octubre 18, 2011

De dignidades e indignados

Federico Reyes Heroles
Reforma

A la memoria de Miguel Ángel Granados Chapa, por su reciedumbre, honestidad y compromiso.

Nacieron en Madrid, en la Puerta del Sol, pero ahora aparecieron en Oceanía y Asia, en Singapur, en China, en Roma en la Plaza de San Juan de Letrán, en Frankfurt frente a la sede del Banco Central Europeo, en Miami, en Washington y por supuesto en Nueva York detrás de la consigna Occupy Wall Street, en 961 ciudades de 82 países. Salieron a las calles convocados, es cierto, por el enojo, por la furia: "Chase, devuélvenos nuestro dinero"; "Arrestad a los banqueros"; "Soy 99% humano"; "Paren la dictadura de los bancos y los mercados"; "Está claro quién se ha llevado mi queso"; "Me sobra mes a final de sueldo"; "Pueblos del mundo, levántense". Hubo grupos pequeños, de unos cuantos cientos, pero también hubo de cientos de miles. Todos convocados por la potencia ahora universal de una palabra: indignación.

"Falta de mérito o disposición para una cosa", ésa es una indignidad dice la RAE. Son jóvenes en la amplia definición del término. Reclaman empleo, reclaman poder seguir estudiando. Reclaman apoyos, más becas mejores condiciones de financiamiento. A diferencia de las tres "bes" de los sesenta, bombas, barbas y barricadas, la palabra revolución hoy no contagia. "Estamos llenos de enojo porque no vemos posibilidades para nosotros en el futuro". Estudiantes que pelean por un empleo en un bar como su mejor opción. Dependientes de tiendas departamentales temerosos de los créditos para financiar sus estudios. "Tendremos que trabajar hasta morir" y no les falta razón. En muchos de sus países el crecimiento poblacional está tan deprimido y las pirámides se avejentan a tal velocidad que no hay escapatoria. Será sobre los brazos jóvenes sobre quienes recaiga el sistema de pensiones. Pero el desfase demográfico no provoca ira y además puede encontrar salida abriendo las puertas a la inmigración. La indignación que los hermana surge por otro motivo.

"No tengo problemas con el capitalismo, pero encuentro poco ético la forma como funciona el sistema financiero", lanza Herbert Haberl desde Berlín. Allí está la carencia de mérito que provoca la indignación. Basta con recordar las irresponsables marometas financieras del 2008 que condujeron al colapso, basta con recordar los multimillonarios sueldos y jubilaciones prematuras o liquidaciones más que generosas de los altos ejecutivos de los grandes corporativos involucrados, para sentir la mordedura de la indignidad que provoca la indignación. Allí queda el testimonio de Inside Job (Trabajo Confidencial) de Charles Ferguson donde desfilan hoy orondos los grandes responsables -debiéramos decir irresponsables- de la crisis global. Lo más asombroso es que los entes reguladores no sólo se vieron incapaces sino como cómplices de las truculentas maniobras que llevaron a ganancias súbitas con decenas de ceros.

De ahí la indignación tanto en Colonia como en Seúl que da voz a millones que se sienten timados por los hombres del gran poder -público o financiero- de Grecia, de Irlanda o Portugal o Italia. Mientras tanto la elegante Christine Lagarde, cabeza del FMI, advierte en la reunión del G-20 sobre el posible "contagio" de la crisis a los países emergentes. Del otro lado del mar el Tea Party festeja haber doblegado a Obama bloqueando su propuesta de sanear las finanzas públicas de largo plazo de la mayor potencia económica del mundo. Ésa es la irresponsabilidad electorera que simplemente pospone por unos meses una cirugía inevitable sin importarles que en el horizonte se anuncie otro tropiezo donde volverá a haber millones de jóvenes afectados.

Las demandas son claras y todas terrenales: educación como reclama la bella Camila Vallejo desde Chile, empleos como exigen en Bruselas. Quieren estudiar y cada vez se necesitan más estudios, quieren trabajar y muy frecuentemente liberarse de sus padres y también liberar a los padres de la carga económica. Quieren construirse un futuro, qué mejor. Quieren pagar por viviendas económicas pues saben que nada hay gratis. Grandes liberales como Isaiah Berlin y Octavio Paz advirtieron del riesgo de intoxicación por excesivo consumo de utopías, del signo que fueran. Los intoxicados son capaces de matar para imponer su sueño. Pero los indignados del 2011 no pelean por una revolución como milagrosa partera del Edén. Desnudan el cinismo de los gobernantes y exigen seriedad. No es demasiado. Al final del día exigen que impere una visión de Estado que le ate las manos al egoísmo sin límite, al cinismo rampante.

Y México, cómo sale en todo esto. "30 familias multimillonarias, 60 millones de miserables, 2.6 millones de niños que no van a la escuela" se leía en un pancarta en el Monumento a la Revolución. José Merino (Enfoque 912) realiza un espléndido recuento de nuestros grandes pendientes. Y si de cinismo se trata, para el anecdotario queda la provocación del líder religioso Onésimo Cepeda: "Que el próximo Presidente no robe mucho". Olé.

No hay comentarios.: