abril 06, 2011

Tetas, mentiras y Greenpeace

Martín Bonfil Olivera (@martinbonfil65)
mbonfil@unam.mx
La ciencia por gusto
lacienciaporgusto.blogspot.com
Milenio

No sé si sea cierto que una serpiente mordió el pecho de una modelo israelí y luego murió intoxicada por silicón. Pero sí sé que otra historia de tetas, que “mirar diez minutos a los pechos de una mujer puede alargar la vida de los hombres”, es patentemente falsa. Este descubrimiento de la gerontóloga Karen Weatherby supuestamente se publicó en la revista New England Journal of Medicine, y también circuló ampliamente.

Sé que es falsa porque mi colega Pere Estupinyà se tomó la molestia de verificar los hechos: no existe tal estudio. Y es que una de las características fundamentales de la ciencia es que se basa en evidencias. En datos confiables, comprobables.

Por eso me molesta la campaña de Greenpeace en radio, que afirma que “muchos alimentos que contienen cultivos transgénicos implican un riesgo para tu salud”. Sencillamente, es falso.

Cierto, hay preocupación sobre los posibles efectos que la modificación genética de vegetales pudiera tener en la salud de sus consumidores. Pero hasta ahora, más allá de ciertas alergias (riesgo que existe con cualquier vegetal) toda la evidencia indica que no hay tales daños.

Pero en su página web Greenpeace insiste: “Nadie garantiza que el consumo de alimentos transgénicos sea seguro para la salud de los consumidores en el mediano y largo plazos”. Cierto, pero decirlo así implica que los riesgos existen hasta que no se demuestre lo contrario. Bueno: hasta el momento ningún estudio ha hallado efectos dañinos, a pesar de que han sido consumidos por millones de personas durante más de 15 años. La información de Greenpeace, repetida acríticamente por los medios, es tendenciosa.

El verdadero —y muy real— peligro de los transgénicos es la contaminación genética que pueden causar a los cultivos nativos, y las condiciones criminalmente injustas que algunas compañías biotecnológicas imponen a los agricultores que los usan.

En todo caso, como pide Greenpeace, valdría la pena etiquetar los productos transgénicos para que el ciudadano decida si los consume. Pero de ahí a propagar versiones tramposas que satanizan a estos cultivos —una opción válida para combatir el problema del hambre— hay mucho trecho.

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