abril 20, 2011

Mexicanos primitivos

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El fenómeno civilizatorio es un proceso de actualización constante: es evidente que los seres humanos ya no afrontamos las adversas condiciones de los tiempos pasados pero —justamente por no ponernos al día— seguimos teniendo comportamientos muy parecidos a los del individuo de la tribu primitiva.

El rechazo a las diferencias, por ejemplo, no es otra cosa que una reacción instintiva de un grupo que, al advertir que uno de sus miembros no sigue ciertas reglas, teme por su supervivencia. Hay de normas a normas, desde luego, y no es lo mismo ser un sujeto antisocial (sociópata, en la terminología clínica) que una persona, digamos, con preferencias sexuales distintas a las de los demás. Mientras más primitiva sea una sociedad mayor será su incapacidad para la tolerancia y menor será también su disposición para reconocer, y admitir, las “desviaciones” de los individuos. Para una colectividad moderna los homosexuales son ciudadanos como cualquier otro y con los mismos derechos que todos los demás. Sin embargo, hoy mismo existen sociedades que castigan la homosexualidad… ¡con la pena de muerte! Son las mismas que no conceden garantías a las mujeres, que no admiten la libertad de expresión, que no permiten elecciones ni la presencia de partidos políticos y que, encima, te obligan a profesar una religión, es decir, a rendirle pleitesía a un Dios cuya presencia es tan forzosa como la de la autoridad civil.

No se han dado cuenta, en estos lugares, que los individuos pueden ejercer plenamente su soberanía sin que ello signifique un peligro para la cohesión de la sociedad. Tampoco se han enterado de que Dios es un asunto opcional, es decir, una cuestión que tiene que ver con la conciencia particular de cada quien. La fe, con perdón, no puede ser obligatoria.

Aquí, profesamos doctrinas que ya no nos sirven de nada y que, por el contrario, se oponen empecinadamente al proceso modernizador. No nos parecemos, por fortuna, a las sociedades medievales de Irán y Arabia Saudí. Pero necesitamos todavía quitarnos muchas telarañas de la cabeza.

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