febrero 22, 2011

Revoluciones en Medio Oriente

Mauricio Meschoulam (@maurimm)
Internacionalista
El Universal

Hilos conductores. Circunstancias cercanas. Caminos que se encuentran para decirnos que el mundo no marcha como debiera. Que de pronto nos sorprenden y nos hacen preguntarnos qué sucede, como si no estuvieran ahí las crónicas previamente anunciadas. Como si se necesitara que un hombre desempleado tuviese que vender vegetales en una calle tunecina para enterarnos de que las cosas no van, y de que un día el mundo iba a cambiar por siempre. Y cambió. Aunque no sepamos exactamente cómo acaben todas estas historias, el mundo es otro. No a partir de que Mohamed Bouazizi se inmoló por no poder vender sus verduras, sino a partir de que se inventaron los medios para que los seres humanos del planeta interactuaran de manera horizontal sin demasiados permisos. A partir de que los espacios de comunicación se multiplicaron exponencialmente, transformando con ello los mismos patrones que la sociedad usa para reproducir su entendimiento y su representación de lo que está bien o mal, y —sobre todo— lo que debiera hacerse para transformarlo.

Es de esos momentos en la historia en que lo común parece comenzarse a imponer frente a lo diferente. Porque las razones para que todo explotara existen desde hace muchas décadas. Y no solo en esos países en los que se observan sociedades iracundas buscando algún camino para manifestarse, sino en muchos otros donde, lo veamos o no, hay condiciones similares. No obstante, es precisamente en la región de Medio Oriente donde, una vez más en su historia milenaria, todo comienza.

Hay motivos fuertes para afirmar que Túnez, Egipto, Yemen, Jordania, Sudán, Argelia o tantos más son países y sociedades muy distintas entre sí y que, por consiguiente, los eventos no tendrían que estarse replicando de manera automática. Sin embargo, hemos sido testigos de sucesos que rebasan las fronteras locales. Y entonces para ver si lo entendemos encontramos los patrones, que si se buscan los hay: altos desempleos, sociedades hambrientas, gobiernos autoritarios que impiden incentivos políticos o alternativas para expresar y procesar el descontento, dictadores ligados y sostenidos por Occidente para un diseño estratégico regional que no está preparado para los cambios abruptos pues se alterarían los esquemas que han vivido ya demasiados años. En pocas palabras: situaciones cómodas para muchos y desesperadas para muchos más que no eran capaces de moverlas. Las cosas no podían permanecer eternamente de esa manera.

Pero eso ya se sabía. La gran pregunta que todos se hacen es en dónde se encuentran las causas de la explosión y del contagio. ¿Qué es lo que ocasiona que un problema en una determinada circunscripción y que obedece a circunstancias particulares, de pronto rebase las fronteras y se convierta la mecha encendida que provoca incendios lejanos? Y sí, por supuesto, ahí están las redes sociales, el internet, y los vertiginosos medios de comunicación que en materia de segundos consiguen socializar los acontecimientos. Ya no es necesario esperar a la plaza pública. Éstas dejaron hace un tiempo de ser espacios físicos para convertirse en territorios virtuales.

Sin embargo, y para variar, el fenómeno se exagera y se achaca a estos nuevos medios de comunicación el ser la causa, razón y origen de las revoluciones que atestiguamos, pecando de simplicidad. Porque, entendámoslo, no se trata ni de Twitter, ni de Facebook, sino de una sociedad hambrienta y desesperada que no encuentra caminos para salir adelante, y que usa este tipo de herramientas para expresarse y encontrar formas de interactuar, de enterarse rápidamente de las cosas que pasan en otros lugares. No son los medios, es la gente que los pone en marcha. No es una causa, son las múltiples causales girando en una misma dirección, encontrándose en el camino, y explotando a la vez, mezclando la pólvora con la dinamita, las condiciones de fondo con los detonadores, y produciendo al hacerlo una onda expansiva de la que apenas estamos comenzando a ver las primeras consecuencias.

Inocentemente, las fuerzas que siguen pugnando por que todo siga igual creen que apagar el internet o bloquear Facebook puede, en esta clase de planeta, detener los cambios, sin comprender que la posibilidad de comunicarse a través de estos nuevos medios, era lo único que quedaba a cientos de miles de Bouazizis que solo intentaban vender verduras en las calles del desempleo. Cuando esto les fue arrebatado, salieron enardecidos a demostrarlo. No, este mundo ya no es el mismo. En lugar de cortar los canales de comunicación, habría que pensar imaginativamente en las maneras de restablecerlos. Porque a veces, a falta de pan, el ser humano necesita al menos poder usar su última esperanza, la palabra.

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