febrero 12, 2011

¿Santa Aristegui de Arco?

Hugo García Michel (@hualgami)

hgarcia@milenio.com
Cámara Húngara
Milenio

Cuando algunos comentaristas deportivos se refieren al director técnico del Cruz Azul, Enrique El Ojitos Meza, antes de lanzar algún comentario crítico sobre sus métodos futbolísticos siempre aclaran: “El Ojitos es muy buena persona, pero…”. Lo mismo aplicaré esta vez para el caso de Carmen Aristegui. Podré no estar de acuerdo con muchas de sus posiciones y creo que cometió un error (¿consciente, inconsciente?) con sus comentarios radiofónicos acerca del presunto alcoholismo del presidente de la República, pero me parece una periodista honesta, talentosa, de gran inteligencia… y buena persona, como El Ojitos.

A mi modo de ver, Carmen se equivocó al hablar como lo hizo de Felipe Calderón, a quien si bien no acusó directamente de ser un bebedor, sí se puso del lado de quienes exigen que cuando existe alguna falta, las pruebas las aporten los acusados en lugar de los acusadores. No entiendo por qué la Presidencia tendría que aclarar si el primer mandatario es o no alcohólico. Más bien, son aquellos que aseguran que lo es quienes tendrían que aportar evidencias claras y contundentes al respecto y no dejar correr rumores que hasta ahora son infundados. Por eso, en lugar de pedir pruebas a Los Pinos, debió exigírselas a los diputados del PT que lanzaron la acusación en su famosa manta. Eso habría sido más periodístico y sobre todo más ético.

Ahora que una cauda de fanáticos grita “Todos somos Aristegui” y que ella misma maneja su imagen pública en plan de mártir de la democracia y de la libertad de expresión, no está por demás ver si de veras hay un gobierno represor frente a nosotros. Yo por ninguna parte lo veo, cuando menos desde hace catorce años. Tan no lo hay que es hoy muy fácil jugar el papel de víctima sin que algo suceda. Dudo que esto hubiera podido hacerse en las épocas de un Gustavo Díaz Ordaz o de un Luis Echeverría Álvarez.

No defiendo a los dueños de MVS, pero sí noto que Aristegui corre el riesgo de convertirse en la Noroñas del periodismo. ¡No la amueles, Carmen!

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