marzo 10, 2011

DF: el perfil de la locura

Rafael Pérez Gay
El Universal

Cito de memoria aquel aforismo de Bernard Shaw en el que afirmaba que la estadística era una ciencia que demostraba que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, ambos tenemos uno. He recordado la máxima fisgando aquí y allá en los resultados del censo de la ciudad de México que ha presentado el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. El manicomio urbano en el cual habitamos lo forman 8 millones 851 mil personas, desde luego sin contar lo que se conoce como Zona Metropolitana, ese manicomio es casi tres veces mayor en número. Somos especialistas en sobrecupo y empellones, cada mañana un éxodo de casi cuatro millones de seres humanos se trasladan por la superficie de asfalto y debajo de la tierra rumbo al trabajo y más tarde de regreso a casa. Es una de las migraciones cotidianas más grandes del mundo. En comparación con el conteo del año 2000, hay 245 mil habitantes más en el hormiguero.

Los habitantes de la ciudad tenemos menos esperanza, tiempo, dinero, o las tres cosas a la vez. La tiranía de la vida diaria ha disminuido la fecundidad. El promedio de hijos nacidos de las mujeres de entre 20 y 49 años ha bajado en todos los rangos. Pienso en otra alternativa ante la disminución de la natalidad: la rebelión de la intimidad en la cual las mujeres juegan un papel protagónico y definitivo las ha persuadido de que no es la hora del pañal y el biberón. La mujeres son el grupo mayoritario: por cada 100 de ellas hay 92 hombres. El INEGI no añade si se trata de hombres cansados o meditabundos, melancólicos o enérgicos, las encuestas no transmiten emociones.

La población económicamente activa aumentó. Los hombres y las mujeres que trabajan pasó de 67% a 69%. Sé que los economistas verán en este porcentaje una buena noticia, pero la verdad es que yo lo traduzco en horas y horas de labores nefandas, trabajos infames para ganarse la vida en la ciudad. Por cierto, 96% de la población de entre 6 y 14 años asiste a la escuela, aunque sólo 52% de capitalinos de entre 15 y 24 años acude a algún plantel de educación media superior. Aún así, el nivel educativo de los capitalinos subió en los últimos años.

Algo ha ocurrido con el amor. Ha cambiado una de sus caras. Me detengo en uno de los datos más interesantes del censo: el número de parejas casadas se ha reducido mientras aumenta la unión libre, la soltería y los divorcios. Las personas que han decidido unirse en matrimonio representaban hace 10 años el 40.7% de los capitalinos; en cambio, en nuestros días ese porcentaje ha disminuido al 35.5%. Se habían tardado, en casa llevamos años esperándolos en unión libre.

No casé. No puse mesa de regalos en almacén de reconocido prestigio, no vestí traje negro ante el juez y mucho menos ante cura de parroquia, no alquilamos una casa para invitar a nuestros amigos y amigas a beber y a comer, en consecuencia nunca hemos reñido por la lista de invitados, las invitaciones, los testigos, el menú de la boda. Nunca tuve que contratar a un grupo de músicos y pedirles encarecidamente que fueran el alma de la fiesta. Como ustedes podrán entender, no bailé Caballo Dorado, ni La Bala, ni el clásico Carnaval de la gran Celia Cruz. He bailado sí, en las bodas de otras parejas y bebido fuerte a expensas de dos enamorados que no hemos sido nosotros. No aventé la liga (¿se avienta una liga? ¿Tiene todo esto algo que ver con Bejarano?) ni mis amigos me maltearon, ni mi madre lloró al oír al juez o al cura, ni han dicho a nuestras espaldas: no harán huesos viejos. Confieso que alguna vez, en la alta noche, tuve nostalgia de una boda infame.

Fisgando entre tantos porcentajes, recordé un poema del gran poeta peruano Antonio Cisneros que se llama “Dos sobre mi matrimonio uno”. Voy a copiar unas líneas: “Que fue eso de casarse en una iglesia barroco colonial del siglo XVII en Magdalena Vieja. Pero la arquitectura no nos salva. Verdad que así tuvimos un par de licuadoras, un loro disecado, cuatro urnas, artefactos para dieciocho oficios, seis vasijas en cristal de Bohemia y ocho juegos de té con escenas de amor pastoril (que los cambiaste por una secadora de pelo y otras cosas que no te regalaron)”. Como otras veces me he desviado, yo quería decir que en el perfil de la locura del Distrito Federal hay más uniones libres, divorcios y solteros. No todo se ha perdido.

No hay comentarios.: