abril 17, 2011

El riesgo que corremos

Víctor Beltri (@vbeltri)
Politólogo
contacto@victorbeltri.com
Excélsior

Era para relamerse los bigotes. Una oportunidad única. WikiLeaks había revelado los secretos más íntimos de los gobiernos en todo el mundo. Desde la infame grabación de un helicóptero disparando sobre civiles desarmados, hasta los documentos que, en buena medida, detonaron la crisis financiera en Islandia. Secretos relativos a la guerra de Irak, comunicaciones entre diplomáticos. ¿Qué no dirían sobre México? ¿Cuántos cables confidenciales, cuánta información que, bien dirigida, sería un verdadero misil a la línea de flotación de cualquier adversario político?

Un sector de la opinión pública festejó, de inmediato, la aparición de los primeros cables sobre México. Se rasgaron las vestiduras ante el intervencionismo yankee y se alegraron cuando un subsecretario reconoció, ante diplomáticos estadunidenses, que la violencia se había incrementado. Claro que los cables se vuelven menos divertidos cuando no dicen lo que se esperaba de ellos. Porque, si se especulaba con que algún comunicado hablara sobre el supuesto fraude de 2006, acaba de salir a la luz uno que asegura la limpieza de los comicios y habla de la desesperación de López Obrador. O bien, otro habla de cómo el mismo Andrés Manuel, quien no deja de llenar de calificativos a la administración actual por un supuesto servilismo en la relación entre México y Estados Unidos, asegura a los diplomáticos estadunidenses que no tendrían nada de qué preocuparse en caso de que llegara a la Presidencia. Y otro más, que no puede ser pasado por alto, en el que Andrés Manuel López Obrador manifiesta su intención de incrementar la presencia del Ejército en el combate al crimen organizado. Justo lo que Calderón ha hecho. ¿Pero no lleva más de cuatro años quejándose de todo esto?

Lo hemos visto durante el tiempo que gobernó la Ciudad de México; lo vimos, también, en el periodo electoral de 2006; lo sufrimos cuando hizo su ya legendario berrinche que estranguló a la ciudad que creyó en él, y lo estamos viendo ahora, que se prepara para contender de nuevo por la Presidencia de la República. Mentiras, falacias, verdades a medias. El discurso de la polarización, el de nosotros contra ellos. La obsesión por el poder, enfermedad endémica de nuestra clase política.

Pero del otro lado las cosas son iguales. El Poder Ejecutivo empeñado en involucrarse en las próximas elecciones. Los responsables de la parálisis legislativa de los últimos años ahora clamando por las reformas que en otro momento detuvieron. Los medios que confunden línea editorial con militancia. Y una sociedad harta, desesperanzada, que lo único que espera es que, de alguna manera milagrosa, todo cambie. Dispuesta a comprar lo que sea, con tal de vivir de nuevo en la tranquilidad que en realidad no conocemos sino como un anhelo.

Ese es el principal riesgo que enfrentamos, hoy en día, como sociedad. El caer en la tentación fácil de abrazar a cualquiera que esté dispuesto a vendernos lo que queremos escuchar. Esto abre la puerta a las propuestas más disparatadas, a buscar soluciones sencillas a problemas complejos. Abogar por la legalización de las drogas sin pensar, seriamente, en las consecuencias de una acción así. Votar por quien nos ofrezca cambios sin detallar cómo conseguirlos. ¿O acaso alguien ha planteado una solución seria a nuestros problemas de seguridad? ¿A la eliminación de la pobreza? ¿Al agotamiento de los hidrocarburos?

Cada día está más cercana la elección de 2012. Las campañas están, prácticamente, comenzando, con declaraciones de quienes desean ser protagonistas. Con las zancadillas, golpes bajos y difamaciones que, amparadas por una legislación deficiente, nos ufanamos en llamar democracia. Con los enanos morales que desean que los tomemos como líderes. Tal vez es lo que nos merecemos. Pero, ciertamente, nuestros hijos no.

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