octubre 25, 2011

De pena ajena

Javier Corral Jurado (@Javier_Corral)
Diputado Federal del PAN
El Universal

La llamada “semana” de la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión (CIRT) fue pródiga en mostrarnos con claridad dónde radica uno de los mayores atorones de la democracia mexicana: la mutación hacia lo peor en la relación entre políticos y dueños de medios de comunicación electrónica, basada en el temor, la condescendencia y, no pocas veces, en el franco sometimiento de los primeros hacia los segundos. Las campañas electorales potencian ese fenómeno y lo mezclan con un deplorable oportunismo político.

La pasarela que hicieron los precandidatos a la Presidencia de la República ante los industriales de la radio y la TV es una penosa prueba de ello. Momento plástico de nuestra realidad política, en el que los que se proponen como liderazgos para encabezar la siguiente etapa del país se achican de entrada, muestran que prefieren ser rehenes desde ahora de los poderes fácticos, antes que hablar con decisión sobre los retos que México enfrenta en el terreno de los monopolios privados.

Realizada en dos tandas, la primera el 18 de octubre con la participación de Santiago Creel, Manlio Fabio Beltrones y Marcelo Ebrard, de la que poco se reflejó en medios, y la segunda el 20 de octubre con gran difusión en la que se presentaron Enrique Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador, el ejercicio advierte la larga lucha que aún nos falta por recorrer en materia de democratización de medios de comunicación.

No sé bajo qué criterio los organizadores agruparon de esa manera a los aspirantes, pero en la primera tanda los políticos expusieron su visión de gobierno, desarrollaron tesis sobre los problemas del país y de manera coincidente afirmaron los gobiernos de coalición como una alternativa para en pluralidad hallar el consenso en torno de reformas fundamentales que harían avanzar a México. Quizá porque en la CIRT son poco receptivos a temas como diversidad, pluralidad y competencia, los dichos no merecieron la repercusión merecida.

Lo que los entusiasmó de verdad y levantó su aplauso puestos de pie fue la segunda ronda, porque están más acostumbrados a escuchar lo que realmente les interesa, la expansión de sus negocios, cómo eludir el pago de contraprestaciones al Estado, cómo hacerse de nuevas ventajas en el campo de la radiodifusión y cómo derrotar definitivamente la reforma electoral del 2007.

Y fue Enrique Peña el primero en la competencia de quién les ofrecía más. De entrada prometió revertir la reforma electoral que “nos pone limitaciones a la libertad de expresión y a ustedes les puso una camisa de fuerza”. Luego, por ignorancia supina sobre el régimen fiscal de la radiodifusión o simple oportunismo político, el ex gobernador les dijo que la ley electoral “también les pone doble tributación porque tienen que pagar más impuestos y dar más espacios”. Los tiempos de Estado que ahora se usan para transmitir la propaganda electoral existen desde hace cuatro décadas, y es la única contraprestación que por uso y explotación del espectro radioeléctrico pagan los concesionarios; un régimen privilegiado de pago en especie: pagan con aire el aire.

De Peña Nieto, invención y producto de la mercadotecnia televisiva, era de esperarse esa actitud de entreguismo. De quien no me lo esperaba sinceramente era de Josefina Vázquez Mota, ya tan toreada en las lides de salir al paso sin tener que confrontarse con nadie. Estrujante para quienes la hemos visto en un ascenso meteórico y representar una esperanza creciente, sus ofrecimientos a la CIRT golpean como un marrazo a la larga lucha por el derecho a la información en México. Decepcionan, se nos cae.

No sólo empató a Peña en la oferta de modificar varios puntos de la ley electoral; fue más allá que el candidato de Televisa: “Ha llegado el momento de, con responsabilidad y seriedad, considerar la ampliación en el término de las concesiones, de tal suerte que no sean 10 años, sino que podamos explorar un horizonte de tiempo mayor que permita que las inversiones y la certeza sean parte de esta industria”.

No sé a cuántos concesionarios pobres conozca Josefina, pero si su desconocimiento abarca hasta allá, es menester decirle que se trata de una las actividades económicas más rentables de cuantas existen, y que el promedio de duración de las concesiones en el mundo es de nueve años. En Estados Unidos de ocho años y en Canadá de siete; ni mas ni menos que nuestros socios comerciales.

Lamento esa posición por varios motivos, pero entre ellos porque nos trae desazón al recordar que hace seis años, también en el rentismo electoral, se negoció la llamada “Ley Televisa”, uno de los mayores intentos de despojo de bienes de la nación a cambio de cobertura informativa y encuestas.

Si la posición de Josefina causa a varios pesadumbre, la de Andrés Manuel López Obrador es de vergüenza, aunque por lo menos causa hilaridad. Para él, que se dice el candidato del movimiento progresista, la propuesta de un nuevo modelo de radiodifusión y telecomunicaciones para México se basa en arreglar la disputa entre los operadores dominantes de cada sector, y así, ofrece a Carlos Slim televisión y a Emilio Azcárraga y a Ricardo Salinas Pliego telefonía. Así, con nombres y apellidos, como si ese fuera el mundo de la competencia. Como si lo segundo no fuera hoy una realidad, y como si Telmex no tuviera derecho a ello por la propia convergencia tecnológica. Esa es toda su visión, ni siquiera existe en su concepción la televisión de servicio público.

Dura semana para la política, la de la CIRT, que cerró con un hecho increíble y sólo comprensible en ese marco de rendición anticipada. Nadie había ridiculizado tanto al presidente Felipe Calderón —delante de él—, en el fracaso que tuvo su programa de las tres “C” en el sector de la radiodifusión —cobertura, convergencia y competencia—, como lo hizo el priísta Tristán Canales: “Con su gobierno, más de 500 estaciones de amplitud modulada están transitando a la frecuencia modulada, brindando un mejor servicio a millones de compatriotas: eso es cobertura. Con su gobierno, la radio y la televisión entran de lleno a la era digital, abriendo la puerta a servicios de telecomunicaciones, donde la creatividad y la innovación marcarán la pauta: eso es convergencia. En estos años, más de mil 300 estaciones de radio y televisión compiten por la preferencia de los ciudadanos: eso es competencia. Señor Presidente, en nuestra industria las tres ‘C’ son una realidad actuante”.

No sé qué habrá sentido Felipe Calderón sobre esta manera de traducirle en “cobertura” el regalo de los combos: más estaciones de FM a los mismos que ya tenían AM; en “convergencia” que con la nueva política digital les haya abierto la puerta a las televisoras para dar telecomunicaciones —sin licitación ni contraprestación alguna—, mientras a operadores de telecomunicaciones se les tiene frenados, y que la “competencia” signifique no haber dado ni una más de las mil 300 concesiones de radio que existen desde hace 18 años, concentradas 82% en 13 grupos radiofónicos. Se debe tener mucho poder para avergonzar así a un presidente de la República.

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