mayo 03, 2011

¿Exceso de democracia?

José Antonio Crespo
cres5501@hotmail.com
Investigador del CIDE
El Universal

En la transición mexicana, pasamos de un régimen con el poder excesivamente centralizado —lo cual daba gobernabilidad pero permitía todo tipo de abuso de forma impune— a otro con el poder excesivamente disperso, lo cual complica la toma de decisiones (y no genera rendición de cuentas). El pluralismo partidista, la competitividad electoral y la alternancia presidencial, son tres elementos que en sí mismos reflejan un avance en la democracia. Pero el régimen que muy bien funcionó bajo un esquema de partido hegemónico (en términos de gobernabilidad autoritaria) ha resultado bastante disfuncional en un esquema de descentralización política. Por un lado surgieron para quedarse los gobiernos divididos, que dada la naturaleza revanchista y poco cooperativa de los partidos complica la toma de decisiones. Además, al tener un Legislativo bicameral hay también dificultad para que ambas cámaras se pongan de acuerdo sobre las iniciativas. Es decir, en términos legislativos, no sólo está el problema propio de un gobierno dividido que entorpece la relación entre Ejecutivo y Legislativo, sino además vienen las frecuentes desavenencias entre cámaras legislativas. Una iniciativa largamente negociada y pulida en una de ellas puede quedarse congelada por meses o años en la otra, o bien quedar desvirtuada. Es decir, tenemos una lógica de tres actores legislativos, no de dos, cada uno con su propia agenda.

A lo cual hay que agregar un esquema de tres partidos grandes, dos de ellos en las antípodas y otro que juega estratégicamente para un lado u otro según su conveniencia. Hay también divisiones y fisuras dentro de los propios partidos, no siempre fáciles de allanar. Así, tenemos un PRD reformista y otro contestatario; un PAN más o menos liberal y otro sumamente conservador; un PRI tecnocrático y otro nacionalista-revolucionario. Lo que apruebe una de las facciones de cada partido en una cámara podría estrellarse con la facción contraria de su propio partido en la otra cámara. Finalmente, no sólo cuentan las desavenencias por motivos ideológicos dentro y entre los partidos, sino las estratégicas en la pugna por las posiciones políticas. Un partido de oposición puede bloquear o desvirtuar una iniciativa del Ejecutivo para provocar que éste caiga en la siguiente elección (y ocupar su lugar). Y una fracción partidista en una cámara puede bloquear lo que hace su contraparte en la otra.

También suele recelarse de quiénes promovieron tal o cual iniciativa en una cámara, que les pueda dar lustre para la siguiente elección; es el caso de la reforma política con Manlio Fabio Beltrones, cuyos rivales peñanietistas en la Cámara Baja no quieren los reflectores para el senador, sino para su jefe. Y no sólo eso, sino que aquellos aspectos de la reforma que puedan estorbar a Peña Nieto como probable presidente podrían ser echados abajo a través de la numerosa bancada que controla, y agregar otras que sí le convengan. Tienen razón, es cierto, los diputados al afirmar que no podían aprobar una minuta tan controvertida en cuatro días, pero hay periodos extraordinarios. Sólo que éste va a coincidir justo con el proceso electoral en el Estado de México y otras entidades más. Se trata de un problema muchas veces señalado; los tiempos de elecciones (que se celebran todo el tiempo, pese a su reciente compactación), no son buenos para la negociación legislativa. Y falta también la aprobación de los congresos locales.

Se puede argumentar que así es la democracia, un aparato más bien torpe pero aporta contrapesos, vigilancia mutua y obliga a la negociación plural. Cierto, pero no es verdad que mientras más se aleja uno del modelo de poder centralizado, más se adentre en la democracia; el polo opuesto de la autocracia no es la democracia, sino la anarquía. Los contrapesos excesivos tienden a convertirse en una trinchera infranqueable. El “exceso de democracia”, como se le dice a veces a esta situación, tiende a acercarse más a la parálisis y la trabazón que a los sanos contrapesos y negociaciones fructíferas. Por eso me parece más ágil, flexible y eficaz el sistema parlamentario (pero sin bodas monárquicas) que nuestro rígido y poco funcional presidencialismo. En México, encima, ese “exceso de democracia” no se ha traducido en menos abusos, menos corrupción y menos impunidad, porque en esos temas los partidos sí que se ponen de acuerdo con suma rapidez y facilidad.

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