marzo 02, 2011

Nuestros dictadores (y nadie se mete con ellos)

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Somos mayoría. Hablo de nosotros, los de a pie que, sin deberla ni temerla, terminamos siempre por pagar los platos rotos: soportamos estoicamente a dictadores, padecemos calladamente injusticias, agachamos la cabeza antes los poderosos y aceptamos con fatalismo toda clase de abusos. Tal pareciera ser nuestra irremediable condición y tal es, hasta ahora, nuestro destino por más que el proceso civilizatorio y el advenimiento progresivo de la democracia liberal nos hayan conferido cada vez más derechos y libertades.

Pero, a ver: ¿cómo es que una sociedad entera se somete a un sátrapa del pelaje de Gadafi y cómo es que en Cuba se tragan el cuento de que una dinastía de dictadores puede encarnar el sueño de la revolución socialista? Y, trayendo las cosas a un ámbito más doméstico ¿cómo es que un líder sindical, el tal Napoleón, no solamente le birla a sus agremiados millones de pesos sino que se arroga insolentemente el derecho de seguir representando a los mineros de México? ¿No es su figura, acaso, lo más parecido que tenemos a un tirano norafricano?

En este país, los gobernantes, más allá de las trapacerías que puedan perpetrar algunos y de los privilegios otorgados a la clase política, no son ni lejanamente los personajes más dictatoriales del ecosistema. Tan dudosa distinción la ostentan los dirigentes de unas organizaciones laborales que desconocen, por principio, cualquier atisbo de transparencia, democracia y rendición de cuentas. Son ellos quienes imponen su voluntad a la mayoría y quienes dictan las reglas del juego: manejan a su antojo las cuotas sindicales, se reeligen sin mayores problemas y se trasmiten el poder de padre a hijo. No ha habido, sin embargo, una revolución en estos pagos. Ni parece que vaya a haberla.

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