septiembre 23, 2011

EU e Irán, unidos en su bajeza moral

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

En el momento en que escribo estas líneas, hace dos noches, el preso Troy Davis, de 42 años, moría ejecutado mediante una inyección letal en una cárcel de Jackson (Georgia). Su última mirada se posó sobre la familia del policía asesinado para exclamar: “¡Soy inocente! Yo no soy la persona que cometió el crimen”.

Horas antes de esta ejecución, ocurrida en la noche del miércoles, un adolescente de 17 años moría ahorcado en Irán, colgado de una grúa para el deleite de 10 mil personas, que se acercaron a la plaza para asistir a la ejecución de quien fue acusado de matar a un deportista local.

Es casi insoportable imaginar la tortura mental que sufrió Davis, cuya condena se paralizó en el último momento, sólo para ser de nuevo anunciada horas después; o la angustia del iraní, ahorcado pese a la prohibición expresa de la ONU sobre la pena de muerte a menores.

No se trata de pura coincidencia: la pena de muerte es una práctica común en EU y en Irán, dos países que comparten este castigo medieval. La única diferencia es que en EU esconden sus vergüenzas al público (por eso Fox News no retransmite en directo las ejecuciones, aunque no dudo que aspiren a ello, ya que mucha de su audiencia disfrutaría con el espectáculo); mientras que en Irán, después de algunos años ocultándolo, el presidente Ahmadineyad decidió convertir las ejecuciones en escarnio público.

En cualquier caso, lo grave no es si ocultan las ejecuciones o no, sino la naturalidad con la que estadunidenses e iraníes aceptan la pena de muerte, cuando para la mayoría de las naciones se considera una aberración. El propio Obama no se interesó en absoluto por el caso Davis y declinó hacer comentarios sobre la ejecución de un “hermano” de raza, pese a que nunca se le encontró un móvil para matar al policía blanco, ni el arma homicida, mientras que siete de los nueve testigos que lo condenaron se retractaron. Y para colmo, como recordó la hermana de Davis: “Somos el único país que mata a los ciudadanos mientras da consejos sobre derechos humanos a la comunidad internacional”.

Porque el caso de EU es, si cabe, peor que el de Irán o el de China. En estas naciones no hay democracia, sino regímenes autoritarios en los que sus ciudadanos no tienen posibilidad de presionar a sus gobernantes para acabar con esta lacra. Pero los estadunidenses sí pueden presionar a sus congresistas para que la pena de muerte deje de aplicarse en 34 estados y se sumen a los otros 16 que la han abolido ya. No sólo no lo hacen, si no que un 64 por ciento de la población apoya la pena capital y aplaude a los dirigentes que con más ardor defienden la pena capital.

Esto fue lo que ocurrió en un debate de aspirantes republicanos, donde Rick Perry fue presentado como el gobernador texano que más presos ha mandado a ejecutar (236), entre aplausos y vítores del público.

Los estadunidenses presumen de tener la mayor democracia del mundo, la más cercana a la perfección, dicen. Ya va siendo hora de que enterremos esta mentira y que no perdamos de vista a Perry, el republicano que más posibilidades tiene de derrotar a Obama en 2012.

Les recuerdo un caso para que tengan presente la bajeza moral de quien pretende gobernar EU. Cameron Todd Willingham fue ejecutado en Texas en 2004, cuando tenía 36 años, tras ser declarado culpable de asesinar a sus tres hijos en el incendio que consumió su casa en 1992. A falta de pruebas, el fiscal destacó de Willingham que golpeaba a su esposa y lo acusó de ser un “sociópata tatuado”. Alegó, por último, que fue un incendio provocado y que él era el único adulto presente.

El espantado padre, que siempre defendió su inocencia, fue ejecutado en 2004, tras rechazar el gobernador Perry revisar su endeble caso. Cinco años después, la revista The New Yorker publicó el caso tras abrirse una nueva investigación con nuevas técnicas de peritaje de incendios, que concluyeron que el incendio no fue intencionado. Para la víctima era demasiado tarde, pero no para Perry, quien pudo al menos haberse arrepentido, pero que reaccionó diciendo que no se arrepentía de ninguna de las muertes que firmó.

La ejecución de Troy, hace dos días, se suma así a la larga lista de muertos en nombre de la justicia de EU y, quién sabe, si pronto a la de inocentes ejecutados en la única democracia que se hermana con las peores dictaduras en este atropello a los derechos humanos.

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