marzo 02, 2011

Realidades mexiquenses

Luis Felipe Bravo Mena (@bravomena)
Analista político
El Universal

Las familias mexiquenses a diario, en los últimos años, han estado expuestas a una intensa propaganda en medios, con la que se pretende crear la percepción de que vivir en el Estado de México equivale a estar en una especie de paraíso terrenal. Si bien hay avances especialmente en infraestructura —en gran medida con el apoyo de fondos federales— sólo basta convivir con los habitantes de una colonia, pueblo, barrio o fraccionamiento para comprobar que la telenovela rosa que nos han querido presentar a todos los mexiquenses es más bien un drama para la mayoría de ellos.

Problemas añejos sin solución, sólo por mencionar algunos. Está el problema del transporte publico: gobiernos del PRI van y vienen sin atenderlo integralmente. Se han construido vialidades de cuota, segundos pisos, que no resuelven, ni facilitan la vida de quienes deben invertir muchas horas diarias en llegar a sus empleos y volver a sus hogares. El transporte publico sigue siendo caro, inseguro e ineficiente.

La terrible desigualdad que impera entre regiones y sectores es indignante y la pobreza rural y urbana lastima. Coexisten en apenas metros de distancia zonas donde subsisten con 15 pesos diarios frente a otras con el más alto nivel de vida. Nuestra economía local, aunque en los últimos 10 años ha contado con los más altos presupuestos públicos, no refleja una inversión productiva en la misma medida para el bienestar de la población o en la generación de empleos.

Existen estudios serios que demuestran que la corrupción imperante es un lastre que desincentiva la inversión y la competitividad, lo que ha colocado al Estado de México en el lugar 29 en el estudio nacional de competitividad del IMCO.

La inseguridad ha permeado en las calles. Se vende droga, se extorsiona, se asalta, se secuestra, se convive con los delincuentes a ras de suelo; los vecinos con miedo expresan que saben quiénes son los delincuentes y dónde viven, pero las autoridades locales parecen no enterarse. Hay muertes de mujeres y se les acusa de ser ellas quienes originan la violencia que las asesina. Ante ese cuadro en los hogares mexiquenses hay un auténtico sentimiento de indefensión.

Muchas veces se argumenta que la migración al Estado de México es muy alta y que por ello los indicadores de desarrollo humano no son positivos. Sin embargo, no existe justificación alguna para no atender eficaz y oportunamente en materia de salud a la población. En un buen número de localidades, donde la operación está a cargo del gobierno estatal, las clínicas no tienen médicos y en algunas ocasiones ni enfermeras. Los hospitales son equipados para las vistosas inauguraciones, pero cuando las familias necesitan atención no encuentran ni el equipo, ni los doctores, porque el gobierno estatal decidió invertir esos recursos en otras cosas que no son prioritarias, pero sí más lucidoras, como comprar publicidad en horarios estelares.

Desde hace décadas la productividad del campo no se atiende correctamente. Hay políticas vistosas como la entregas de tractores, pero que en muchos casos son exigidos después en devolución porque los supuestos beneficiados no logran cubrir los pagos programados.

En materia educativa es necesario brindar la infraestructura necesaria para garantizar que el proceso de aprendizaje sea efectivo y al mismo tiempo se apoye a los padres de familia, que en realidad son quienes mantienen dignamente a las escuelas, ya que muchas de ellas se encuentran en estado lamentable.

Las nuevas generaciones están expuestas a las adicciones no sólo a las drogas tradicionales sino al uso de inhalantes como el PVC y últimamente al creciente consumo de sustancias mucho más peligrosas, y no se ha implementado una política pública urgente, que involucre a la sociedad, los padres de familia y la autoridad para apoyar a las familias que experimentan este problema.

Ante la vasta problemática del estado, las autoridades se limitan a decir que han cumplido con las obras que prometieron. Sin duda la forma como se ha gobernado al Estado de México deja mucho que desear. Los rendimientos sociales del octogenario modelo político mexiquense no dan más de sí, son decrecientes y, por más propaganda con la que se les pretende sostener, la realidad cruda y dolorosa hoy exige cambio.

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