marzo 04, 2011

¿Qué hacemos con Gadafi?

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

La revuelta popular, que tumbó a los dictadores de Túnez y Egipto y generó una ola de simpatía mundial con el pueblo árabe, se ha transformado vertiginosamente en una guerra civil en Libia por culpa de Muamar Gadafi.

El líder libio ya lo advirtió al inicio del estallido de las protestas con una afirmación inquietante: “Yo no soy Mubarak. Moriré matando”. El coronel puede que tenga sus facultades mentales perturbadas, pero no es un traidor a su palabra, y lo que avisó hace dos semanas es lo que está pasando: no va a rendirse ni va a humillarse rogando a sus pocos amigos en el extranjero que le den asilo. Adiós a un exilio dorado en isla Margarita.

Hasta el 21 de enero Gadafi todavía podía haber buscado una salida, podía haber comprendido que la ola revolucionaria había impacto en Libia con la fuerza de un tsunami y que lo mejor habría sido dejarse arrastrar por ella y no arriesgarse a morir ahogado en su desesperado intento de aferrarse al poder (¡a 42 años de poder!). Pero no, ese día el líder libio prefirió atacar a su propio pueblo y se puso así la soga al cuello.

La consecuencia de esta gravísima decisión la conocimos ayer. El fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno-Ocampo, declaró que “nadie en el mundo puede atacar a su propio pueblo”, y ante la evidencia de lo que está ocurriendo en Libia acusó a Gadafi y a “alguno de sus hijos” de cometer crímenes de guerra, por lo que ha solicitado a los jueces del CPI que emitan contra todos una orden de arresto internacional para sentarlos en la corte de La Haya.

Coincidiendo con esta ofensiva de la justicia universal, el presidente Hugo Chávez ha propuesto un plan. Si la intención original puede ser noble —sentar en una mesa de negociaciones al coronel y a la oposición y tratar de evitar que siga derramándose sangre— la intención final no convence en absoluto: huele a un acuerdo maquillado para que, a cambio de sentar a la oposición en el gobierno, el coronel pueda seguir mandando como lo ha hecho hasta ahora. Lo mismo que en su momento intentó Mubarak sin éxito.

Si este es el propósito de Chávez se equivoca. No entiende que el pueblo libio no quiere una farsa de “revolución popular y socialista” como la que impuso Gadafi en cuatro décadas (o como pretende él mismo instaurar en Venezuela). No entiende que el pueblo libio lucha estos días por una democracia verdadera, en la que la gente no viva aterrorizada ante las fuerzas del orden y la riqueza del país no sea propiedad del coronel.

Chávez dice que Gadafi ya ha aceptado su plan, pero, en aparente contradicción con su padre, Seif el Islam, le respondió, no si mucha dosis de sarcasmo, que “no tiene ni idea de lo que sucede en Oriente Medio”. Mira quien fue a hablar: el que pretende heredar el régimen autoritario de su padre, el mismo que escribió (y al parecer plagió) su tesis doctoral sobre ¡¡el papel de la sociedad civil en la democratización de las instituciones!!

Llegados a este punto ¿qué salidas tiene Gadafi?

El exilio está descartado, ya que si es reclamado por la CPI tendría que ser arrestado por las autoridades del país que lo acoja y conducido a La Haya; si se queda es prácticamente imposible que llegue a un acuerdo con los rebeldes, que sólo admiten su renuncia, y más después de haber atacado al pueblo; si siguen las cosas como están el país sucumbiría a una sangrienta guerra civil que podría durar años y que, como efecto colateral, desquiciaría el mercado del petróleo y empujaría de nuevo al mundo a una recesión.

A estas alturas de la crisis lo único cierto es que Gadafi debe abandonar el poder cuanto antes. La cuestión es si este fin justifica cualquier medio. Pongamos ejemplos para ver cuál podría funcionar o no.

La solución más deseada, sería la tunecina o egipcia: que los mandos militares se reúnan con Gadafi y lo inviten, por las buenas o por las malas, a dejar el poder y que luego se forme un gobierno de transición democrática. La solución más corta es que se pegue un tiro, pero no lo veo animado y siempre se correría el riesgo de que su hijo tomara el mando y quisiera ensañarse contra la población. La solución descartada por la secretaria de EU, Hillary Clinton, es la somalí. Debe acordarse aún de fiasco de su marido cuando invadió ese país africano, infestado de señores de la guerra, y ordenó la retirada al poco tiempo, aterrado ante la idea de que se convirtiera en un nuevo Vietnam.

La solución, en mi opinión, es la aplicada —tardíamente, pero con éxito— en la ex Yugoslavia. Nada de invasión terrestre como en Irak, sino ataques bélicos quirúrgicos a las bases militares libias; y eso sí, autorizados previamente por la ONU. Esto sería suficiente para evitar futuros bombardeos y para desmoralizar a las tropas aún leales al coronel. Estoy casi seguro que llegados a este punto, las deserciones al bando rebelde serían tan grandes que lo que queda de régimen acabaría desmoronándose y Gadafi, entonces sí, podrá escoger entre entregarse a su pueblo o pegarse un tiro, como creo que haría si se ve tan acorralado como Hitler.

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