abril 03, 2011

Desterrar el odio

Enrique Krauze
Reforma

A Javier Sicilia, que sólo conoce el amor.

Amparada en el anonimato, la intolerancia política está muy presente en los correos electrónicos, los blogs y las redes sociales, tan prodigiosas por lo demás. Está en la política editorial de algunas publicaciones, en no pocos articulistas y en los comentarios a las noticias en línea. Ha estado siempre en el discurso de un sector de la derecha clerical y caracteriza también a una corriente radical de la izquierda. Está en los conciliábulos del Yunque y los marchistas de siempre. En tiempos recientes, la intolerancia ha descendido un escalón: se ha convertido en odio.

Me atrevo a sostener que el odio no ha sido el motor principal en nuestros conflictos históricos. La Independencia no estalló debido al odio sino al resentimiento criollo, que es distinto. Si bien la Reforma tuvo en el inicio un elemento de odio por parte de la Iglesia, mientras la sangre no llegó al río, permaneció acotado a ese ámbito. Los liberales y los conservadores no se odiaban, pero un solo hecho de sangre (la matanza de Tacubaya, el 11 de abril de 1858) borró de la escena a los moderados y marcó el ascenso de los jacobinos. A raíz de esos hechos, los versos de Ignacio Ramírez destilarían odio e Ignacio Manuel Altamirano pediría la ejecución de los curas.

Porfirio Díaz fue objeto de recelo, rechazo, coraje, molestia, hartazgo, todo lo que se quiera pero no particularmente de odio. Aunque Huerta concitó el odio de muchos por derramar la sangre de un justo, a las fuerzas revolucionarias que disputaron el poder tras su caída no las movía el odio, ni siquiera la intolerancia, sino razones de toda índole, algunas elevadas, otras deleznables. A veces, se iban "a la bola" porque sí, o -como Demetrio, el personaje de Los de abajo- por motivos que él mismo ha olvidado.

No creo que el reinado del PRI se haya caracterizado por el odio. Fue siempre autoritario, pero no encuentro odio en él ni en sus opositores de izquierda, cuyos agravios eran, al fin y al cabo, terrenales y seculares. Entre la derecha cristera y sinarquista y el régimen revolucionario sí se reeditó, por momentos, el odio teológico del siglo XIX, como genialmente expresó López Velarde: Católicos de Pedro el Ermitaño / y jacobinos de la época terciaria. / (Y se odian los unos a los otros con buena fe).

"El odio no ha nacido en mí", declaró ominosamente Díaz Ordaz el 1 de septiembre, como señal clara del odio paranoico que lo llevaría a cometer el crimen de Tlatelolco. Ese hecho de sangre dejó una estela de profunda indignación que llevó a muchos jóvenes a la desesperación y al gobierno a la Guerra Sucia. Con todo, en las polémicas ideológicas de los ochenta y aún en el Neo zapatismo tampoco percibo odio. Los mexicanos -con todas nuestras diferencias- supimos enfrentar y sortear las sucesivas crisis sexenales con una tolerancia admirable y sin atisbos de odio.

Las cosas han cambiado mucho desde el año 2006. Hemos reincidido en los dos componentes históricos del odio: las querellas político-ideológicas (descendientes directas de las teológicas) y los ríos de sangre que han corrido y siguen corriendo por cuenta del crimen organizado. En el primer caso, el odio proviene directamente de la impugnación (injustificada, en mi opinión) que se hizo al resultado de aquellas elecciones. En el segundo, el odio proviene del rechazo a la actual política de seguridad. Ambos odios se dirigen contra el gobierno pero también contra el vasto espectro que no comulga estrictamente con esas dos posiciones.

El odio es una pasión que daña y degrada sobre todo a quien lo siente. El odio es ciego, insondable, irracional, insaciable. Algo que compromete al alma entera. El odio es una forma extrema de la dependencia: vive fijo en su objeto. Por eso no crea, incendia. Y por eso importa desterrarlo de nuestra atmósfera moral. ¿Cómo?

En el caso del odio político-ideológico, la solución es extremadamente difícil, pero no imposible. Quienes lo ejercen (y padecen) tendrían que tender puentes de diálogo civilizado y respetuoso con quienes no piensan como ellos, con quienes no ven a México como un país dividido entre "puros" y "traidores". No bastan las abstractas declaraciones de amor. Tendrían que ponerlo en práctica con una propuesta de reconciliación nacional que llegue a las redes, a los blogs, a los sitios de internet, a las páginas editoriales, a las mesas de redacción y a las conciencias.

Desterrar el odio generado por la violencia criminal es aún más difícil. Quienes impugnan la política de seguridad en su esencia (no sólo, como es mi caso, en su oportunidad y estrategia) han transferido hacia el gobierno el repudio que debería dirigirse hacia los narcotraficantes (que son los verdaderos verdugos de esta historia). Ante la frustración, la impotencia, la tristeza que todos sentimos frente al poder del crimen sin rostro, muchos han buscado un responsable con rostro, un rostro a quien odiar, y lo encuentran en el gobierno. Es comprensible, por cuanto el gobierno debería ser el garante de la seguridad. Pero no es admisible diluir, relativizar u obviar la culpa originaria, la de los criminales.

Cegar en sus fuentes los ríos de sangre llevará mucho tiempo y una estrategia múltiple, complejísima y global. Pero aún en esa tarea, el odio (incluso hacia los criminales) es estéril. Toda nuestra atención debe centrarse en concebir ideas constructivas, inteligentes, novedosas para que en este país que alguna vez caracterizó la cortesía y la convivencia, el patriotismo y el amor (al terruño, a la Virgen, a la familia, a la bandera), se vuelva a respetar la vida humana.

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