marzo 17, 2011

Neopopulismo a la boliviana

Fernando Serrano Migallón
Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM
fserranomigallon@yahoo.com.mx
Excélsior

Decía Hemingway que “ningún hombre es una isla” y los países tampoco lo son

Desde que, como dice O’Gorman, América fue inventada, nació con una vocación a la utopía, a lo irrealizable, a los sueños, que como motores espirituales encaminan los anhelos generales y mantienen a nuestros pueblos en una dinámica histórica de búsqueda y esperanza. Aunque a veces incide de modo negativo sobre nuestro espíritu práctico, lo que no ha ayudado a superar nuestros dramas endémicos, como la pobreza y la desigualdad, también es un fuerte aliciente para mantener la esperanza en momentos sumamente críticos y levantarnos de nuestras cenizas luego de las sacudidas de la historia.

La utopía, por otra parte, ha tenido varios nombres a lo largo de nuestro desarrollo histórico. Si en la Conquista y la occidentalización del continente la llamamos utopía, en el XIX le llamamos Estado Nacional y, en el XX, Revolución. A todos esos momentos les hemos adjudicado los sueños de cada época y nuestra esperanza de un mejor mañana. Sin embargo, si bien inspiradores, conducen a los más desaforados dramas cuando se vuelven mecánicas de poder y proyectos desligados de la libertad de los individuos y de la democracia en las vidas políticas. El abuso de esta forma de ver la política es también una de las mayores amenazas a la vida democrática.

Bolivia, como otros países de la región, ha transcurrido buena parte de su historia entre dictaduras y tímidos intentos democráticos, siempre con el bajo continuo de fondo, de revoluciones que son impedidas o que sucumben por su propio aliento. Hoy, el gobierno del presidente Morales representa, con Venezuela, uno de esos momentos de riesgo en los que el neopopulismo puede tomar la máscara de la justicia y el desarrollo.

Decía Hemingway que “ningún hombre es una isla” y los países tampoco lo son. Vivimos un mundo en el que es necesario armonizar con los demás los legítimos anhelos de crecimiento, hacer lo más posible con los recursos reales que se poseen, económicos, políticos, culturales y sociales.Pero pretender que la “idea”, el “principio” o el “programa” son suficientes por sí mismos para guiar un país es caer en el exceso del socialismo totalitario que proponía que, donde la realidad no se adapta a la teoría, peor para la teoría.

Abusar de la necesidad y la ilusión de un pueblo, atiborrándolo no sólo de discurso, sino de prácticas económicas viciadas y poco sustentables, es prorrogar el pago de la factura histórica, ciclo que siempre sucede.

Pero, peor aún, pretender que se puede lograr el crecimiento cercenando libertades y haciendo oídos sordos a las oposiciones y las disidencias, es pretender que la historia se escribe en el discurso y no en la calle y en la vida cotidiana.

La vida democrática de un pueblo se conquista en el ejercicio cotidiano de las libertades, en la expansión del régimen de igualdad a través del crecimiento y no mediante la inhibición o el castigo, pero, sobre todo, como el más fino de los trabajos políticos, es convertir el ideal en realidad, justo en la medida que esa realidad puede ser firmemente construida.

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