marzo 03, 2011

Libertad de prensa y libertad de ofensa

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

¿Dónde empieza la calumnia? Esta pregunta ha circulado entre los tuiteros que sigo durante los últimos días. Respondí algo así como: en la ligereza de afirmar sobre otras cosas que sabemos que son falsas o no nos constan como verdaderas.

En el primer caso calumniamos a sabiendas. En el segundo, al azar. Calumniar es distinto de difamar. La calumnia implica una mentira, intencionada o no. Difamar implica afectar la fama de alguien, con cosas falsas o con cosas verdaderas.

La calumnia incluye la difamación, pues tiene un mal efecto sobre la fama de alguien. La difamación no incluye necesariamente la calumnia, pues puede afectarse la fama de otros diciendo verdades.

El terreno es escabroso, los matices inciertos. Pero el discurso puede complicarse más: ¿repetir una calumnia dicha por otro es calumniar? ¿Difundir con propósitos de información una calumnia vuelve al difusor parte de la calumnia?

Es un hecho que quien difunde la calumnia, la magnifica, ¿pero podría responsabilizársele por ello de la calumnia en curso? Probablemente no. ¿Pero la resonancia de la calumnia no es tan importante o más que la calumnia misma?

Calumnia que no vuela no cala. Quienes la hacen volar son tan decisivos como quienes la ponen en el aire. Si la difusión es lo que la vuelve efectiva, quien la difunde no puede quedar separado del hecho, sin responsabilidad pública en su efecto. ¿Por qué no sancionarlo entonces?

Estas disquisiciones bizantinas apenas vienen a cuento en un medio donde los delitos de calumnia y difamación son, para todos los efectos prácticos, letra muerta.

No sé cuándo fue la última vez que algún periodista o un medio fue demandado por calumnia o por difamación. Mucho menos por daño moral.

El Código Penal de la Ciudad de México da pena de cárcel inconmutable por grabar ilegalmente conversaciones y/o por difundir en los medios conversaciones grabadas ilegalmente. Pero las grabaciones ilegales de procedencia anónima son un viajero frecuente en nuestros medios.

La dificultad de llamar a cuentas a la prensa es otra forma de la impunidad. Sorprende que haya tan buenos periodistas en un oficio donde, hechas bien las cuentas, la decencia, el rigor, la verificación y el asaltar o no la fama pública de alguien, son opcionales.

Nuestra libertad de prensa se parece a la libertad de ofensa.

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