse licencia en su militancia en el PRD es la jugada final en la pugna que mantiene con el grupo de los Chuchos. Estamos ante una maniobra de presión dirigida a quienes, dentro y fuera del PRD, siguen viendo al tabasqueño como el Moisés que habrá de llevarlos a la tierra prometida.

El anuncio se produce a las pocas horas de que el Consejo Nacional perredista aprobó la consulta para definir la alianza de ese partido con el PAN en el Estado de México, y a menos de un mes de la asamblea en la que habrá de elegirse al presidente y secretario general.

Cabe preguntar por la razón que lleva al tabasqueño a rechazar tal consulta. Siendo jefe de Gobierno, Andrés Manuel utilizó ese método, o el de encuestas, para justificar decisiones polémicas, como fue la construcción del Segundo Piso en la Ciudad de México. Se dirá que son asuntos de naturaleza diferente, que ahora están en juego los "principios" que defiende y promueve, contra viento y marea.

Sólo que el año pasado sus "principios" no llevaron a López Obrador a desplegar la misma descalificación en los casos de Oaxaca, Sinaloa y Puebla, en los que su partido se coaligó con el PAN y juntos lograron desplazar al PRI del gobierno en esos tres estados. Es cierto que no participó de manera directa en apoyo a los candidatos aliancistas, pero también lo es que se abstuvo de una condena tan radical como la que viene propalando en su gira por el Estado de México.

No estamos ante un asunto de "principios" (parafraseando a Marx -Groucho-, los de Andrés Manuel se adaptan a las circunstancias y a sus personales visiones y proyectos) sino ante una acción que busca influir en el ánimo de quienes participen en la anunciada consulta, así como en los delegados que en marzo habrán de elegir al nuevo dirigente perredista. Al emplazar no sólo a sus adversarios, sino al perredismo en su conjunto, a definir si están con él o contra él, López Obrador está planteando con nitidez sus personales opciones hacia el 2012.

En el caso de que salga airoso de este lance y logre evitar la coalición entre el PRD y el PAN en tierras mexiquenses, habrá asestado un golpe demoledor al grupo de los Chuchos y quedará en situación de ganar para sus aliados la dirigencia perredista en la asamblea de marzo. Pero lo más importante es que colocará a Marcelo Ebrard en clara -y quizá irremontable- desventaja en la carrera hacia la candidatura presidencial.

Cabe suponer que López Obrador consideró que la consulta será favorable a la posición de sus adversarios, y que corría el riesgo de que Alejandro Encinas admitiera el resultado, incluso manteniendo su postura de no ser el candidato de la coalición. Buscando atajar lo segundo lanzó un emplazamiento a Encinas exigiéndole definir si aceptaría ser candidato por fuera del PRD.

Tomado por sorpresa, el coordinador perredista en San Lázaro sacó la casta y optó por defender su militancia en el PRD: "Ésta es una responsabilidad (de todos), ahora sí que no me quieran cargar el muertito a mí solo", le respondió delante de los asistentes al mitin del pasado domingo en Texcoco (Reforma, 21/02/11, p.4).

¿Quién es el "muertito" que Encinas se niega a cargar solo? Podría ser su candidatura por el PT y Convergencia; pero el propio Alejandro la ha descartado, como rechazó la petición de solicitar licencia a su militancia. Sólo el diputado Encinas puede aclarar en qué o en quién estaba pensando. Por lo pronto le ha quitado a López Obrador la posibilidad de provocar una fractura catastrófica para la eventual coalición en el Estado de México, dejando el terreno en una situación muy semejante a la que se vivió en Puebla el año pasado, cuando el candidato del PT no hizo mella alguna.

A menos que López Obrador logre la carambola de tres bandas que con su "licencia" pretende, la salida del PRD quedará como su única opción. Habrá que esperar para ver cuántas tribus lo siguen en su salida, y si con el PT, y quizá Convergencia, postulándolo para 2012, puede dejar al PRD como "cascarón vacío".

El conflicto llegó al punto de no retorno. O les gana, o se va. El costo de un liderazgo sin contrapeso es la, al parecer, inevitable fractura del partido que lo toleró.

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