marzo 07, 2011

Partidos partidos

Gabriel Guerra Castellanos (@gguerrac)
Internacionalista
gguerra@gcya.net
El Universal

Para todos efectos prácticos, ya está en marcha el proceso que llevará a la elección del próximo presidente de México. Si bien el calendario marca al 2012 como el año decisivo, todo lo que ya sucede en el ámbito político está marcado por el inconfundible sello que nos caracteriza a los mexicanos: el del futurismo.

A veces me pregunto qué sería de nuestro país si todo el esfuerzo y empeño que nuestros personajes públicos ponen por adivinar o incidir en los destapes, lanzamientos, madruguetes y candidaturas lo pusieran verdaderamente en el futuro de México. Si en vez de dedicar esfuerzos a acomodarse o acomodar las cosas para caer en blandito pensaran un poco más en el buen uso de los recursos gubernamentales, en la eficiencia del aparato burocrático, en la creación de empleos, en mejorar la atención y cobertura de nuestros maltrechos sistemas de educación y de salud pública...

Pero ese es un sueño de opio. Para lo que son buenos es para pensar en SU futuro, en el de SU partido, de SU candidato, de SU grupo, de SUS amigos, siempre de cara a las siguientes elecciones.

En estos días leemos y escuchamos de uniones y divisiones, de alianzas y de rupturas, como si a la gente interesara realmente lo que acontece dentro de los partidos. Ocupados como están los ciudadanos con los asuntos de la vida real, dejan la grilla para los iluminados, que al contrario de Diógenes, que alumbraba el camino con su lámpara en busca de hombres de bien, los políticos se deslumbran con su mucha o poca luz propia.

Vamos a ver, por partes:

El PRI ha celebrado de manera por demás modesta y discreta su relevo en la dirigencia nacional, en un magno evento en la ciudad de Querétaro. Más allá de la fastuosidad de las formas (que el fondo aún no lo conocemos) la sucesión priísta anuncia un estilo diferente de cara a lo que vendrá. Más rijoso, dirán algunos, de confrontación verbal y retórica sin duda alguna, pragmático hasta donde haga falta. El doble reto del nuevo dirigente radicará en ganar elecciones y mantener la unidad del partido a la hora de seleccionar a su candidato a la presidencia. No será fácil para Humberto Moreira ni para su partido, pues lo que hasta ahora ha sido calma y concordia puede transformarse mañana en tormenta y fuga.

Quienes piensan que el regreso del PRI al poder augura una vuelta al pasado se equivocan, o simplifican. Si bien los estilos mostrados el viernes en Querétaro hablan de acarreo modernizado y de un discurso que sentaría igual de bien hoy que en los setentas o noventas, lo cierto es que el PRI no niega su esencia: un aparato electoral de gran eficacia, con una red de relaciones, pactos y compromisos que le ha permitido seguir siendo competitivo a nivel nacional (y por supuesto en los estados) a más de 10 años de haber perdido la presidencia. No observo una definición ideológica que garantice la unidad, ni que evite las defecciones en el futuro próximo. Y la disciplina priísta es absoluta hasta que deja de serlo. Quien lo dude pregúntele a Roberto Madrazo.

Por el lado del PAN asistimos a un capítulo más de la serie “Oposición en el Gobierno”, en la que el primer panista del país plantea algo tan sólo para que el presidente de su partido lo desdiga a las pocas horas. Más tardó Felipe Calderón en urgir a su partido en nominar a “los mejores”, sean o no militantes del partido, que Gustavo Madero en revirar que el próximo candidato del PAN “será (con un 99.99% de probabilidades) panista”. Es tan amplia la baraja del PAN que no asombra la declaración de su dirigente, pero falta por ver cómo reacciona la decena mágica ante la posibilidad de que un ciudadano sea el postulado.

Y si el PRI estará unido hasta que se divida y el PAN se opone a sí mismo, la izquierda está empeñada una vez más en desaprovechar su momento histórico. Ya lo hizo en el 2006 cuando despilfarró una amplia ventaja y después cuando alejó a muchos de sus simpatizantes con sus tácticas de corto plazo, y hoy se repite la historia con el añadido de que la pelea por el poder ha comenzado ya, desde antes de tenerlo siquiera cerca. La licencia temporal de AMLO y la reticencia de algunas de sus principales figuras a dirigir al PRD hacen temer lo peor para un partido que bajo cualquier otra circunstancia interna tendría todo para pelear la presidencia de un país con índices de pobreza y desigualdad vergonzosos.

Dicen que cada nación tiene a los partidos políticos que se merece. ¿Qué habremos hecho nosotros?

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