marzo 25, 2011

La gran final

Macario Schettino (@mschetti)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

El PRD parece estar jugando su gran final. En el viaje de ida, el domingo pasado, se logró conjurar la ruptura, al costo de una dirigencia inutilizada por la tensión; en el viaje de vuelta, este domingo próximo, serán los mexiquenses los que decidirán el futuro del partido.

El fin de semana pasado el PRD eligió su nueva dirigencia. Nueva Izquierda y sus aliados no pudieron alcanzar las dos terceras partes que les garantizaran el control del partido. No lo lograban ni siquiera con el apoyo de Marcelo Ebrard, quien prefirió entonces lanzar a su candidato como tercera opción. La decena de votos que hubiese hecho la diferencia no llegó, tal vez por la amenaza de la ruptura definitiva. El resultado parece sumamente inestable: la presidencia del partido en una dirección y la secretaría general en la opuesta.

Pero es posible que la inestabilidad llegue a su fin este mismo domingo, si la consulta arroja apoyo suficiente para la alianza PAN-PRD. El acuerdo firmado por la dirigencia anterior, y respaldado por el Consejo Nacional del partido, obliga a la consulta, y a su resultado. Sin embargo, aunque parezca extraño, los obradoristas, y la señora Padierna, insisten en que el Consejo no autorizó la alianza, sino sólo la consulta. Sé que parece absurdo, pero ése es el argumento.

De ser aprobada por los mexiquenses la consulta, el PRD tendrá que proceder a formalizar la alianza, y eso provocará la ruptura tan dificultosamente evitada hace unos días. La alianza significa la salida de los obradoristas del PRD, tal vez en la virtual opción de la “licencia”, y su aglutinamiento alrededor del PT y Convergencia.

Alejandro Encinas, precandidato del PRD, ha dicho en muchas ocasiones que no está dispuesto a competir bajo otras siglas: ni en alianza con el PAN, ni como candidato de PT y Convergencia. Pero está metido en un brete: si la alianza se confirma, tendrá presión para ser su candidato, y tendrá presión para serlo sólo de PT y Convergencia. En ambos casos, hay pérdidas.

La ruptura ya no podrá corregirse en los próximos meses, y así llegaremos a la elección del 2012, con el PRD por un lado y el PT y Convergencia por otro, ambos sin posibilidad alguna, y tan sólo buscando una base para sobrevivir. Se pone en riesgo el gobierno local más importante del partido, el Distrito Federal, y sin duda una cantidad importante de senadurías y diputaciones. El bipartidismo del que tanto se quejó la izquierda habrá sido construido por ellos mismos, y ellos mismos se habrán excluido.

Existe la posibilidad, claro, de que la consulta resulte en contra de la alianza, y entonces regresemos a la inestabilidad en la dirigencia del partido de la que hemos hablado. Quien crea que la divergencia entre Nueva Izquierda (Jesús Zambrano) e Izquierda Democrática Nacional (Dolores Padierna) se limita a este tema, se equivoca. Es más bien al revés, este tema deriva de su divergencia original: dos visiones del país y del mundo, dos formas de hacer política, dos candidatos presidenciales.

El rechazo popular a la alianza llevaría a nuevos enfrentamientos entre estas dos posturas, alrededor de lo que sea necesario, siempre en la lógica del 2012, y siempre con la tendencia a la ruptura, y a la debacle que ya hemos referido.

Hay una tercera posibilidad, sin embargo. Puede ocurrir que la consulta apoye la alianza, y que, frente a la inminente ruptura que ésta significa, el grupo mayoritario en el PRD decida posponer una vez más el enfrentamiento. Basta atorar los trabajos de formalización de la alianza, alrededor del candidato, la plataforma, o lo que sea. Este escenario nos lleva al anterior, la inestabilidad, con el agravante del descrédito: un acuerdo del Consejo Nacional se derrumba. A lo mejor no será la primera vez, pero será muy público, y muy cerca del 2012. Un partido que no cumple su palabra, difícilmente puede aspirar a gobernar el país.

Es así que la gran final del PRD parece cantada: van a perder, solos. Bajo los tres escenarios, pierden todos los actores. En el intento de cerrar el paso a Marcelo, López Obrador destruirá el partido. No es algo que se le ocurrió hace unas semanas, es algo que inició al día siguiente de su derrota en 2006, y está por concluir. Una obra política de la que nadie más se enorgullecería: destruir al partido que le dio todo.

Hay muchos que se arrepienten de haberlo apoyado en 2006, porque dicen no haber imaginado en lo que se convertiría. Habrá aún más arrepentidos.

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