mayo 02, 2011

El papel del periodista

Gabriel Guerra Castellanos (@gabrielguerrac)
Internacionalista
gguerra@gcya.net
El Universal

Para comenzar, una aclaración tal vez innecesaria: no soy, nunca he sido, un periodista. Carezco del talento, la perseverancia y el olfato que se requieren para cumplir adecuadamente con esa tarea tan necesaria y tan poco reconocida en las sociedades modernas. Yo me limito, como mis contados lectores saben, a opinar y a tratar de analizar los acontecimientos a la distancia. El mío es un objetivo diferente, el gran angular del observador lejano, no el telefoto del que se mete a fondo, a detalle.

Ya en alguna ocasión abordé el tema del papel que juegan los medios de comunicación en situaciones de excepción, pero falta por tratar aquello que hace a los medios lo que son, el ingrediente individual y humano sin el cual no podríamos imaginarlos más allá de tecnologías innovadoras o anticuadas, de prestigios y marcas registradas, de formatos impresos o digitales, de periodicidades, frecuencias, tirajes…

Todos los medios, de los que hablamos como si fueran entes abstractos, reflejan las ilusiones, ideas, filias y fobias de quienes en ellos participamos, pero muy particularmente de los periodistas. Sin ello no hay marca que valga, por establecida que sea. Las grandes reputaciones son de las cabeceras, pero están hechas del conjunto de hombres y mujeres que le dan forma, rumbo y brújula ética y profesional a los medios en los que colaboran. Ahí es donde radica la grandeza o pequeñez del respectivo vehículo de información, su éxito no sólo en el corto plazo, sino de largo alcance.

Me inspira para escribir estas líneas una edición reciente del prestigiado semanario alemán Die Zeit, en que varios de sus colaboradores reflexionan acerca de “las que armamos los periodistas”, como ellos mismos lo titulan. Desde el ensalzamiento o la cacería a veces injustificados de personajes públicos hasta el muy disputado asunto del derecho a la privacidad, pasando por el tratamiento que reciben los ricos, poderosos o famosos, y también las personas que como usted o yo, querido lector, simplemente nos encontramos a veces en el lugar correcto en el momento adecuado, o, por el contrario, tenemos el infortunio de estar donde no debemos cuando no debemos.

Vale la pena el ejercicio, pues nos obliga a repensar no sólo los fundamentos básicos de los códigos profesionales y/o de ética, o de los que tienen que ver con condiciones de violencia criminal como la que actualmente azota a nuestro país, sino de nuestra responsabilidad individual, personal, a la hora de cubrir, reportar, analizar u opinar acerca del acontecer local, nacional o mundial.

No pretendo, para nada, dar lineamientos o sugerencias, pero sí apuntar aquello que me parece relevante: en primerísimo lugar, creo que además de nuestra propia falibilidad, es conveniente recordar siempre lo volátil y pasajero de los asuntos y los personajes públicos. Lo que hoy parece bueno mañana se transforma en pernicioso, el villano del día puede resultar inocente o, por el contrario, el héroe nacional tener los pies de barro y las manos manchadas de lodo, dinero o sangre.

Ejemplos abundan, pero muy ilustrativos los que vemos hoy en Medio Oriente, donde falló el juicio y pronóstico de los expertos, y además cayeron primero los que parecían más sólidos y resisten los más escleróticos. Otro tanto podríamos aventurar de Japón, donde ni la catástrofe resultó como muchos la pintaron ni la respuesta gubernamental y de las empresas de energía nuclear la más acertada como al principio parecía.

Quienes a esto nos dedicamos nos equivocamos con frecuencia, pero no lo reconocemos con asiduidad. Tendemos a magnificar noticias o protagonistas, mas no a recapacitar. Hacemos relevante lo que no siempre lo es, e ignoramos con frecuencia lo que a la larga demuestra tener mayor trascendencia. Todo eso es parte del oficio, porque ni el mundo es estático ni los personajes que lo transforman son lineales, pero no hay daño en recapitular, reconsiderar, en cambiar de opinión y aceptarlo abiertamente.

Cada país tiene, se dice, los medios que se merece. Sí, ciertamente, pero también a los políticos, académicos, empresarios, activistas, ciudadanos que le corresponden. Es tarea de los medios y de los periodistas informar y opinar, reflejar la realidad o lo más cercano a ella que sea posible. Es tarea de cada quien, incluidos de nuevo usted y yo, caro lector, hacer de esa información, de esas opiniones y análisis, lo que mejor nos aproveche.

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