abril 08, 2011

Macario Schettino (@mschetti)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Leyendo un libro de un tema totalmente ajeno, encontré un breve texto de Mahatma Gandhi que debía haber conocido, que todos deberíamos conocer: “Las raíces de la violencia: riqueza sin trabajo; placer sin conciencia; conocimiento sin carácter; comercio sin moral; ciencia sin humanidad; adoración sin sacrificio; política sin principios”. De acuerdo con la red, que todo lo sabe, se trata de un texto entregado a su nieto por Gandhi, poco antes de morir, y al que a veces se refiere como los “siete disparates del mundo”, a los que el nieto Arun habría agregado un octavo: derechos sin responsabilidades.

No tiene mucha importancia la historia, ni si se trata de una atribución errónea: el texto vale por sí mismo, así sea, como todos los aforismos, excesivo y limitado al mismo tiempo.

La violencia, como hoy la conocemos en México, no surgió de la noche a la mañana, ni es resultado de determinadas acciones de gobierno, sino de la falta de ellas por muchos años. Nos golpea a todos.

En 2004, cuando aún no había guerra contra el crimen, miles de personas decidieron marchar para mostrar su repudio a la violencia y su solidaridad con una familia que había perdido a sus hijo. El jefe de gobierno del DF de ese momento, Andrés Manuel López Obrador, les dijo pirruris y los descalificó. Lo mismo hicieron sus seguidores.

En 2008, poco antes del gran crecimiento en la violencia que hoy sufrimos, nuevamente marcharon miles de mexicanos, también en solidaridad con la familia de jóvenes asesinados. Y regresó la descalificación, de parte de las mismas personas.

Este miércoles pasado miles de mexicanos nuevamente se manifestaron en contra de la violencia, y en solidaridad con familias que han perdido a sus hijos, hoy acompañados por muchos que en las dos ocasiones anteriores optaron por la descalificación.

A todos nos debe doler la violencia, pero siempre, no nada más cuando nos parece políticamente correcto. No podemos permitir la impunidad, y eso exige tener presente el pasado. No es ético, no es aceptable, usar la tragedia para promover la discordia.

El problema que enfrentamos los mexicanos es muy serio. No se va a resolver con buenos deseos, ni con presidentes de uno u otro origen político. No se va a resolver, como piensan algunos, legalizando las drogas o generando más empleos o ampliando las escuelas. La violencia que vive México no es resultado de la pobreza, como creen unos, ni de la falta de valores, como creen otros. Es un fenómeno complejo que tiene su origen, sus raíces, en varias de las afirmaciones de Gandhi: riqueza sin trabajo, placer sin conciencia, política sin principios.

No queremos aceptar que la única forma de vivir en una sociedad democrática es teniendo leyes y cumpliéndolas. No sabemos hacer eso, y no queremos hacerlo. Cuando vivíamos bajo el régimen autoritario esto no tenía mucha importancia: la violencia la controlaba el Estado, que no rendía cuentas a nadie y que concentraba todo el poder. Hoy eso ya no existe: no hay un presidente todopoderoso, ni hay ningún núcleo que concentre el poder en México. Hoy el poder está distribuido de forma muy difusa, provocando un estancamiento a nivel federal entre Ejecutivo y Legislativo, y un abuso local a manos de gobernadores que no responden a nadie.

Para que las leyes se cumplan es indispensable que las cumplamos todos, empezando, sin duda, por quienes detentan el poder político o buscan alcanzarlo, pero acompañados por todos nosotros. Y es necesario que quienes no cumplan la ley sean castigados, porque la cooperación de todos requiere de ese castigo.

La seguridad de nuestras vidas y de nuestras propiedades está en riesgo mientras no contemos con una fuerza pública que pueda defendernos. Mientras no tengamos procesos judiciales bien llevados, y reclusorios que efectivamente castiguen a quienes dañan a la sociedad. Y es la seguridad de todos nosotros, de quienes participamos en las marchas de 2004, de 2008 y de 2011, de los cientos de padres que han perdido a sus hijos, de los miles que han vivido el terror del secuestro, de los miles que hoy son extorsionados.

Esto no se va a resolver mediante la discordia. Lo vamos a resolver con cuerpos de seguridad bien preparados, y sí, también con educación y empleos. Pero antes que nada, necesitamos estar de acuerdo en cumplir la ley, en castigar a quien no lo hace, y en construir esas leyes de forma que ataquen las raíces de la violencia: no más riqueza sin trabajo, no más política sin principios, no más placer sin conciencia.

No hay comentarios.: