marzo 16, 2011

La salud es lo primero

Armando Román Zozaya
armando.roman@anahuac.mx
Investigador de la Facultad de Economía y Negocios Universidad Anáhuac
Excélsior

Un amigo médico siente coraje cada vez que ve o escucha uno de los anuncios del Seguro Popular: la realidad es muy diferente.

Mi niño, Charlie, de dos años de edad, fue diagnosticado con neumonía el martes 1 de marzo. Se le hospitalizó y comenzó a recibir antibióticos por la vía intravenosa. El día 2 fue operado para extraerle un líquido que se le había acumulado entre el pecho y el pulmón. Desde entonces y hasta el miércoles 9 estuvo en terapia intermedia. Mientras tanto, se le tomaron varias radiografías, una tomografía, se le hizo una transfusión de sangre, etcétera. Al día de hoy, martes 15, Charlie sigue hospitalizado. Sin embargo, para cuando usted esté leyendo estas líneas, amable lector, ya habrá dejado el hospital, el cual, por cierto, es privado; el niño se atendió ahí gracias a un seguro médico pagado por la universidad para la que trabajo.

Mi esposa y yo la hemos pasado peor que mal, lo que me invitó a pensar que, si nosotros que contamos con un seguro médico privado y tenemos empleos estables, así como el apoyo de familiares y amigos, nos estábamos muriendo de angustia, ¿qué será de los padres cuyos hijos enferman y no tienen IMSS, ISSSTE ni, mucho menos, seguro privado? ¿Qué siente la madre de un niño que es internado en un hospital del sector salud que no cuenta con medicinas ni equipo? ¿Qué es del niño?

El gobierno federal diría que podemos dormir tranquilos: el Seguro Popular protege a todos los niños del país, y a todos los mexicanos que no cuentan con IMSS, ISSSTE o seguro privado. Es más: el Seguro Popular sirve a 43 millones de compatriotas, y bien.

Comenté todo esto con un amigo médico que trabaja en un hospital privado, y adscrito a ese Seguro, en uno de los hospitales del DF. Me dijo que no es útil: varios de los servicios que otorga tendrían que ser oportunos pero, por ejemplo, si el paciente necesita un antibiótico complejo, como fue el caso de Charlie, el doctor tiene que hacer el pedido al gestor del Seguro Popular y esperar a que el antibiótico sea aprobado y enviado al hospital. Este procedimiento puede durar de un día a un mes, dependiendo de si es fin de semana, si es de noche (nada se puede gestionar por las noches), de si hay existencias y de si se está en diciembre, enero o febrero, meses en los que ya se acabó el presupuesto de dicho Seguro. En varias ocasiones, dos días —ya no digamos un mes— es demasiado: por citar un ejemplo, un paciente como mi niño, pero que no reciba antibióticos intravenosos, muere. Por ello, mi amigo el médico siente coraje cada vez que ve o escucha uno de los anuncios del Seguro Popular: la realidad es muy diferente.

De hecho, él y varios de sus colegas, contraviniendo la ley, piden a los familiares de sus pacientes que compren tal medicina o tal equipo para así ayudar a los pacientes mismos. A veces ya ni eso hacen, pues saben que lo que requieren es muy caro. En esos casos, se limitan a establecer en el expediente de los pacientes que éstos no fueron tratados de manera adecuada por, literalmente, falta de recursos.

La neumonía de Charlie costó 400 mil pesos. Según varios médicos, en un hospital público el costo hubiera sido de más o menos 200 mil (los privados cobran un sobreprecio respecto a lo que uno pagaría por lo mismo en uno público).

Así, en el mejor de los escenarios, para Charlie la diferencia entre la vida y la muerte hubiera sido de 200 mil pesos. Esto importa porque el Seguro Popular cuenta con un presupuesto anual cercano a los 30 mil millones de pesos. De esta forma, podría atender anualmente, si dedicara todos sus recursos a ello, 150 mil neumonías como la que padeció Charlie. Sí, 150 mil enfermedades graves para un universo de 43 millones de afiliados.

¿Usted cree que el Seguro Popular sirva y bien? ¿Piensa usted, amigo lector, que las prioridades de gasto público son las adecuadas? Yo no. Ya basta, pues, de que nos quieran tomar el pelo, de gastos suntuosos e irresponsables, etcétera. Sin salud, no hay país. Ojalá que, algún día, nuestros políticos lo entiendan: urge.

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