octubre 14, 2011

Dos opciones

Macario Schettino (@macariomx)
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor del ITESM-CCM
El Universal

Empezó el proceso electoral el viernes pasado, de forma que la Reforma Política que está en discusión en el Congreso, como cualquier cambio relacionado con lo electoral y la forma de gobierno, será para después. Dada la composición de la Cámara, no es nada sorprendente el resultado: cambios cosméticos, muy limitados. Tarde, mal y nunca.

Insisto en que hay dos posturas hoy en México. Una considera que el camino que hemos tomado no es el correcto, y que debemos corregir; la otra cree que el camino por el que vamos es el que nos conviene, pero que debemos terminar el recorrido.

El experimento social más importante del siglo XX fue la creación de regímenes colectivistas. Se argumentaba que el capitalismo no era sino una forma de explotar a las mayorías, y que había una alternativa preferible, que consistía en un Estado capaz de asumir los intereses de esa mayoría y ponerlos por encima de los capitalistas. Las ideas detrás de este argumento no eran muy sólidas, y por ello no habían tenido mayor éxito en el siglo previo. Sin embargo, el golpe de mano de Lenin en Rusia las hizo aparecer como factibles. De diversas formas, decenas de naciones se sumaron al experimento. En todas se colocaba al Estado como el guía de la nación, y en todos los casos se trataba de un Estado autoritario. El esquema más común fue el iniciado por Mussolini, en el que se corporativizaba la sociedad para su mejor control.

Todos los países que apostaron al experimento fracasaron. El derrumbe generalizado ocurrió en la década de los 80. En varios de ellos se intentó liberalizar primero la economía, pero manteniendo vigente el control político. Uno de ellos fue México. El proceso de transformación económica iniciado en 1986 se acompañó de un fortalecimiento del control político. Ése es el salinato, el neoliberalismo, o el “liberalismo social”, como usted guste llamarlo.

Este intento no pudo sostenerse, principalmente debido al asesinato de Luis Donaldo Colosio, que desestabilizó el último año de gobierno de Salinas y detonó una crisis económica que muy probablemente hubiese ocurrido de cualquier manera, pero que sin duda tuvo mayor impacto debido al clima político. Me sigue pareciendo el móvil más sólido, por cierto.

En tres años pasamos de este intento de liberalismo económico con autoritarismo político al derrumbe del régimen. Desde entonces, con reglas viejas e inútiles, no se puede decidir prácticamente nada, pero los cambios económicos previos nos han alcanzado para mantener una economía inercial que crece poco, pero suficiente para tener hoy la menor pobreza (relativa) y mejor distribución del ingreso de nuestra historia.

Desde 1997, con elecciones competidas y confiables, las dos posturas se han enfrentado. Ninguna ha logrado tener una mayoría, en buena medida porque esas dos posturas están distribuidas en tres partidos políticos. Uno de ellos, que sigue siendo el que más votos recibe (aunque sean cada vez menos), tiene a su interior las dos posturas, y ha hecho disfuncional al sistema. Mientras el PAN apuesta con claridad al camino en que vamos, y el PRD se define en contra, el PRI no logra decidirse. No es de extrañarse, puesto que se trata de un partido creado desde el poder para administrar los recursos políticos. No es un partido propio de la democracia, para decirlo claro, porque no tiene una postura común acerca del país. No tiene ideología alguna.

A su interior conviven las dos posturas sobre México, pero ha podido más la disciplina interna que los pensamientos autónomos de los priístas. Por primera vez las dos posturas son transparentes. Enrique Peña Nieto sostiene que el proyecto del PRI es muy claro: es la Constitución. Es decir, él, como el PRD, cree que se debe desandar lo transitado, y regresar a lo que, en su nostalgia, piensan que sirvió. Manlio Fabio Beltrones ha propuesto, con igual claridad, terminar el camino en que vamos.

El PRI es producto de ese experimento colectivista del siglo XX. No tiene cabida en el siglo presente y por eso apuesta al regreso. Por eso se ampara en la Constitución, documento anacrónico e inútil; por eso rechaza una reforma política seria; por eso obstaculiza reformas económicas relevantes.

Para tener un México democrático, competitivo y justo, es necesario dejar atrás, de forma definitiva, ese experimento fracasado del siglo XX, como lo han hecho ya decenas de países. Y eso no va a ocurrir ni con el PRD, ni con el PRI de Peña Nieto. Terminemos la transformación, terminemos el recorrido.

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