abril 03, 2011

Ya está todo muy podrido

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
La Semana de Román Revueltas Retes
Milenio

La batalla contra el narco seguramente será ganada y en el camino quedarán muchos otros muertos. Pero el pronóstico de la otra guerra, la que resulta de una descomposición moral, es mucho más incierto. Estamos hablando de conductas delincuenciales generalizadas. Y así las cosas, ¿por dónde empezamos? ¿Cómo construimos un país de leyes? Urge limpiar la casa...
[Foto: Quadratín/Archivo]
Foto: Quadratín/Archivo

La indignación de la gente es perfectamente explicable cuando, como ocurre ahora en México, el Estado deja de cumplir con su primerísima obligación de garantizar la seguridad de los ciudadanos. Ahora bien, esta sociedad de criminales que tanto nos asusta la hemos creado entre todos. Pero, si bien es cierto que durante décadas enteras nos hemos acomodado a la realidad de la corrupción y, con ello, contribuido a la degradación moral de nuestro país, también hay que reconocer que nuestra responsabilidad es mínima en tanto que no tenemos ni hemos tenido, como individuos particulares, los recursos para combatir directamente el mal que nos aqueja.

Dicho en otras palabras, mirar hacia el otro lado, cuando sabíamos de raterías y sobornos (por no hablar de aspirar, nosotros mismos, a obtener una tajada del pastel), hizo que nos adormeciéramos en una holgada complicidad y que renunciáramos, de paso, a ejercer realmente nuestros derechos. O sea, que, en su momento, no exigimos que nos limpiaran la casa con la debida determinación y, ciertamente, nunca con la rabia que exhibimos ahora que nos hemos despertado del sueño. Hoy —acosados por los asesinos, los ladrones y los secuestradores— nos encontramos en un estado de indefensión que no guarda relación alguna con el castigo que pudieran merecer nuestros antiguos pecados: éramos todos vagamente disolutos, es cierto, pero aunque untáramos la mano del policía o pagáramos la consabida mordida para agilizar el trámite, nunca se nos ocurrió matar a nadie ni mucho menos pensar que todo aquello —ese universo de corruptelas, líderes charros, politicastros bribones, elecciones trucadas, discursos mentirosos y demagogias mendaces— nos iba a llevar inexorablemente a esto, a la pesadilla social que estamos viviendo.

La guerra de Calderón está encauzada a luchar contra un enemigo muy definido, ese tal “crimen organizado” que, al mismo tiempo, ha comenzado una sangrienta batalla para repartirse los territorios en disputa. Justamente, las bajas, en su mayoría, se deben a los enfrentamientos ocurridos entre los diferentes cárteles de la droga y este no es un detalle menor: la acusación de que una decisión estratégica del presidente de la República haya podido “agitar el avispero” no significa que el Gobierno sea quien esté masacrando a la gente, por más que se hayan acumulado más de 30 mil cadáveres desde que comenzara el sexenio del actual primer mandatario.

Es verdaderamente asombroso, además, que esta cifra de muertos sea utilizada como un argumento para criticar la actuación de Calderón siendo que, por sí misma, refleja palmariamente la colosal amenaza de las organizaciones criminales. La existencia de este poder paralelo es absolutamente inadmisible para el Estado mexicano. En este sentido, la contrapropuesta de llegar a una especie de “arreglo” con los cárteles no se puede tampoco sostener: tal vez resulte muy tentador el ofrecimiento de que van a dejar de matar pero su vocación delictiva es, por así decirlo, atemporal, o sea, sin fecha de caducidad. Y así como ciertos delitos no prescriben, la ilegalidad no es negociable a cambio de una tregua transitoria.

Esta batalla será seguramente ganada y en el camino quedarán muchos otros cadáveres. Pero el pronóstico de la otra guerra, la que resulta de una descomposición moral de la que casi todos hemos sido parte, es mucho más incierto. Porque, señoras y señores, al enemigo lo tenemos en casa: los “maestros” de Oaxaca que golpean a una mujer policía son parte del problema; el exiliado líder de los mineros es también un delincuente en todo el sentido de la palabra (y, miren ustedes, se ha agenciado el beneplácito de las centrales obreras de Estados Unidos y Canadá); los camorristas del SME destrozan maquinaria de la Comisión Federal de Electricidad, aparte de apalear a sus trabajadores, sin que nadie diga nada; los secuestradores detenidos en las prisiones usan teléfonos móviles a sus anchas para extorsionarnos a todos; muchos policías se dedican al robo y a la extorsión; hay jueces que, contra toda evidencia, dejan libre a un asesino; los funcionarios públicos exigen cuotas a los constructores para otorgarles contratos…

Estamos hablando de conductas delincuenciales generalizadas. Y así las cosas ¿por dónde empezamos? ¿A cuánta gente tenemos que encarcelar? ¿Cómo construimos un país de leyes?

Urge limpiar la casa. Pero ya está todo muy podrido.

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