septiembre 30, 2011

Inseguridad: 1811, 1911 y 2011

Jesús Gómez Fregoso
Acentos
Milenio

Aunque en formas distintas a las del terrorismo actual que padecemos, los habitantes de la antigua-mente muy próspera Nueva España vivieron meses y años de terror. El bandidaje y la extorsión sólo quedarían vencidos varias décadas después, con la mano fuerte de Porfirio Díaz.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, en Italia y sobre todo en Francia, se dio espontáneamente el fenómeno de que antiguos combatientes no acabaran de caer en la cuenta de que la guerra ya había terminado y que se estaba volviendo al régimen civilizado de la paz. Los antiguos maquisards, o maquis de Francia habían realizado una muy valiente y arriesgada campaña contra los invasores alemanes; estaban acostumbrados a matar, era algo apreciado y agradecido por todos los franceses patriotas. Algo semejante aunque menos intenso ocurrió en Italia con los patriotas que habían combatido a los alemanes. El fenómeno es universal después de años de lucha armada, y ocurrió en México en septiembre de 1811 y 1911.

Después de la derrota de Puente de Calderón, donde los muchos miles de indios que traía don Miguel Hidalgo, quedaron derrotados, el movimiento insurgente quedó prácticamente aniquilado. Don Miguel, ya muy enemistado con Allende, huyó hacia el norte, donde el ex generalísimo de las Américas fue hecho prisionero en Acatita de Baján y posteriormente juzgado, degradado y fusilado en Chihuahua. Luego el cadáver fue decapitado para que la cabeza del antiguo párroco de Dolores quedara suspendida en una jaula metálica en una esquina de la Alhóndiga de Granaditas. Sin embargo, no pocos de los miles de indios desarraigados y vencidos quedaron cerca de Zapotlanejo y Guadalajara disgregados, hambrientos y desorientados: muy lejos de sus lugares de origen. Obviamente tenían que sobrevivir de algún modo, y en forma casi espontánea y natural se dedicaron a mendigar y a obtener el sustento a como diera lugar. Después de aquellos meses en que el señor cura Hidalgo, convertido en estratega, los había animado a combatir con la esperanza de un botín cierto, no era fácil que la chusma, habituada al saqueo y a matar a los odiados gachupines, se convirtieran en pacíficos ciudadanos, sin olvidar, que desde antes de la insurrección iniciada en Dolores, eran personas resentidas profundamente por injusticias ancestrales. En las regiones de donde procedían estos indios, el bandidaje y el terror fueron algo cotidiano. En los actuales estados de Guanajuato, Michoacán, Querétaro y Jalisco la población pacífica fue víctima de asaltos frecuentes por parte de los indios hambrientos y resentidos. Aunque en formas distintas a las del terrorismo actual que padecemos, los habitantes de la antiguamente muy próspera Nueva España vivieron meses y años de terror. El bandidaje y la extorsión sólo quedarían vencidos varias décadas después, con la mano fuerte de Porfirio Díaz.

A fines de septiembre de 1911, la inseguridad y el terror volvieron al mundo de nuestros bisabuelos, aunque con menos intensidad que después de 1914. Pedro Zamora en Jalisco y José Isabel Chávez García en Michoacán son los ejemplos más notables de esa época de angustia e inseguridad, de secuestros y asesinatos.

Claro está que, en 1911, solamente las regiones donde se habían dado combates maderistas sufrieron el fenómeno del guerrillero convertido en asaltante como ocurrió en el norte de Chihuahua. En el resto del país no hubo mayores lances de inseguridad y terror; pero en el estado de Morelos y en el DF, hubo antiguos zapatistas que se convirtieron en bandidos. En la película Titanic, en la versión anterior al melodrama cursi de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, alguna pasajera de primera clase habla del terror en que vivían los “bolivianos” con “ese tal Zapata”. Por supuesto que la pasajera millonaria no difiere mucho de no pocos europeos actuales que no distinguen entre México y Chile, puesto que ambos están en “Sudamérica”.

Todo lo anterior para indicar que la inseguridad y el terrorismo no son por desgracia un atributo de los años que estamos viviendo; sino que nuestros abuelos, bisabuelos y sus tatarabuelos fueron también víctimas de la inseguridad; aunque ciertamente con manifestaciones menos crueles y odiosas que las que estamos padeciendo. El 7 de enero de 1934, cuando mi madre fue secuestrada, los secuestradores permitieron que alguien se quedara con ella “para que la señora no se quede sola entre puros hombres” este es un detalle que mi madre nunca olvidó, y lo recordaba como una señal de cierto respeto y delicadeza de sus secuestradores.

En cierto sentido, aun hablando de terror e inseguridad, se cumple tal vez aquello de “todo tiempo pasado fue mejor”.

1 comentario:

SEO dijo...

yo creo que en el pais deben de tomar inmediantamente contramedidas para combatir la inseguridad.