marzo 24, 2011

Las campañas negativas

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Tan hipócrita como la prohibición a los gobernantes para que no hagan política electoral, es la prohibición a partidos y candidatos para que no hagan lo que, en abuso y trivialización de los términos, llamamos “guerra sucia”.

La prohibición de la llamada “guerra sucia” exige que un candidato no haga su campaña diciéndole a otro que es un torpe o un cínico o un narco o un ladrón.

Se entienden fácilmente las diferencias entre ambas parejas de descalificaciones. Ser torpe o cínico no es un delito. Ser narco o ladrón, sí. Pero la ley no hace ninguna diferencia entre ellas: prohíbe ambas.

No debería prohibir ninguna por elementales razones de sana pedagogía política. El público aprende mucho de los adversarios durante sus intercambios de descalificaciones.

Hemos aprendido mucho en estos días, por ejemplo, durante la “guerra sucia” entre empresas dominantes del sector de telecomunicaciones, sobre los usos y costumbres de esas empresas.

Nadie conoce mejor las debilidades de un competidor que sus adversarios, de modo que a la hora de las descalificaciones entre candidatos, el elector queda en manos de verdaderos especialistas. Malintencionados y parciales, pero conocedores.

El público no sólo aprende del acusado, sino también del acusador, por la forma en que acusa. Si miente o acusa de más, la mentira lo exhibe, lo desnuda, se vuelve en su contra.

De modo que las campañas negativas son esenciales al conocimiento durante una competencia electoral.

Ahora bien, hay una diferencia radical entre acusar a alguien de cínico o torpe y acusarlo de ser narco o ladrón. En obsequio de la transparencia pública y de la rendición de cuentas cabal de los candidatos habría que subir la exigencia para quien acusa a otro de delincuente.

Quien acusa a otro de ser narco o ser ladrón debería acompañar su dicho con una denuncia penal, pues ésta sería la única conducta responsable: no sólo advertir de la criminalidad del imputado, sino tratar de ponerlo en manos de la justicia.

Quien en cambio acusa a su adversario de ser cínico o torpe, está sólo en una esgrima de prestigios, sugiriendo con su acusación que él es menos cínico o menos torpe que su adversario.

La ley electoral ha prohibido todo, sin embargo, bajo el absurdo argumento de que las “campañas negativas” degradan la política. La política tiene un lado impresentable que nadie puede degradar, del mismo modo que nadie puede exagerar la violencia de la guerra.

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